Por Dr. Jorge Arturo Salcido
El Papa León XIV pide «desarmar» la inteligencia artificial. Su encíclica encierra una advertencia que toca de lleno al aula mexicana.
Hay una pregunta que ningún padre de familia ni maestro debería dejar de hacerse este año: ¿estamos educando a nuestros jóvenes para que piensen por sí mismos, o para que dependan de una máquina que piensa por ellos? Esa inquietud, que en las escuelas de Chihuahua ya se discute en las salas de maestros, acaba de recibir una respuesta inesperada desde el Vaticano.
El 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV —el primer pontífice estadounidense de la historia, matemático de formación— publicó su primera encíclica, Magnifica humanitas, un documento de más de cien páginas dedicado por entero a un solo asunto: cómo cuidar a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La firmó el 15 de mayo, en el aniversario 135 de la Rerum Novarum, aquel texto de 1891 que enfrentó las heridas de la Revolución Industrial. El gesto no es casual: si entonces el desafío fueron las máquinas de vapor y la fábrica, hoy lo es el algoritmo.
«No es neutral»
El corazón del mensaje papal es contundente: la inteligencia artificial no es una herramienta moralmente neutra. «No es neutra —dice la encíclica— porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza.» De ahí su llamado más sorprendente: hay que «desarmar» la IA, liberarla de las lógicas que la convierten en instrumento de dominación y exclusión.
Detrás de esa imagen hay una advertencia que el Papa repite una y otra vez: el riesgo de reducir al ser humano a «función, dato o prestación». Es decir, el peligro de que una persona valga solo por lo que produce, por lo que rinde, por lo que arroja en una estadística. Frente a ello, León XIV recuerda una idea simple y poderosa: la dignidad de cada persona «no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada».
Lo que esto significa para la escuela
Aquí es donde el documento toca al maestro mexicano. Entre los grandes ejes de la encíclica —el trabajo, la verdad, la justicia social, la paz— la educación ocupa un lugar propio. Y el diagnóstico es incómodo: vivimos una cultura de la inmediatez, de la respuesta instantánea, donde resulta cada vez más fácil dejar de buscar, contrastar y reflexionar.
Un estudiante que usa la inteligencia artificial sin criterio puede volverse un consumidor pasivo de contenidos que ni siquiera comprende. Uno formado para pensar, en cambio, puede usarla como lo que debería ser: una herramienta que amplía el pensamiento humano, no que lo sustituye.
La encíclica no condena la tecnología; reconoce sus enormes beneficios en la salud, la ciencia y la propia educación. Lo que pide es algo más profundo que enseñar a manejar aplicaciones. Pide formar conciencia: capacidad para discernir información, reconocer manipulaciones, sopesar consecuencias y defender la dignidad propia y ajena.
Una agenda para la Nueva Escuela Mexicana
Para quienes trabajamos en la educación nacional, el texto resuena con fuerza. La Nueva Escuela Mexicana coloca en su centro el pensamiento crítico, la inclusión y la justicia social: exactamente los valores que el documento reclama frente al poder algorítmico. La coincidencia abre una tarea concreta para nuestras aulas:
- Alfabetización crítica, no solo técnica: que el alumno entienda quién diseña los algoritmos y qué intereses hay detrás.
- Ética digital transversal, presente en todas las materias y no encerrada en una sola asignatura.
- Defensa de la autonomía intelectual: enseñar a preguntar, a dudar, a verificar.
- Recuperación de lo humano: la empatía, el diálogo y el acompañamiento del maestro siguen siendo insustituibles. Ninguna máquina los reemplaza.
El reto del siglo
Conviene un dato que dice mucho sobre el momento que vivimos: en la presentación de la encíclica en el Vaticano estuvo presente uno de los cofundadores de Anthropic, una de las grandes empresas de inteligencia artificial del mundo. Que la Iglesia convoque a los propios constructores de estas tecnologías para escuchar una reflexión sobre la dignidad humana revela hasta qué punto el debate ha dejado de ser ciencia ficción.
El gran desafío educativo de nuestro siglo no será aprender a convivir con la inteligencia artificial —eso ya lo estamos haciendo, queramos o no—. El verdadero reto, como advierte Magnifica humanitas, es evitar que la humanidad renuncie a pensar, a discernir y a decidir por sí misma.
La escuela, hoy más que nunca, es uno de los últimos lugares donde esa batalla puede ganarse. Depende de nosotros, los maestros, no perderla.
El autor es Doctor en Ciencias de la Educación e investigador educativo.



