Por: Dra. Nicté Ortiz
Desde siempre, la humanidad ha levantado la mirada en busca de la luz… Mucho antes de los cohetes, ya habitábamos el universo con la imaginación. Como si en ella encontráramos no solo respuestas, sino también una forma de reconocernos más humanos. En la Luna y en las estrellas construimos historias: dioses que iluminaban la noche, cazadores eternos dibujados en el cielo y portadores del resplandor que anuncian cada amanecer. Hoy dan su nombre a misiones espaciales. Nombramos lo desconocido para hacerlo cercano, para entenderlo, para sentir que no estábamos solos bajo la inmensidad. Y quizá por eso, cuando por fin logramos llegar hasta allá, no fuimos solo como exploradores… fuimos con la inocencia de los humanos que un día aprendieron a enamorarse del cielo.
Pero mientras seguimos buscando esa luz en el cielo, en la Tierra persisten las sombras. Hay lugares donde la oscuridad no viene del universo, sino de la soledad, de la guerra, de la indiferencia. Mientras Artemis sobrevuela la Luna en silencio, aquí abajo todavía resuenan otros ecos: no los de la exploración, sino los de las bombas, los de una humanidad que a veces olvida mirarse a sí misma con la misma admiración con la que observa las estrellas.
Y, sin embargo, en medio de ese contraste, ocurre algo profundamente humano. Antes de que la nave desaparezca detrás de la cara oculta de la Luna y el silencio lo cubra todo, una voz atraviesa la inmensidad para decir: “te amo desde la Luna”. En ese instante, la tecnología se vuelve puente, y el vacío se llena de sentido. No importa la distancia, no importa la oscuridad momentánea: lo que elegimos decir antes de que se corte la comunicación revela quiénes somos.
Y no es el único gesto. Desde esa misma travesía, un punto de brillo en la superficie lunar recibe un nombre: Carroll. Un cráter que, en medio de la inmensidad, deja de ser anónimo para convertirse en memoria, en amor que trasciende la ausencia. Dicen que, en ciertos momentos, puede distinguirse desde la Tierra. Como si alguien hubiera decidido que incluso el dolor puede transformarse en destello… y quedarse ahí, visible, para quien aún necesita mirar hacia arriba.
Tras orbitar la Luna, la misión regresa. Un viaje que parece hablar de distancias imposibles, pero que en realidad nos acerca a lo esencial. Porque tal vez la verdadera misión no es solo llegar más lejos, sino aprender a incluir, a reconocer, a sostenernos unos a otros. Desde allá arriba no hay fronteras visibles, no hay divisiones que justifiquen la indiferencia. Solo una Tierra compartida, frágil y luminosa.
Como aquel eterno cazador, Orión, que persigue su destino en el cielo, seguimos buscando nuestros sueños. Como Artemisa, guardiana de la noche, recordamos que incluso en la oscuridad hay guía. Y como Apolo, que trae la luz cada mañana, entendemos que siempre hay una nueva oportunidad para comenzar. Los astronautas lo dijeron hace décadas: salieron a conocer la Luna… y entendieron la Tierra. Hoy, esa verdad regresa con más fuerza.
Porque quizá, después de todo, la historia nunca cambió tanto como pensamos: seguimos mirando al cielo en busca de luz. Solo que ahora sabemos —o estamos aprendiendo— que esa luz, la única capaz de atravesar cualquier distancia, es el amor que nos vuelve humanos… y nos acerca. ¿cuál es tu #puntodevista?



