La escuela que somos

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Por: Dra. Nicté Ortiz

#puntodevista #palabrademujer

En México, este agosto de 2026 tiene un sonido particular. Suena a despertadores que vuelven a encenderse temprano, a mochilas que se preparan la noche anterior, a cuadernos nuevos, zapatos, tal vez, recién estrenados y conversaciones apresuradas antes de salir de casa. En las calles aparecen niñas y niños uniformados; en las puertas de las escuelas se mezclan abrazos, recomendaciones, prisas, lágrimas y fotografías para guardar el primer día. Cada regreso a clases parece recordarnos que la educación ha vuelto a comenzar. Pero la educación nunca se detuvo.

Continuó en las conversaciones alrededor de la mesa, en la manera de resolver un conflicto, en las palabras que utilizamos para hablar de otras personas, en aquello que permitimos, corregimos, celebramos o ignoramos. Continuó en las calles, en las pantallas, en los juegos, en los silencios y en cada gesto observado por una niña o un niño.

Quizá una de las confusiones más frecuentes de nuestro tiempo sea pensar que la escuela y la educación son la misma cosa. La escuela es una institución creada para organizar una parte del aprendizaje. Tiene horarios, programas, aulas, reglas, evaluaciones y personas preparadas para acompañar la construcción de conocimientos. La educación, en cambio, es un proceso mucho más amplio. Comienza antes de que una persona cruce por primera vez la puerta de un salón y continúa mucho después de recibir su último certificado.

La escuela enseña contenidos, pero la educación también transmite maneras de mirar el mundo. Educamos cuando explicamos, pero también cuando escuchamos. Educamos con las reglas que establecemos y con las excepciones que concedemos. Educamos con la forma en que tratamos a quien piensa distinto, con la manera en que ejercemos la autoridad y con aquello que hacemos cuando alguien necesita ayuda. Educamos incluso cuando guardamos silencio frente a una injusticia.

Por eso resulta tan cómodo afirmar que la educación puede cambiar la vida de las personas y, al mismo tiempo, depositar casi toda esa responsabilidad en la escuela. Esperamos que allí se enseñen matemáticas, ciencias y lenguaje, pero también respeto, empatía, disciplina, honestidad, igualdad, ciudadanía, alimentación saludable, cuidado del ambiente, prevención de la violencia y manejo de las emociones.

Cuando algo no funciona, preguntamos qué está haciendo la escuela. Pocas veces nos preguntamos qué estamos enseñando nosotros. No se trata de disminuir la responsabilidad de las instituciones educativas. La escuela tiene una tarea fundamental y quienes trabajan en ella asumen uno de los compromisos sociales más importantes: acompañar a otras personas mientras descubren el mundo y comienzan a imaginar su lugar dentro de él. Pero ninguna escuela puede transformar por sí sola aquello que el resto de la sociedad reproduce todos los días.

No podemos pedirle que enseñe igualdad si fuera de sus puertas normalizamos la discriminación. No podemos exigirle que forme personas solidarias si celebramos únicamente el éxito individual. No podemos esperar que enseñe a dialogar si nuestras diferencias se resuelven mediante la imposición, la burla o la violencia. Tampoco podemos pedirle que haga sentir valiosas a todas las niñas y todos los niños si construimos una sociedad en la que algunas vidas reciben más oportunidades, atención y reconocimiento que otras. La escuela no se encuentra separada de la sociedad. Es una de sus expresiones más visibles.

A lo largo de la historia, la posibilidad de asistir a la escuela ha revelado quiénes eran considerados dignos de aprender y qué tipo de personas deseaba formar la sociedad. En la antigua Atenas, la educación formal estaba dirigida principalmente a los hijos varones de ciudadanos y dependía en buena medida de las posibilidades de cada familia. Las niñas recibían generalmente una formación vinculada con el hogar y enormes grupos de personas quedaban fuera de la ciudadanía y, por lo tanto, de la vida pública.

