El dato de PISA que nadie leyó: el estudiante mexicano no dejó de esforzarse

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Dr. Jorge Arturo Salcido

Cada tres años se repite la misma escena. Sale PISA, salen los titulares, sale el lugar de México en la tabla y sale la discusión de siempre: unos dicen que el sistema educativo fracasó, otros dicen que la prueba es ajena a nuestra realidad y no mide lo que importa. A los tres días nadie vuelve a hablar del tema.

Este año hay algo distinto en los números, y no aparece en los titulares. Está en las tablas del fondo del informe, esas que casi nadie abre.

Lo primero, los números feos

No hay manera de suavizarlos. En el ciclo 2025 México obtuvo 414 puntos en ciencias, cuando el promedio de los países de la OCDE fue 482. En lectura, 408 contra 461. En matemáticas, 388 contra 463: setenta y cinco puntos de distancia, la brecha más grande de todas.

Cuatro de cada diez estudiantes mexicanos de quince años no alcanzan el nivel mínimo de competencia en las tres materias. Y en el otro extremo, apenas cinco de cada mil llegan a los niveles más altos. En los países de la OCDE son ciento diecinueve de cada mil.

Ese último dato merece un segundo de atención, porque suele pasarse por alto. México no solo tiene un problema con los estudiantes que se quedan atrás. Tampoco produce estudiantes que destaquen. Uno de cada doscientos.

Lo segundo, un matiz que cambia la conversación

Comparado con 2022, México subió cuatro puntos en ciencias mientras el promedio de la OCDE bajó tres. En lectura México bajó siete puntos; la OCDE bajó catorce. En matemáticas México bajó siete; la OCDE, nueve.

Es decir: en esta ronda, el mundo desarrollado cayó más rápido que nosotros. Eso no nos vuelve un caso de éxito, porque bajar poco desde 414 no es lo mismo que bajar mucho desde 482. Pero desmiente la palabra que encabezó casi todas las notas: no hubo desplome.

Y ahora sí, el dato que nadie leyó

El informe de PISA no solo aplica exámenes. También pregunta a los estudiantes sobre sus hábitos, su actitud frente al estudio y lo que esperan del futuro. Ahí aparece algo que cuesta creer.

Los estudiantes mexicanos de quince años reportan más perseverancia que el promedio de la OCDE. Más curiosidad. Más capacidad de adaptarse cuando algo no les sale. Piden más ayuda cuando se atoran. Dos de cada tres dicen que lo que aprenden en la escuela vale la pena; en los países de la OCDE lo dice apenas la mitad. Y faltan menos a clases.

Alguien podría decir, con razón, que eso es lo que dicen de sí mismos y no necesariamente lo que hacen. Pero hay un dato que no depende de lo que el estudiante declare. La prueba registra cuánto tarda cada quien en responder. Cuando un alumno contesta muy rápido y se equivoca, es señal de que le dio clic a cualquier cosa para salir del paso. En México eso ocurre en el 5.6 % de las respuestas. En el promedio de la OCDE, en el 8.9 %.

O sea: frente a un examen internacional que no les afecta la calificación, que no les sirve para pasar de año, que nadie en su casa va a ver, los estudiantes mexicanos se sientan y lo intentan más que el promedio de los países ricos.

Y sacan 414.

Entonces, ¿dónde se pierde ese esfuerzo?

Esa es la pregunta que los números obligan a hacer, y es distinta de la que llevamos veinticinco años haciendo.

Porque hay algo más. Si uno separa los indicadores en dos grupos, aparece un patrón muy claro. Todo lo que mide conducta de esfuerzo en México está por arriba del promedio: perseverancia, curiosidad, asistencia, tiempo dedicado. Y todo lo que mide creencia en que el esfuerzo sirve está por abajo: la idea de que uno puede mejorar sus capacidades (60.8 % contra 69.3 %) y la expectativa de que el esfuerzo se traduzca en una mejor vida (60.5 % contra 66.4 %).

Hay conducta sin creencia. Un estudiante que cumple, pero que no está convencido de que cumplir le vaya a cambiar la vida.

Pasa lo mismo con el tema ambiental, que fue uno de los ejes de esta edición: el 85 % de los estudiantes mexicanos dice que le interesa contribuir a proteger el medio ambiente en su trabajo futuro, una de las cifras más altas del mundo. Pero su nivel de conocimiento ambiental está por debajo del promedio. Ganas muchas, base poca.

Lo que esto significa para la política educativa

Si el problema fuera la falta de interés de los estudiantes, tendría sentido gastar en campañas de motivación, en programas de reenganche, en discursos sobre la importancia de estudiar. Es lo que hemos hecho durante décadas.

Pero el interés es justamente lo que está por arriba del promedio internacional. Lo que falla es lo que pasa entre el esfuerzo y el aprendizaje: qué se enseña, cómo se enseña, con qué profundidad. Entra esfuerzo y no sale conocimiento en la misma proporción.

Dicho en corto: llevamos años tratando la mitad sana del problema.

Hay una pista sobre dónde buscar. En la única materia nueva de esta edición, resolución de problemas con apoyo de computadora, México sacó 453 puntos. Sesenta y cinco puntos más que en matemáticas. Es la materia menos ligada a un programa de estudios, y es donde la distancia con el mundo se hace más chica. Ahí donde no hay currículo que seguir, los estudiantes mexicanos rinden mejor. Vale la pena preguntarse por qué.

Una advertencia honesta

Hay una explicación alternativa que no se puede descartar, y sería deshonesto no mencionarla.

Quizá los estudiantes mexicanos reportan más esfuerzo precisamente porque les cuesta más trabajo. El mismo informe de la OCDE señala que los alumnos de menor rendimiento suelen dedicar más tiempo a las tareas, no porque estén más comprometidos, sino porque necesitan más tiempo para terminarlas. Y que quienes dedican más tiempo tienden a reportarse a sí mismos como más perseverantes y curiosos.

Si eso explica el caso mexicano, entonces la perseverancia alta no sería un recurso desaprovechado sino un síntoma del rezago. Es una posibilidad real y no está resuelta. Se resolvería revisando los datos detallados de México, que existen y son públicos.

Mientras tanto, queda en pie lo que sí se puede afirmar. Que las brechas son grandes y no se están cerrando. Que México no produce estudiantes de alto desempeño. Que la caída de esta ronda fue menor a la del mundo desarrollado. Y que el estudiante mexicano de quince años, contra todo lo que se dice de él, sigue sentándose a responder.

Lo que no está claro es cuánto tiempo más va a seguir haciéndolo si nadie le devuelve nada a cambio.

Fuente: OCDE, PISA 2025 Results (Volume I), publicado en 2026. Todas las cifras provienen de las tablas I.1 a I.4 de ese informe.