¿De verdad la derrama económica justifica el daño?

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Por: Patricio Rodriguez Palma

Cada vez que se habla de los recorridos de vehículos todo terreno por la Sierra Tarahumara aparece el mismo argumento: la derrama económica. Pareciera que esa frase basta para justificar cualquier cosa. Como si unos cuantos pesos pudieran compensar el deterioro ambiental y el desgaste que estos eventos dejan a su paso.

La realidad en Tónachi es mucho menos romántica que la narrativa turística. Cuando termina la caravana de los llamados razers, no queda un paraíso impulsado por el desarrollo. Quedan caminos de terracería maltratados, basura, ruido y rastros de aceite y combustible en un territorio que las comunidades han cuidado durante generaciones.

Esos caminos no fueron hechos para competencias ni para la adrenalina de un fin de semana. Son los mismos que utilizan diariamente niñas, niños, maestros, productores, personas mayores y familias enteras para trasladarse entre las comunidades. Lo que para algunos es una ruta recreativa, para otros es una vía indispensable para vivir.

Sorprende que se hable con tanta ligereza de modificar rutas para que “el evento se lleve a cabo de cualquier manera”. Esa frase deja entrever que lo importante no es escuchar a las comunidades, sino garantizar que el espectáculo continúe.

Si realmente se quiere hablar de desarrollo para Tónachi, habría que empezar por cumplir las promesas pendientes. La carretera Guachochi-Tónachi lleva décadas recorriendo campañas políticas y administraciones estatales sin que nadie la concluya. Para esa obra, que sí cambiaría la vida de la región, nunca hay recursos suficientes. Pero cuando se trata de organizar recorridos recreativos, el entusiasmo institucional aparece de inmediato.

La decisión del ejido no debería verse como un inconveniente para el turismo, sino como el ejercicio legítimo de un derecho. Los ejidos existen precisamente para decidir sobre el destino de su territorio. Sus determinaciones no pueden tomarse como una simple formalidad ni como un obstáculo que debe negociarse hasta obtener un sí.

Durante demasiado tiempo las comunidades han sido útiles cuando se necesita cruzar sus tierras, utilizar sus caminos o presumir los paisajes de la Sierra en la promoción turística. Pero cuando expresan un límite o defienden su territorio, entonces pareciera que su voz incomoda.

No todo puede reducirse a una derrama económica. Hay cosas que no tienen precio: un río limpio, un bosque conservado y el derecho de una comunidad a decidir qué actividades está dispuesta a permitir en su propio territorio.

Porque el desarrollo no consiste en pasar sobre la voluntad de un ejido. Consiste, precisamente, en respetarla.

“Todas las personas, los líderes y las instituciones obedecen la misma ley. Esto significa que nadie tiene más poder que las normas escritas”

Tónachi Guachochi Chih a 24 de Julio del 2026