Aquella educación preparaba a unos cuantos para participar en los asuntos de la ciudad, mientras enseñaba a muchos otros, mediante su exclusión, cuál era el lugar que les correspondía ocupar.

En Roma, las familias de las clases privilegiadas podían proporcionar a sus hijos tutores, estudios de gramática, literatura y retórica. La formación preparaba a los jóvenes de la élite para hablar en público, administrar propiedades, intervenir en la política y ejercer autoridad. Aunque con el tiempo existieron oportunidades educativas más amplias, el acceso y la calidad continuaron profundamente relacionados con la posición social. La escuela representaba la organización de aquella sociedad: jerárquica, desigual y construida sobre la idea de que no todas las personas estaban destinadas a participar de la misma manera.

Han pasado siglos desde aquellas sociedades, pero la escuela continúa expresando los valores, las aspiraciones y también las contradicciones de la cultura que la sostiene. Los sistemas educativos actuales son mucho más amplios y reconocen la educación como un derecho; sin embargo, cada sociedad toma decisiones distintas acerca de lo que considera importante enseñar. Algunas sociedades privilegian la competencia y los resultados; otras colocan mayor atención en la convivencia, la autonomía, la equidad o el bienestar. No existe una escuela separada de su tiempo: en sus prácticas cotidianas podemos descubrir qué tipo de persona espera formar y qué clase de sociedad intenta construir.

En Japón, por ejemplo, la formación escolar no se limita al aprendizaje de contenidos. Mediante actividades colectivas, las y los estudiantes participan en la organización del salón, el cuidado de los espacios y distintas tareas de la vida escolar. Estas prácticas parten de una idea sencilla: la escuela es una pequeña sociedad y, dentro de ella, cada persona debe aprender que el bienestar común también depende de sus acciones. Cuidar el lugar que todos utilizan no es solamente mantenerlo limpio; es aprender responsabilidad, respeto por el trabajo y consideración hacia los demás.

Finlandia ofrece otra expresión de esta relación entre escuela y cultura. Su sistema educativo se ha construido alrededor de la equidad, la confianza en sus docentes y el principio de que cada estudiante debe recibir el apoyo que necesita para aprender. La igualdad no se entiende como ofrecer exactamente lo mismo a todas las personas, sino como procurar que las diferencias de origen, condición o circunstancia no determinen por completo sus posibilidades. Detrás de esa forma de organizar la escuela existe una decisión cultural: reconocer que el talento de cada persona importa y que acompañar a quien enfrenta mayores dificultades beneficia a toda la sociedad.

Japón y Finlandia tienen historias, necesidades y culturas profundamente distintas. Sus modelos no pueden trasladarse de manera automática a otros lugares ni están libres de desafíos. Sin embargo, ambos permiten observar algo importante: la educación cambia cuando una sociedad convierte sus valores en experiencias cotidianas. La responsabilidad colectiva, la confianza, la equidad o la autonomía dejan de ser palabras cuando se practican todos los días dentro de la escuela.

La historia de la educación también puede leerse como la historia de quienes fueron quedando fuera de sus puertas: niñas, mujeres, personas pobres, pueblos originarios, personas esclavizadas, comunidades rurales, personas con discapacidad y quienes hablaban una lengua distinta a la dominante. Cada exclusión comunicaba algo más profundo que la imposibilidad de aprender a leer o escribir. Decía quién tenía derecho a tener voz, a construir conocimiento, a decidir y a imaginar un futuro diferente.

Por eso abrir una escuela nunca ha significado únicamente levantar paredes y colocar pupitres. Significa abrir un espacio simbólico dentro de la sociedad. Una puerta abierta dice: aquí puedes entrar. Una comunidad que participa dice algo todavía más poderoso: aquí perteneces.

