Por: Dra. Nicté Ortiz
#punto de vista
#palabrademujer
La crianza es uno de los actos de esperanza más profundos de la humanidad.
Cada día nacen en el mundo alrededor de 363 mil niñas y niños. Son más de cuatro nacimientos por segundo. Cada uno llega a este planeta con una historia distinta, una familia distinta y un camino que todavía nadie conoce. Detrás de cada nacimiento hay sueños, miedos, ausencias, posibilidades y circunstancias profundamente desiguales. Porque nacer es un hecho biológico, pero crecer es también un acto social.
Hace unos días conocí a una joven a quien llamaré Matiana para proteger su identidad. Tiene, al parecer, 14 años y le tocó traer al mundo a su bebé prematura. La pequeña salió del hospital pesando apenas un kilo y medio, sin nombre y sin registro, porque la propia madre había sido registrada apenas al ingresar al hospital y, al no hablar español, algunos datos de identidad fueron incorrectos. Mientras todo esto sucedía, la justicia buscaba determinar quién era el padre de la bebé debido a la edad de la madre, y alrededor se escuchaban comentarios que describían la situación como algo “común” en el entorno del que provenía la joven.
Este año, gracias al proyecto Semillitas, me ha tocado conocer muchas historias de la maternidad fuera de la idealización con la que a veces solemos mirarla. He visto de cerca las múltiples dificultades que enfrentan las personas que reciben en sus brazos —o en su vientre— a un nuevo ser humano: el acceso a servicios de salud, la alimentación, el acompañamiento emocional, la vivienda, las redes de apoyo y, en ocasiones, incluso el reconocimiento de su propia identidad.
Quizá lo más inquietante de la historia de Matiana no es solo su edad ni las dificultades que enfrenta, sino la facilidad con la que situaciones como la suya pueden llegar a considerarse normales.
Cuando la precariedad, la exclusión o la violencia se vuelven parte del paisaje cotidiano, corremos el riesgo de dejar de verlas como problemas que exigen atención colectiva. Pero ninguna niña debería enfrentar sola la maternidad, y ninguna comunidad debería acostumbrarse a que las condiciones más básicas para criar y crecer dignamente sean un privilegio y no un derecho
Y, sin embargo, cada nacimiento sigue siendo un recordatorio del milagro de la vida y de la enorme responsabilidad colectiva que implica protegerla.
La vida florece cuando existen condiciones para crecer. Ninguna semilla germina solo por voluntad propia. Necesita tierra fértil, agua, luz y tiempo. Los seres humanos no somos distintos. También necesitamos cuidados, vínculos y comunidades capaces de sostenernos.
Criar nunca ha sido una tarea sencilla. Ninguna generación ha recibido un manual infalible y, sin embargo, cada madre y cada padre hacen lo mejor que pueden con las herramientas, las historias y las heridas que heredaron. Mirar el pasado con justicia implica reconocer que las formas de crianza siempre responden al tiempo histórico y a las circunstancias de quienes las ejercen.
Durante buena parte de la historia humana, las sociedades enfrentaron contextos marcados por la escasez, la guerra, las enfermedades y una alta mortalidad infantil. La supervivencia del grupo dependía, en gran medida, de la capacidad de proteger, proveer y responder con rapidez ante el peligro. En ese contexto, no resulta extraño que muchas culturas asignaran a los hombres el papel de guardianes y proveedores, mientras que la obediencia y la disciplina estricta eran vistas como mecanismos necesarios para preservar la vida. Aquellas formas de crianza respondían a las necesidades de su tiempo y permitieron a la humanidad llegar hasta aquí.
Sin embargo, el mundo ha cambiado. Aunque persisten múltiples desafíos y millones de niñas y niños siguen naciendo en contextos marcados por la pobreza, la violencia o la exclusión —como ocurre en historias extremas y dolorosas como la de Matiana—, hoy enfrentamos realidades distintas a las de hace siglos. La supervivencia sigue siendo una tarea urgente para muchas familias, pero también comprendemos que garantizar la vida no es suficiente: es necesario crear condiciones para que esa vida pueda desarrollarse plenamente.
