Cimarrón

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Por: Rosalío Morales Vargas

Soy cimarrón. Me son ajenas
las órdenes de amos vampirescos.
Huí del látigo, el desprecio y los grilletes;
del agobio en las plantaciones de Virginia,
de Georgia, Carolina y Alabama.

Fugitivo del odio del blanco anglosajón,
escapé de la jaula del racismo.
En fuga permanente a cordilleras liberadas
busqué refugio en los pantanos de Luisiana,
o me evadí por el Río Bravo a El Nacimiento.

Viene la rebeldía de muy lejos,
desde John Brown a Las Panteras Negras,
desde la rebelión Cheyenne en Oklahoma,
de Ángela, de Luther y de Malcom.
Todos contra el soez imperio
que mutila, esclaviza y encadena.

Tritura vidas con su engranaje colonial,
segrega y condena al ostracismo
a las audaces voces de la desobediencia,
impone su cariz privilegiado
sofocando las márgenes del mundo.

Prohija el genocidio en Palestina,
vocifera denuestos contra Cuba,
alienta títeres vestidos de demócratas,
coloniza las mentes de millones;
pero las insurgencias taponan sus arterias.

El monstruo debe ser vencido desde dentro,
se encuentra carcomido en sus entrañas;
pero en su engreída decadencia
lanza letales coletazos y mordiscos,
husmea y localiza sublevados.

Soy ilegal por convicción,
detesto el reglamento de los dueños,
migro, tal vez en busca de un calpulli,
de un ayllú o un quilombo;
un nuevo macartismo me persigue,
¿ Seré toda la vida trashumante?