La escuela que se vacía no se cierra sola, la cierran

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Por: Dr. Joel Orozco González

Hay una frase que se repite en cada oficina de la Secretaría de Educación cuando uno pregunta por qué se cerró un grupo, por qué no llegó el maestro, por qué la plaza se volvió de tres meses. La frase es no hay matrícula. Se dice con la naturalidad de quien describe el clima, como si fuera un hecho de la naturaleza y no una decisión tomada por alguien con nombre y firma. Quiero escribir contra esa naturalidad, porque llevo varios años recorriendo telesecundarias, la mayoría multigrado, y he aprendido que la escuela que se vacía no se cierra sola. La cierran.

Los nacimientos en México cayeron de 2.09 millones en 2019 a 1,672,227 en 2024, según el INEGI, y ya son tres años por debajo del nivel prepandémico. Los nacidos en 2020 entran a primaria en este ciclo. Chihuahua pasó de 679,965 a 632,169 alumnos de educación básica en un año. Lo veo en mis escuelas, en grupos de primero con ocho estudiantes donde antes había doce. Quien niegue eso hace lo mismo que critica en la autoridad, argumentar sin datos. Pero una cosa es reconocer un dato y otra es aceptar la conclusión que le cuelgan y la conclusión que la autoridad le cuelga a la baja de natalidad es una mentira construida con un dato verdadero.

En la misma quincena en que el Estado dice que no puede ofrecer plazas definitivas porque hay menos niños, firma un acuerdo para pagarle a seis escuelas privadas por cada alumno de secundaria que no encontró lugar en las públicas, porque los cupos en Juárez estaban llenos desde julio. Las dos cosas son ciertas a la vez. El Estado cierra el grupo en la sierra, no abre el grupo en la frontera, deja a 3,103 aspirantes en plantón y le paga al mercado para que cubra el hueco que él mismo produjo.

Bajemos lo anterior al salón, porque ahí es donde las decisiones dejan de ser cifras y se vuelven biografía. Un maestro que llega a una telesecundaria en septiembre sabiendo que se va en diciembre no hace diagnóstico socioeducativo, no construye programa analítico, no se arraiga, no se queda a la Demostración de lo Aprendido. No es por falta de compromiso. Nadie siembra en tierra que le van a quitar. En enero llega otro, empieza de cero, y el grupo vive su tercer arranque en un año. Los muchachos ya no le creen al tercero que llega, y tienen razón. Esa es la forma más silenciosa de negar el derecho a la educación sin cerrar formalmente la escuela. Se llama plaza temporal y se presenta como solución.

El sistema mide en matrícula, presupuesta en matrícula y piensa en matrícula, y por eso cuando bajan los niños la única respuesta que conoce es cerrar el grupo, fusionar el turno, temporalizar la plaza. Boaventura de Sousa Santos lo llamaría monocultura de la productividad, la razón que declara inexistente todo lo que no alcanza el número. Freire diría que la escuela dejó de ser leída como posibilidad y empezó a ser leída como trámite, y que esa lectura no la hicieron los muchachos solos, se la enseñaron.

Desde el multigrado digo lo contrario, y lo digo con la autoridad de quien lo ha visto funcionar con menos recursos que nadie. Un grupo de quince no es una tragedia pedagógica. Es la condición para hacer lo que con cuarenta y cinco nunca pudimos, conocer a cada muchacho, saber por qué falta, ir a su casa, construir proyectos donde el aprendizaje se vea en la comunidad y no solo en la boleta. La Nueva Escuela Mexicana lo escribe en su propio plan cuando habla de la escuela como centro de la vida comunitaria. La baja de matrícula era la oportunidad histórica de tener grupos pequeños, mejor atendidos, con maestros estables. El Estado la está usando para lo contrario, no se puede defender la comunidad en el plan de estudios y cerrarle el grupo en el presupuesto. Eso no es hipocresía institucional, y hay que nombrarla.

No se está discutiendo cuántas plazas hay, se está discutiendo si la escuela pública sigue siendo un derecho que el Estado garantiza donde haya un solo niño, o si se convierte en un servicio que se presta donde alcanza el número y se compra al mercado donde no. Si a una comunidad de la sierra se le lleva la luz aunque no sea rentable, porque es un derecho, y a esa misma comunidad se le cierra la escuela porque no es rentable, entonces el Estado ya decidió que la educación vale menos que la electricidad. Y lo decidió sin decirlo, que es la forma en que se toman las decisiones que no resistirían ser dichas.

No me corresponde sustituir a la Supervisión, a la Secretaría ni a la representación sindical. Pero tampoco me corresponde callar cuando lo que se decide en una oficina se convierte en un grupo cerrado, un maestro de tres meses o una comunidad que se queda sin su único espacio público. Callar también es tomar partido, y yo no tomo el partido del que firma.

Sostengo que las plazas definitivas vacantes deben asignarse como definitivas, en estricto orden de prelación, y que toda reclasificación debe constar por escrito, con fundamento y con nombre. Lo que no se puede documentar no se puede defender, y lo que no se quiere documentar suele ser porque no se puede defender.

Sostengo que el Estado debe publicar el criterio con que abre y cierra grupos, y que si no existe debe construirlo con la gente que vive en esas comunidades y con criterios pedagógicos antes que presupuestales, reconociendo que en la escuela rural y multigrado la escuela no es un servicio entre otros, muchas veces es el único.
Sostengo que antes de pagar colegiaturas privadas con dinero público deben abrirse grupos públicos con las plazas que hoy se niegan y con los maestros que hoy están en plantón. Es más barato, es más digno y es lo que la Constitución manda. Cada peso que va a un colegio para que no cierre es un peso que le dice a una normalista que su formación vale menos que un negocio.

A las y los aspirantes les digo que la indignación abre la puerta pero el documento la sostiene, soliciten por escrito la naturaleza original de las plazas reclasificadas con su clave y fecha, el documento que autorizó el cambio y quién lo firmó, y el listado de centros de trabajo sin docente al inicio del ciclo. Con esos tres papeles, o con la negativa a entregarlos, el argumento camina solo. Y no mezclen lo que se puede probar con lo que solo se sospecha, porque el poder siempre agradece que le regalemos una imprecisión para desacreditar el conjunto.

A mis maestras y maestros de la Zona les digo lo de cada inicio de ciclo escolar, pero esta vez con más urgencia, si la escuela se está vaciando, la única defensa que nos queda no es la lista de asistencia. Es volver a ser el lugar donde a un adolescente le conviene estar, donde se le conoce por su nombre, donde lo que aprende se ve en su comunidad, donde la comunidad sabe que si se cierra el grupo pierde algo suyo. Una escuela que la comunidad defiende no se cierra con un oficio. Eso no lo resuelve la Secretaría, eso se decide en cada salón y en cada asamblea de padres, y ahí todavía mandamos nosotros. Mientras haya un solo educando debe existir un docente para su atención, esa frase no es una consigna, está en la ley. Y la ley no se cumple sola, como la escuela no se vacía sola.

Asesorar sin imponer. Apoyar sin sobreproteger. Acompañar sin invadir.