Una mirada psicológica a la deserción escolar: no al alcohol, sí a la educación universitaria

0

Opinión por: Norberto Guerra Mendías

La máxima casa de estudios del estado, la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), se encuentra en el ojo del huracán. Mientras la sociedad observa con preocupación cómo las y los jóvenes abandonan las aulas universitarias, la institución se ve envuelta en un escándalo que mancha su reputación. Una nota periodística reciente mostró una reunión donde el rector aparece junto a estudiantes, y en las mesas donde estos se ubicaban se observaban botellas de cerveza. Este hecho, más allá de ser un incidente aislado, es un síntoma de una problemática mucho más profunda que la UACH y las autoridades deben atender con urgencia.

El problema de la deserción escolar en el nivel universitario es alarmante. Abandonar una carrera profesional no es una decisión que se toma a la ligera; es el resultado de un cúmulo de factores que van desde lo económico y lo académico hasta lo social y lo personal. Entre estos últimos, el consumo de alcohol emerge como un factor crítico que a menudo se normaliza y minimiza, especialmente en el entorno universitario.

La normalización de un problema que duele

La aparición de bebidas alcohólicas en un evento universitario donde se encuentra el máximo líder académico es una pésima señal. No se trata de satanizar el consumo social, sino de reconocer el contexto de una crisis educativa. El mensaje que se envía es contradictorio: mientras se deberían discutir estrategias para combatir la deserción y mejorar el rendimiento, se normaliza un entorno donde el alcohol está presente, incluso en espacios que deberían ser ejemplos de compromiso académico y responsabilidad.

Este escándalo pone a la UACH en la mira acusadora de la sociedad, es la punta del iceberg de un sistema que parece no estar dando la talla. Si las autoridades universitarias y gubernamentales no toman medidas contundentes para abordar el problema del consumo de alcohol entre los jóvenes y sus efectos en la educación, seguiremos viendo cómo los sueños de muchos estudiantes se diluyen en el fondo de una botella. No se trata solo de desaprobar una conducta, sino de construir políticas de prevención, apoyo y acompañamiento que realmente pongan a los jóvenes en el centro de las decisiones.

Panorama general de permanencia educativa:

·       De cada 100 estudiantes que ingresan a primaria en Chihuahua, apenas 28 logran concluir una carrera universitaria

·       Esto coloca al estado por debajo de la media nacional, donde el promedio es de 32 egresados universitarios por cada 100 alumnos que inician su formación básica

·       En el ranking nacional, Chihuahua ocupa la posición 25 de 33 entidades evaluadas

Muy lejos se encuentran estados como la Ciudad de México, donde 67 de cada 100 estudiantes logran terminar la universidad

Cobertura universitaria:

La cobertura en educación superior en Chihuahua es del 40.2%, lo que significa que seis de cada diez jóvenes en edad de cursar una carrera están fuera de las aulas.

No se puede exigir éxito académico cuando no se dan las herramientas para alcanzarlo. No se puede pedir retención cuando no hay estrategias de recuperación para quienes llegan con rezagos. La universidad no es solo un espacio para formar profesionistas; es, ante todo, un espacio de contención social. Y cuando falla en su función de acompañamiento, no solo genera deserción, sino que empuja a muchos jóvenes hacia el único lugar donde creen encontrar un sentido de pertenencia: las calles, el narcomenudeo y la violencia.

La orientación vocacional debe ser un proceso continuo, los programas de nivelación deben ser obligatorios y las tutorías, un pilar de la vida universitaria. De lo contrario, seguiremos viendo cómo la deserción no es solo un fracaso educativo, sino también una sentencia social.

Trabajar para sobrevivir, delinquir por frustración: el espejo de un sistema que fracasa

Cuando observamos con atención los datos, la cifra que debería helarnos la sangre no es la de los estudiantes detenidos, sino la de los empleados: 12,283 personas, es decir, el 83.2% del total de detenidos. Y dentro de ese universo, el delito que encabeza la lista es la violencia familiar, con 3,073 casos. No se trata de criminales profesionales ni de narcotraficantes de alto rango; se trata de personas comunes, con empleo, que un día cruzan la línea y descargan su furia contra quienes deberían ser su núcleo de contención: su propia familia.