Hoy sabemos que el desarrollo humano requiere habilidades distintas a las de hace siglos. En sociedades cada vez más complejas e interconectadas, la capacidad de autorregular las emociones, resolver conflictos, colaborar con otros y pensar críticamente se ha vuelto más importante que la fuerza física. Por ello, la crianza positiva propone un cambio de paradigma: pasar del control externo a la construcción de un control interno; de la obediencia por temor a la responsabilidad por convicción.
En las últimas décadas han surgido las llamadas nuevas paternidades. No se trata de reemplazar a los padres del pasado ni de juzgar las formas en que otras generaciones ejercieron su papel. Cada generación enfrentó desafíos distintos y respondió con los recursos materiales, culturales y emocionales que tenía a su alcance. Las nuevas paternidades representan, más bien, una evolución del cuidado.
Criar también es un acto de autoconocimiento. Cada vez que educamos a un hijo o a una hija, también dialogamos con nuestra propia historia. ¿Qué partes de mi infancia deseo conservar? ¿Cuáles necesito transformar? ¿Qué miedos heredé? ¿Qué formas de amar aprendí? ¿Qué silencios cargo todavía? Pero no todas las personas tuvieron la oportunidad de crecer en entornos seguros o de recibir modelos de cuidado saludables. Para muchas, la tarea de criar implica construir por primera vez aquello que nunca recibieron. Y quizá allí reside una de las formas más profundas de valentía humana: intentar ofrecer luz incluso cuando se creció entre sombras.
Pero historias como la de Matiana nos obligan a hacer una pregunta incómoda: ¿cómo ejercer una crianza respetuosa, presente y emocionalmente disponible cuando quienes cuidan apenas tuvieron oportunidad de ser cuidados? ¿Cómo pedir autorregulación a quienes crecieron entre carencias, violencia o abandono? Las desigualdades no comienzan en la escuela ni en el trabajo; comienzan mucho antes, en las condiciones mismas en las que una persona llega al mundo y aprende —o no— a sentirse segura, amada y reconocida.
Hoy sabemos que la presencia emocional de los padres tiene un profundo impacto en el desarrollo de niñas y niños. Un padre que escucha, juega, acompaña, pone límites respetuosos y nombra emociones también protege. Tal vez la ternura no sea lo contrario de la fortaleza, sino una de sus formas más altas. Pero también sabemos que el cuidado no depende únicamente de la voluntad individual. Hay madres y padres que cargan heridas profundas, pobreza persistente o exclusión histórica. Reconocer estas realidades no significa renunciar a la esperanza, sino comprender que la crianza necesita comunidades, instituciones y políticas públicas capaces de sostener a quienes sostienen la vida.
La crianza, como la luz, ilumina no solo el camino de quienes vienen detrás, sino también las habitaciones interiores que los adultos aún estamos aprendiendo a habitar. Y tal vez la herencia más luminosa que podamos dejar a nuestros hijos no sea aquello que les damos, sino la forma en que aprendimos a amar mientras los criábamos. Porque incluso en las condiciones más difíciles —allí donde la pobreza, la violencia, la ausencia o la incertidumbre parecen imponerse— el amor sigue siendo la fuerza que sostiene la esperanza y abre camino a la vida.
A los padres que aprendieron a cuidar como les enseñaron y a aquellos que hoy se atreven a cuidar de formas nuevas; a quienes proveen, acompañan, escuchan y sostienen: feliz Día del Padre. Gracias por la valentía de construir, un abrazo a la vez, un mundo más humano para las generaciones que vienen.
Que nunca nos falte la capacidad de cuidar, acompañar y amar con ternura, para que la esperanza perdure y la vida encuentre siempre condiciones para florecer. O ¿cuál es tu #puntodevista?



