Educación en México: Entre el silbato del Mundial y el termómetro de la realidad

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Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón

La noticia ha caído como un balde de agua fría —o quizá más bien hirviendo— para el sistema educativo nacional. El secretario de Educación, Mario Delgado, junto con el Consejo Nacional de Autoridades Educativas (CONAEDU), ha puesto sobre la mesa una propuesta que parece priorizar el entretenimiento y la rendición ante la precariedad sobre el aprendizaje: adelantar el cierre del ciclo escolar 2025-2026 al 5 de junio.

Bajo la justificación de las «extraordinarias olas de calor» y la logística necesaria para el Mundial de Fútbol 2026, las autoridades pretenden recortar de tajo entre cinco y siete semanas de clases. Esta medida reduciría el calendario a unos 160 días efectivos, situando a México 26 días por debajo del promedio de la OCDE (186 días).

Es una contradicción dolorosa: mientras los resultados de la prueba PISA 2022 nos gritan que el 66% de nuestros estudiantes no alcanzan el nivel básico en matemáticas, la respuesta oficial es cerrar las aulas para ver el fútbol.

El argumento climático, aunque válido en términos de salud, es en realidad una confesión de culpa. En lugar de invertir en infraestructura para que nuestras niñas y niños estudien en condiciones dignas, se opta por la capitulación.

El caso de Chihuahua es el ejemplo más crudo de este abandono sistémico. En el estado grande, el verano no solo trae temperaturas que superan los 40°C, sino una crisis humanitaria dentro de los planteles: la falta recurrente de agua potable. Las escuelas enfrentan desabasto, provocado principalmente por la sequía, que impide el llenado de aljibes y tinacos, dejando a miles de estudiantes sin el recurso más básico para la higiene y la hidratación.

A esto se suma el drama de la energía eléctrica. Mientras los directivos y padres de familia hacen esfuerzos heroicos para instalar minisplits, el gobierno estatal ha enviado oficios notificando que, por «insuficiencia presupuestal», no cubrirá los gastos de energía de estos aparatos.

Es una ironía cruel: se les pide a los docentes autonomía y excelencia, pero se les amenaza con darlos de baja de la cuenta centralizada de electricidad si intentan mitigar el calor de sus alumnos con aire acondicionado.

¿Cuál es la prioridad de nuestro Estado? Si la respuesta ante el calor y la falta de servicios básicos es simplemente recortar el tiempo de enseñanza, estamos sacrificando el futuro de una generación en el altar de la ineficiencia. El Mundial pasará en un mes, pero el rezago educativo —que ya se estima en 1.5 años tras la pandemia— dejará una cicatriz permanente.

No se puede llamar «Nueva Escuela» a un sistema que deja a sus hijos sin agua en el desierto y sin clases por un evento deportivo. La educación no puede ser la variable de ajuste; cada día que se pierde en el calendario es una oportunidad menos para que un niño mexicano alcance su máximo potencial.