¿Qué nos dice esto con crudeza? Que el mundo laboral, tal como está concebido, está generando monstruos silenciosos. Jóvenes y adultos que madrugan, que soportan jornadas extenuantes, que regresan a casa con el alma rota y el salario justo, y que no encuentran otro desahogo que la violencia. Pero la pregunta incómoda es: ¿por qué están tan frustrados? Porque la inmensa mayoría de ellos no está haciendo lo que quiere, sino lo que tiene que hacer. Estudiaron una carrera que no eligieron, o no pudieron estudiar ninguna, y terminaron en empleos que no les llenan, mal pagados y sin futuro. La promesa del esfuerzo —»estudia y trabaja duro y triunfarás»— se ha convertido en una mentira cruel

Aquí es donde la deserción universitaria deja de ser un problema académico para convertirse en un problema de salud pública y seguridad. Cada joven que abandona la UACH o cualquier otra institución por falta de orientación, por bajo rendimiento o por no encontrar un sentido a lo que estudia, es un candidato potencial a engrosar esas filas de empleados frustrados que un día explotan. La universidad no solo forma profesionistas: forma ciudadanos, forma proyectos de vida, forma esperanzas. Y cuando falla en esa tarea, está sembrando el germen de la violencia que después cosechamos en las cifras de violencia familiar.

La falta de programas de orientación vocacional sólida, de opciones de recuperación para quienes reprueban, de mecanismos de cambio de carrera sin perder años de vida, y de apoyos psicológicos y económicos, no es un asunto menor. Es la raíz de un círculo vicioso: joven desorientado → abandona los estudios → consigue cualquier empleo → se frustra → llega a casa y ejerce violencia contra los suyos. No es casualidad que el delito más frecuente entre quienes trabajan sea la violencia familiar. Es el grito ahogado de una generación que nos está diciendo, con hechos, que el sistema les falló.

El alcohol no es la solución, es parte del problema

Lo que las y los estudiantes necesitan no es alcohol. Necesitan oportunidades, orientación, acompañamiento y, sobre todo, un proyecto de vida que les dé sentido y esperanza. Sin embargo, al normalizar el consumo de bebidas alcohólicas en los espacios universitarios —y peor aún, con la presencia del rector como testigo y, por omisión, como cómplice— se está enviando un mensaje devastador: que el alcohol es parte de la vida académica, que es aceptable, que es incluso un premio o un incentivo.

Pero la realidad es muy distinta. El alcohol no es un premio; es una trampa. Está provocando que miles de jóvenes desarrollen una adicción que los consume lentamente, convenciéndolos, mediante el uso de sustancias adictivas, de que necesitan beber para socializar, para relajarse o para escapar de la presión. Y el daño que esto genera es inmenso: a nivel personal, porque destruye su salud física y mental; a nivel familiar, porque desintegra lazos y genera violencia; y a nivel comunitario, porque convierte a nuestras calles en escenarios de tragedias evitable.

Las cifras son elocuentes y dolorosas: el número de jóvenes que provocan accidentes, que causan daños irreparables o que mueren conduciendo bajo los influjos del alcohol es alarmantemente alto. Cada cifra es una vida truncada, una familia destruida, un sueño que nunca se concretará. Y en ese contexto, no puede, no debe la máxima autoridad de la máxima casa de estudios estatal provocar el consumo. No puede ser que el rector de la UACH, en lugar de ser un ejemplo de compromiso y responsabilidad, aparezca en una reunión donde el alcohol está presente como si fuera un invitado más. Eso no es liderazgo; es negligencia.

La Universidad Autónoma de Chihuahua tiene una deuda histórica con la juventud. En lugar de organizar eventos donde el alcohol es el protagonista, mejor dedique su tiempo a elevar el porcentaje de estudiantes graduados. Que sus esfuerzos se enfoquen en diseñar programas efectivos de tutoría, en fortalecer la orientación vocacional, en implementar sistemas de recuperación académica y en ofrecer apoyos económicos y psicológicos que realmente retengan a los jóvenes en las aulas. Que la meta no sea llenar las mesas con botellas, sino llenar los auditorios con graduados que porten con orgullo su título y que estén listos para construir un Chihuahua mejor.

La sociedad está mirando, y lo que ve, hasta ahora, es a una institución que se distrae con escándalos mientras sus estudiantes se pierden entre el alcohol, la deserción y la frustración. Es hora de cambiar el rumbo. Es hora de que la UACH esté a la altura de lo que Chihuahua necesita: una universidad que forme ciudadanos, no consumidores; que construya futuros, no adicciones; que retenga talento, no lo abandone a su suerte.

Porque el futuro de nuestros jóvenes no se construye con cerveza, sino con educación.

Datos de contacto:                                 

Whatsap 6412191923

Correo: norbertwar@gmail.com