Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
A principios de los años dos mil, el Ing. Carlos Riojas Bernal, entonces rector de la Universidad Tecnológica de Chihuahua (UTCH), me encomendó la implementación del programa de tutorías —un proyecto pionero que convirtió a las UTs en un referente a nivel nacional—, lo hice con una convicción profunda: la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos técnicos, sino en sostener trayectorias de vida. Hoy, al mirar atrás y evaluar el panorama de la acción tutorial en México, confirmo que la tutoría es el verdadero corazón de una educación de calidad, aunque también es un terreno donde los errores de planeación y la burocracia suelen cobrar facturas muy altas.
Para entender mejor el alcance de esta estrategia de apoyo estudiantil, les comparto una anécdota. En una plática con mi amiga Lisa Lungren —originaria de Sacramento, California, y egresada de la Universidad del Sur de California (USC)—, le pregunté si había contado con el apoyo de un tutor durante su trayectoria universitaria. Su respuesta, además de positiva, fue contundente: “Mi tutor fue pieza clave en mi formación académica y emocional; hasta la fecha somos amigos y fue uno de mis invitados especiales en mi boda”. Lo que implican estas palabras refleja con claridad el impacto de la tutoría: no sólo marca el trayecto educativo de los estudiantes, sino que incide directamente en su estabilidad emocional y en la construcción de sus proyectos de vida.
La importancia de este acompañamiento no es una mera consigna romántica; es un imperativo de supervivencia escolar en un sistema donde la deserción en educación superior sigue siendo una herida abierta, habiendo alcanzado un preocupante 8.8% nacional durante los años más álgidos de la pandemia. En ese contexto de incertidumbre, las tutorías demostraron ser el ancla fundamental para la retención de los jóvenes. La modelación estadística nos revela que un estudiante que no cuenta con el respaldo de un programa de tutorías tiene un 35% menos de probabilidad de aprobar en comparación con quien sí recibe este acompañamiento.
Si bien sabemos que el promedio previo del bachillerato ejerce un efecto protector sumamente poderoso sobre la trayectoria universitaria, la acción tutorial es la que nivela el terreno de juego para aquellos estudiantes que ingresan en condiciones académicas más vulnerables, dotándolos de herramientas indispensables para su regularización.
Sin embargo, el camino de la tutoría en el país está plagado de fallas sistémicas que impiden que alcance su verdadero potencial. El error más común e hiriente es su burocratización. Con demasiada frecuencia, las instituciones convierten la labor tutorial en un «check-list» administrativo interminable, saturando a los docentes con formatos, reportes y un papeleo excesivo que consume el valioso tiempo que debería consagrarse a la interacción humana y a la escucha activa.
Esto arrastra un segundo gran fallo: la apatía de los estudiantes, quienes terminan percibiendo las tutorías como una «materia o actividad de relleno» o una simple imposición administrativa obligatoria para poder inscribirse al siguiente ciclo escolar, despojándola de su valor socioafectivo. A esto debemos sumar una debilidad estructural alarmante: la falta de formación pedagógica y didáctica del profesorado de nivel superior. A diferencia de la educación básica, el docente universitario suele ser un especialista de su disciplina científica o tecnológica que es arrojado a la labor tutorial sin bases pedagógicas y socioemocionales, lo que con frecuencia deriva en intervenciones tardías o diagnósticos improvisados cuando la desvinculación del alumno ya es inminente.
Romper con estos vicios fue precisamente el motor cuando se puso en marcha el programa en la UTCh. Se sabía que para que funcionara se debía edificar una estructura formal, lo que posteriormente facilitó la creación de un departamento especializado encargado de capacitar, supervisar y evaluar de manera integral a los tutores.
Se trabajó firmemente en la profesionalización docente a través de la formación continua, impulsando herramientas como el «Diplomado Desarrollo de Tutores para la Formación Integral» y el fortalecimiento de áreas de apoyo indispensables como la unidad de psicología, que llegó a complementar y robustecer la función tutorial frente a las crisis psicoemocionales de los alumnos.
La tutoría no podía ser una tarea marginal o un «castigo» de carga horaria, sino un eje estratégico valorado y respetado.
Por ello, me llena de orgullo la reciente ceremonia de entrega de reconocimientos otorgada a los tutores y al personal de la UTCh por su trayectoria y destacada labor docente y administrativa. Este homenaje no solo valida años de dedicación silenciosa de los maestros frente a sus tutorados, sino que reafirma el principio de que el tutor es el eje que humaniza la educación tecnológica. Además se construyó una plataforma informática para facilitar el trabajo tutoral que sirve para procesar la información y los indicadores importantes de diagnóstico e intervención a favor de los tutorados.
El éxito de una institución no se mide únicamente en estadísticas de eficiencia terminal; se mide en el acompañamiento diario que evita que un joven abandone sus sueños académicos. Celebrar la entrega de quienes guían a las nuevas generaciones es el mejor recordatorio de que, en la UTCh, el compromiso con el desarrollo integral del estudiante sigue siendo una de las mayores virtudes de la institución.



