Gaza: tres años

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Por: Rosalío Morales Vargas

En Gaza se opacó el sol de octubre
cuando el viento espoleaba la tragedia.
Llegó la ocupación
montada en aviones, obuses y metralla
en el otoño triste y melancólico.

Horadan nuestras almas días como estos,
pletóricos de miedo y aflicción,
son días inicuos de crueldad, insomnio y pesadumbre,
tardes llenas de hambruna en campamentos
y refugios endebles ahítos de tristeza,
dentro de la neblina
humeante de la pólvora
con su carga de muerte prematura.

La niñez mascarada yace en los escombros,
ya no están, lo sabemos, pero están,
su recuerdo perdura con el tiempo,
a pesar del ambiente
soez y atrabiliario atizado
por el impío y pérfido invasor.

Son días de duelo pero también de resistencia,
se combate a misiles asesinos
que derrumban viviendas escuelas y mezquitas,
calcinan las palmeras,
los olivos de hojas argentadas
y los naranjos
con sus azahares de sutil fragancia.

Zumban las balas perentorias,
la nación oprimida no se rinde,
enfrenta con honor
a la monstruosidad de los genízaros
que arrasan poblaciones,
las despojan, expulsan y condenan
al ostracismo y al olvido,
más allá del Jordán y del Mediterráneo,
allende Galilea y Los Altos del Golán.

¿Podemos como mudas estatuas observar
el genocidio de niños y mujeres?
¿Nos es dable consentir una masacre
bajo la rugosa sombra de canallas?

Si el fascismo se impone
quedará la memoria bajo ruinas.
La humanidad no debe ser indiferente
ante el chillido obsceno de las hienas.

Se precisa evocar la dignidad y el heroismo
de las generaciones pasadas y presentes
para ver con claridad el horizonte,
reacomodar los sueños,
y así la lobreguez se esfumará.