Colectivos escolares: El que calla, no otorga

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Por: Profr. José Luis Fernández Madrid

Quienes forman parte de una comunidad escolar conocen a la perfección la dinámica que en su interior se vive y ésta implica, entre otras situaciones, atender hechos desde distintas narrativas.

Por ello, cuando algún padre de familia o tutor se apega a su legítimo derecho de petición para relatar algún acontecimiento esto no significa que deba otorgarse obligada concesión, se deben analizar, valorar y contrastar las versiones.

Inmersos entonces en ese intercambio, si las determinaciones tomadas no favorecen a alguna de las partes involucradas, encuentran en las redes sociales el espacio perfecto para ofrecer su versión, incluso, corregida y aumentada, y es en ese momento en que los directivos, docentes u orientadores se enfrentan al reto del silencio, privilegiando la ética, la mesura y la prudencia.

Debatir en la virtualidad situaciones expuestas desde una sola perspectiva que expone que todos en la escuela son insensibles, injustos o desatentos, es un desafío a la tolerancia que obliga a callar y no por otorgar, sino por evitar seguir el juego a palabras unipersonales carentes de objetividad y algunas de las veces, hasta de verdad.

Cuando en los espacios que la tecnología facilita se expresan opiniones tendenciosas que transgreden los límites de la ecuanimidad o la imparcialidad, a los integrantes del colectivo no les queda más que permanecer sientes, solo a la espera que el tiempo, la razón o bien, otras personas hagan lo suyo para desmentir los dichos.

Es así que los colectivos escolares deben soportar con estoicismo y sin remedio, apegarse al conocido chiste que cuenta que una persona quien conduce en sentido inverso al flujo vehicular escucha en la radio que hay un loquito manejando en sentido contrario, a lo que al oír la noticia exclama «¿Un loco? ¡Son muchos!»