«La democracia de mentiras»
Opinion por: Norberto Guerra Mendias
No deberíamos votar bajo presión laboral, no deberíamos tolerar propaganda insultante. No deberíamos normalizar el dispendio como si fuera parte natural de la política, pero lo hacemos. Y esa distancia entre lo que debería ser y lo que es —entre la moral que exigimos y la simulación que consentimos— es exactamente lo que urge analizar.
Las y los ciudadanos tenemos el deber moral de elegir a quienes muestran la ética y la moral como única carta de presentación. Analizar a quienes se lanzan por el poder resulta indispensable, especialmente cuando el despilfarro económico que exhiben es tan insultante que llega a dar asco.
Esa sensación no es casual, hemos normalizado durante décadas una práctica obscura y vergonzosa de nuestra cultura política: ver por todas partes imágenes, banderas, anuncios pagados con dinero público, eventos presuntuosos, entrevistas complacientes y reuniones de “amigos” muy adinerados. El derroche no es solo obsceno; es una estrategia para intimidar al resto por la vía del bolsillo.
Pero hay un nivel más perverso: las y los aspirantes que, desde un cargo actual (presidentes municipales que quieren ser gobernadores, por ejemplo), exigen a su personal burócrata asistir a mítines y llevar invitados. No se trata de convocatoria, sino de coerción. Pasan la lista, amenazan con despido y; reportan a los ausentes, así fabrican multitudes, no voluntad popular. (Recuerden lo peligroso que es el Síndrome de Hubris)
Desde la psicología del voto, esto es clave: cuando el ciudadano percibe que su jefe (político) puede castigarlo si no aplaude en el mitín de su candidato, el miedo anula la libertad. Y un voto emitido desde el miedo o la simulación no es un voto, es una extorsión consentida.
Por eso el llamado final no es solo a analizar a los políticos, sino a reconocer nuestra propia complicidad silenciosa. Asistir por miedo a perder el empleo, aplaudir por obligación, tolerar el dispendio como “normal”… Eso también es parte de la psicología del voto. Y solo nombrándolo podremos empezar a cambiarlo.
Si un candidato gasta millones en tres meses de campaña, ¿cuánto espera recuperar en tres años de gobierno? Esa no es inversión publicitaria; es un préstamo que nos cobrarán con intereses de corrupción.
La democracia de mentiras: así se fabrican las multitudes
Las y los ciudadanos tenemos el deber moral de elegir con libertad. Pero, ¿qué pasa cuando esa libertad es una farsa montada desde antes de llegar a la casilla?
Quienes han asistido a un mitin político en los últimos años lo saben, aunque pocos lo digan en voz alta: no toda la gente que ves ondeando banderas está ahí por convicción. Detrás de cada «multitud espontánea» hay una logística fría, calculada y profundamente antidemocrática.
He identificado tres categorías de asistentes. Reconocerlas duele, pero es el primer paso para dejar de aplaudir nuestra propia simulación.
- El burócrata rehén
Es el trabajador de contrato, el de oficina municipal, el que tramita licencias, el auxiliar administrativo, el oficinista de bajo rango. Todos ellos saben quién manda. Y saben, también, que quien manda no llegó por mérito, sino por recomendación, compromiso, cuello político o simple lástima —porque hay personas tan inservibles que solo así pueden aspirar a una posición de jerarquía, entonces hay que sostener la mentira mediante favores electorales.
Ese jefe —que aspira a un cargo más alto— no necesita amenazar explícitamente. Una frase basta, dicha al aire: «El sábado hay evento. Pasamos lista. Los que falten, ya saben».
No hay carta de despido, no hay amenaza explícita, no hace falta. Todos entienden el mensaje: asistir no es un acto de convicción; es un acto de supervivencia laboral. Y si llevan a sus familiares o vecinos, mejor.
- Grupo vulnerable: despensa o cemento a cambio de presencia
Esta categoría es la más triste, y por eso mismo, la más cruel. Son personas de colonias populares, comunidades rurales o zonas marginadas. Reciben la invitación días antes: «Ve al mitin, escucha al candidato, y al final te llevas una despensa, una lámina, una bolsa de cemento o un juguete para tu hijo».
No les interesa el discurso, no saben ni cómo se llama el candidato, van porque el hambre y la necesidad no entienden de ideologías y el material de construcción no se paga con promesas. El político lo sabe y aprovecha la necesidad como si fuera un cajero automático de voluntades.
- El acarreado profesional: pago por día y torta incluida
Esta es la categoría más organizada y, paradójicamente, la más honesta en su cinismo. Hay gestores que contratan personas por día. Se les paga una cantidad (a veces 200, 300 o 500 pesos), se les da transporte, comida y una gorra o playera del candidato. Su única instrucción es: «Grita cuando te digan, aplaude cuando veas a los demás, y no te salgas del cuadro de la foto». Ellos no simulan nada. Van por el dinero. El que simula es el político, que presenta esas imágenes como «apoyo ciudadano» cuando en realidad es apoyo de cajón.
¿Qué dice esto de nuestra democracia? Lo dice todo y lo dice feo.
Que el voto ya no se disputa con ideas, sino con capacidad de compra y capacidad de castigo. Que el ciudadano dejó de ser un agente libre para convertirse en un recurso más de la campaña: cuantificable, trasladable y desechable.
Y lo más grave: nosotros, los ciudadanos, lo hemos normalizado. Vemos las fotos del mitin en el periódico o en redes sociales y pensamos «qué buena convocatoria». No preguntamos cuántos de esos aplausos fueron genuinos, cuántos fueron obligados, cuántos comprados con hambre y cuántos con monedas.
Un llamado incómodo
No se trata solo de denunciar a los políticos. También se trata de preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que asistimos a un mitin por auténtica convicción? ¿Cuándo fue la última vez que vimos una multitud y no sospechamos?
La democracia no se construye con multitudes de mentira. Se construye con ciudadanos que dejan de aplaudir por obligación, por hambre o por dinero.
Norberto Guerra Mendias
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