Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
Cruzar el umbral de la antigua casona de la calle cuarta, en el corazón del Centro Histórico de Chihuahua, siempre ha sido mucho más que entrar a un edificio escolar. Para miles de jóvenes, adentrarse en ese espacio ha significado acceder a un universo paralelo donde el desierto se convierte en lienzo, escenario y partitura. Hablo del Centro de Educación Artística (CEDART) «David Alfaro Siqueiros», una institución que se erige con orgullo como la única alternativa pública en todo el estado de Chihuahua que fusiona el bachillerato general con la especialización artística en el nivel medio superior.
Mi vínculo con este espacio no es fortuito ni meramente observacional; está grabado en mi propia historia de vida. Tuve el honor y el privilegio de pertenecer a la primera generación del Bachillerato de Arte (1984-1987). Llegamos a aquellas aulas en un momento de coyuntura histórica y profundas transformaciones estructurales para el sistema. Tras el decreto presidencial de 1984, que exigió el rango de licenciatura para ejercer la docencia en educación básica, las escuelas CEDART del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) reformularon su rumbo. Dejamos atrás la formación técnica de instructores de arte para convertirnos en los pioneros de un bachillerato bivalente y propedéutico de tres años.
Éramos jóvenes pioneros que, mientras acreditábamos asignaturas científicas y humanísticas generales, nos sumergíamos en el tronco común de la música, la danza, el teatro, las artes plásticas y la literatura. Fuimos la prueba viviente de que la ciencia y la sensibilidad estética no están reñidas, sino que se necesitan mutuamente para formar seres críticos y libres.
La vida, siempre circular, me devolvió a las aulas de la calle cuarta una década después, pero esta vez desde el otro lado del escritorio. De 1996 a 2000, regresé a mi alma mater para desempeñarme como docente. Aquellos cuatro años frente a grupo me permitieron constatar, ya con la madurez del educador, la urgencia de la enseñanza artística en nuestra juventud. Vi desfilar miradas críticas, rebeldes y entusiastas que buscaban una voz propia en un entorno norteño que, con demasiada frecuencia, prioriza la productividad técnica o industrial sobre el desarrollo humano y espiritual. Como profesores, nuestra labor iba mucho más allá de la instrucción técnica; guiábamos los procesos de sensibilización, expresión y contextualización del arte, sembrando en nuestros alumnos la capacidad de resistir intelectualmente ante la apatía del mundo.
A lo largo de la historia del CEDART, diversos directivos han dejado una huella particular que ha impulsado el desarrollo de la institución. Desde mi perspectiva, durante las dos etapas en las que formé parte de la escuela, quedó de manifiesto cómo la trayectoria artística y la experiencia en el ámbito educativo resultan fundamentales para el progreso de este tipo de instituciones. En nuestra etapa como estudiantes, nos correspondió recibir a la Mtra. María del Socorro Chapa Rodríguez en la dirección; gracias a su experiencia y su red de relaciones, la escuela experimentó un notable avance en infraestructura y equipamiento, logrando el hito de obtener un edificio propio. Posteriormente, bajo la gestión del Arq. Homero Baeza Arrollo, quien me brindó la oportunidad de integrarme como docente, fui testigo y partícipe de la evolución en la calidad artística y la difusión del plantel, permitiendo que se posicionara firmemente como una gran opción para los egresados de secundaria en Chihuahua.
Hoy en día, la importancia del CEDART «David Alfaro Siqueiros» es más innegable que nunca. En una sociedad chihuahuense que enfrenta complejos retos de cohesión social, seguridad y utilitarismo económico, esta escuela sigue siendo un santuario insustituible. No existe en Chihuahua otra opción en su nivel que ofrezca este refugio de creatividad, que democratice el acceso a los bienes culturales y que forme no solo a los futuros creadores profesionales del país, sino a ciudadanos empáticos capaces de transformar su entorno.
El impacto trascendental del CEDART de Chihuahua se refleja vívidamente en las notables trayectorias de sus egresados, quienes han enriquecido el panorama cultural tanto dentro como fuera del estado. En las artes escénicas sobresalen figuras como la actriz y pedagoga teatral Elsa Marina Sáenz Trillo, la actriz y creadora de contenido Cynthia Angélica Rodríguez, Erbey Mendoza en la dirección y docencia, y Georgina Graciela Ayub Chávez, una de las dramaturgas y directoras más prolíficas de nuestra época. Por su parte, la danza y la coreografía cuentan con los destacados aportes de Leonel Alfredo Benedey Acosta, Yadira Lozano —comprometida promotora cultural— y Carol Cervantes, quien además destaca en las letras, disciplina que comparte con Edgar Gorrochategui Lozano, sobresaliente en la investigación artística. Asimismo, la música se ha visto fortalecida por Carlos René Bilbao Carrasco que además de abogado es educador y director coral, mientras que las artes plásticas y visuales brillan a través de la escultora y ceramista Maribel Talavera, las pintoras Adriana Lara y Ana Caro, el pintor de estilo popular y maestro Alberto Urías, la artista visual y docente Ana Luisa Arispe y el polifacético creador escénico y titiritero Lorenzo Portillo. Todos estos creadores encarnan el valioso talento que la institución ha aportado fielmente al arte y al magisterio chihuahuense.
El CEDART de Chihuahua es un patrimonio vivo que la sociedad y las instituciones gubernamentales deben proteger y fortalecer. Haber egresado de su primera generación de bachillerato y haber aportado mi grano de arena como docente es la mayor confirmación personal de que el arte no es un adorno de la vida, sino la herramienta más poderosa que poseemos para humanizar nuestra realidad.




