Verdad histórica o historia de una infamia

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Por: Rosalío Morales Vargas

Nuevos datos aparecidos en las últimas semanas, impelen a creer que es factible acercarse a la verdad en el esclarecimiento del crimen cometido contra los estudiantes de Ayotzinapa hace 70 meses. La identificación de los restos óseos de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, la detención de uno de los principales capos del tráfico de drogas en el estado de Guerrero, la ubicación en Canadá y los aprestos de extradición de Tomás Zerón, titular de la entonces Agencia de Investigación Criminal y la filtración de un video donde éste dirige una indagatoria basada en torturas y tratos infamantes a un presunto sicario; hacen concebir esperanzas en que gestionando otras diligencias; el castigo a los perpetradores de la felonía de Iguala se encamina por buena senda.

Está por demás claro, que la historieta de la llamada “verdad histórica”, construida desde los sótanos más sórdidos de las instituciones del régimen peñanietista, se fragmentó en mil añicos y que se perdió el tiempo durante cuatro largos años para tender una cortina de humo en torno a uno de los atropellos más abominables a los derechos humanos en el México contemporáneo. Lo que falta dilucidar es, ¿Qué fue lo que realmente ocurrió? ¿Quiénes fueron los responsables? ¿Por qué la perfidia y alevosía en el ataque? ¿Qué se pretendía encubrir? ¿Cuáles fueron las consecuencias de ese ocultamiento? La sociedad entera está pendiente a la respuesta de esas preguntas, ya que es un asunto de salud pública y moral ciudadana que no sólo atañe a las víctimas directas, sino a la nación en su conjunto.

Pero, durante la terrible y funesta noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, sucedió algo más que los cobardes asesinatos, las execrables desapariciones forzadas y la colusión de autoridades civiles y militares con bandas del crimen organizado; apareció en escena el retorno animoso y resuelto de un actor colectivo vilipendiado y reprimido por el conservadurismo imperante: los estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero; sujeto social embarnecido al calor de las luchas por sus reivindicaciones y desarrollado durante años y años de acciones grupales insurgentes, corroborando el aserto de que es en el combate político y la confrontación social donde se gesta el sujeto de los cambios profundos.

Es cierto; la lucha obstinada y pertinaz de estudiantes, familiares, organizaciones solidarias y pueblo en general, puso en crisis el relato legitimador de la versión de las autoridades, que pretendieron dar carpetazo al asunto, desnudó la inmensa red de connivencia criminal de múltiples intereses inmiscuidos, propició una rebelión de las conciencias que cruzó a extensas capas sociales, interpeló a la impunidad, la barbarie y el cinismo, denunció la participación de instancias intocables como el ejército y la policía federal en los acontecimientos infaustos. Este combate social de los normalistas, con sus acciones contenciosas contra el estado mexicano y sus instituciones envilecidas que les restringe matrículas y les escamotea plazas, los lanzó a criticar la rapacidad del modelo neoliberal, la globalización asimétrica y la colonización eurocéntrica.

El caldo de cultivo para que pudieran darse los acontecimientos en la noche trágica de Iguala, nos remite a un problema de fondo: los efectos perniciosos que ocasiona el capitalismo neoliberal en las sociedades bajo su dominio, con su cauda de incremento de la desigualdad, la injusta concentración de la riqueza, la descomposición del tejido social en el mundo de la ganancia a toda costa, de la usura despiadada y el dislocamiento de los ecosistemas a escala planetaria. En México, esto se exacerbó porque en las sombras del sistema asomó sus garras una lumpenburguesía rapiñesca y una élite política parasitaria que intentaron a cualquier precio exterminar las resistencias al régimen, las rebeldías fecundas y las culturas insumisas como las que se erigen en las normales rurales.

Sin echar campanas al vuelo sobre una solución rápida y sin acechanzas y reconociendo que el motor principal en el esclarecimiento de los hechos de Iguala ha sido la movilización popular, sería mezquino no advertir la disposición y actitud del actual gobierno para desenredar esa trama fatídica de asesinatos y desapariciones que tienen que ver con las nuevas formas de acumulación del capital, los intentos de control social y la expansión de la economía criminal. Algunas acciones positivas realizadas son: creación de una comisión presidencial con participación de los familiares, aceleración de los procesos de búsqueda, reactivación de la coadyuvancia con organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, El Alto Comisionado de la ONU de Derechos Humanos y el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes.

No hay que olvidar que el gobierno de Peña Nieto había dado cerrojo a la investigación con el invento infame de la “verdad histórica” de Murillo Karam, lo que a la postre resultó un fiasco que se alzó como obstáculo infranqueable y circunstancia condicionante para conocer la realidad de los hechos. Esto autoriza deducir que hubo una confabulación para la protección recíproca entre los implicados, propia de un estado mafioso. Seguimos demandando castigo a los culpables, no aceptaremos ningún pacto de silencio, acuerdo de impunidad u oscuro contubernio; tampoco se deben apresurar inferencias por adelantado como las que ya dicen que todos los muchachos fueron asesinados; esto es parte de lo que debe ser investigado.

A 70 meses de los acontecimientos sombríos de Iguala, es mucho lo que Ayotzinapa le ha aportado al movimiento social en México, donde destacan algunos elementos como la inclaudicabilidad e intransigencia para aceptar y resignarse a la mentira oficial, el poner en una caja de resonancia de alcance internacional el drama de las desapariciones forzadas en México, el machacar durante años y revelar la podredumbre rebosante en las cañerías de los aparatos represivos y las instancias procuradoras de justicia del régimen corrupto, el afirmar de manera contundente y sin ambigüedades ¡ fue el estado!, por la tardanza en la búsqueda, por realizar investigaciones contradictorias, amañadas, interesadas en ocultar la verdad, por mentir, torturar, fabricar pruebas y concluir con un relato inverosímil.

Ayotzinapa representa dolor y sufrimiento, pero también persistencia, heroísmo y pundonor, evoca luto, pero también prestancia de ánimo. Cuando pasen los años y las décadas, cuando México sea un país realmente igualitario y democrático, cuando la violencia criminal se extinga, cuando la mayoría de la población acceda a una vida decorosa, cuando los derechos individuales y sociales sean ejercitados sin cortapisa alguna; las generaciones del futuro habrán de recordar con admiración y gratitud, que hubo una vez en el segundo decenio del siglo XX1, unos estudiantes rebeldes y unas familias humildes que desde el sur de la patria tremolaron en lo alto la bandera de la dignidad para que nuestro país fuera un territorio sin explotación, exclusión y opresión. Y ¡ Porque vivos se los llevaron vivos los queremos! ¡ Hasta la Victoria Siempre!