Doce años: ¿Y los 43 de Ayotzinapa?

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Por: Rosalío Morales Vargas

Hurgando entre las turbiedades de las miasmas
durante doce vueltas al sol de los septiembres,
no se ha oxidado el tesonero afán
de hallarles en algún recoveco de andurriales.
Entre el escepticismo y las cavilaciones,
no se consienten los designios del naufragio
y se repite el tintineo
de los adustos pero firmes pasos.

Volver a caminar la misma senda agreste
pletórica de zarzas y de espinas,
caer y levantarse sin rendirse
al poder oprobioso del agravio,
formular otra vez incómodas preguntas
y oir respuestas elusivas y promesas vanas,
menear el fango acumulado
en la charca estancada y pestilente.

La historia se repite mes con mes, año tras año,
y la verdad se oculta en archivos de mutismo,
como si se quisiera exonerar
a íncubos de una pesadilla
extendida en el tiempo evanescente.
El furtivo dolor no ha terminado,
se transfigura en estilete amargo
que lacera las almas y los cuerpos.

Lastiman las palabras
provenientes del círculo
desde el cual se dictaminó el maleficio;
pero es mayor el ímpetu y empuje
de las voces cargadas de entereza
e hilvanadas a la conciencia luminosa,
presente y siempre inconmovible,
ahí donde se enciende la esperanza.

Una docena de años
de lucha sin descanso,
rendirá frutos por el pundonor
que desde la cantera del pueblo edifica
otras maneras, otras relaciones,
donde no haya domesticación del pensamiento
y no sea el espíritu envuelto en la grisura
de un sudario tiritando pesadumbre.

Ya basta de más brumas que impidan ver la luz,
y de puertas abiertas a la angustia,
de insomnios y vigilias sempiternas
amortajadas entre llanto y rabia.
Ha llegado la hora del alba, ya se atisba
tras las montañas de olvidos y silencios,
un aluvión vehemente y aguerrido
que no se detendrá hasta encontrarlos.