Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
En cualquier carrera, pedestre o motora el camino está trazado, en la búsqueda de llegar a la ansiada meta, los competidores saben que la ruta para conquistar es la misma para todos, nadie puede tomar senderos alternos si quiere culminar su trayecto con éxito; ¿Quién llega primero? Los más preparados, capaces y decididos.
No llega el que metió el pie a otro competidor, el que hizo tropezar a otro, el que empujó, el que agredió a su compañero o quien bloqueó a su semejante.
Sin que aún haya una convocatoria formal para la renovación de la dirigencia seccional del magisterio la carrera ya comenzó, los competidores, todos y todas, saben cuál es el objetivo a lograr, y más allá, conocen la vereda a andar.
Y si coinciden en el fondo de lo que se busca, ¿Porqué no coincidir en la forma, como lo es el respeto a sus adversarios?
Si todos y todas, sin excepción, se reconocen como capaces para llegar a la meta, con preparación y experiencia para ello, si buscan potenciar y explotar sus cualidades y habilidades, entonces las formas para llegar se deben convertir en el punto de encuentro y tema insoslayable para el acuerdo.
Con una competencia impoluta, pulcra, sin contratiempos más allá de lo que ésta demanda, alguien ocupará la cúspide del podium y será reconocido por organizadores y participantes.
Estrechar las manos previamente no es seña de un ritual, es la aceptación de correr hasta el límite de su esfuerzo sin dañar al contrincante; buscar y promover las concordancias tampoco es sentirse inferior, al contrario, significa que ha entendido las reglas del juego.
Nadie disfruta ver competencias en las que gana el menos vapuleado.