Este año tuve la oportunidad de conocer una escuela comunitaria ubicada en un sitio minero de México. Llegué pensando que conocería un espacio educativo y terminé descubriendo una forma distinta de construir comunidad. Allí, la escuela no parecía una institución aislada del lugar que la rodeaba. Las familias, las personas que trabajan en la comunidad y quienes participan en su vida cotidiana formaban parte de ella. La puerta no marcaba una separación entre quienes enseñan y quienes reciben la enseñanza; parecía, más bien, un punto de encuentro.

Quizá por eso he pensado tanto en aquella escuela mientras escribo estas palabras. Porque me permitió mirar de cerca algo que con frecuencia olvidamos: una escuela puede representar la cultura que ya existe, pero también puede ayudar a crear una nueva. Cuando abre espacios para que todas las personas sean recibidas, escuchadas y tomadas en cuenta, no solo transmite conocimientos; enseña pertenencia, corresponsabilidad y participación.

Las escuelas comunitarias nos muestran otra manera de comprender la educación. En ellas, aprender no es una tarea aislada de la vida cotidiana ni una responsabilidad exclusiva de docentes y estudiantes. Las familias, las personas mayores, los saberes locales y las experiencias de la comunidad forman parte del proceso. El conocimiento no llega solamente desde afuera; también se reconoce aquello que la comunidad ya sabe, aquello que ha conservado y aquello que necesita construir para enfrentar sus propios desafíos.

Cuando una escuela recibe a todas las personas, escucha sus voces y permite que participen, no solo refleja una cultura más incluyente: comienza a crearla. Una niña que comparte el aula con alguien que aprende de manera diferente comprende que existen distintas formas de avanzar. Un niño que escucha una lengua distinta a la suya descubre que el mundo puede nombrarse de muchas maneras. Una familia que es invitada a participar deja de sentirse visitante y comienza a reconocerse como parte. Una comunidad que encuentra espacio para sus historias comprende que su experiencia también produce conocimiento.

La inclusión no consiste solamente en permitir que alguien entre. Significa transformar el espacio para que pueda participar, aprender, aportar y ser reconocido.

Una escuela puede recibir a todas las personas y, aun así, hacer sentir a algunas que están de más. Puede abrir la puerta, pero exigir que quien entre abandone su lengua, su identidad, su historia o su manera de aprender. También puede hacer algo distinto: modificar sus prácticas, escuchar necesidades diversas y construir condiciones para que cada persona encuentre un lugar desde el cual crecer.

La diferencia entre ambas escuelas no siempre se encuentra en el edificio, los recursos o los programas. Con frecuencia está en la cultura que se construye dentro de ellas.

La cultura escolar habita en los pequeños detalles: quién puede tomar la palabra, qué preguntas son bien recibidas, cómo se responde al error, qué sucede cuando alguien no puede avanzar al mismo ritmo, de qué manera se resuelven los conflictos y cuáles historias aparecen en los libros, las paredes y las ceremonias. Está en aquello que se premia y en aquello que se castiga. En los nombres que recordamos y en las voces que nunca escuchamos.

Cada escuela enseña mucho más de lo que aparece en sus planes de estudio.

Puede enseñar que competir es más importante que colaborar, que equivocarse es motivo de vergüenza y que obedecer tiene mayor valor que preguntar. Pero también puede enseñar que el conocimiento se construye con otros, que el error es parte del aprendizaje, que todas las personas tienen algo que aportar y que preguntar es una forma de participar en el mundo.

Esa educación invisible puede permanecer durante toda la vida.

Muchos quizá no recordamos todas las fechas, fórmulas o definiciones que aprendimos en el salón de clases. Sin embargo, solemos recordar a quien nos hizo sentir capaces. Recordamos a la maestra que escuchó una pregunta, al profesor que ofreció otra oportunidad, a la compañera que compartió sus materiales o a la persona que pronunció nuestro nombre con respeto cuando atravesábamos un momento difícil. También recordamos las ocasiones en que fuimos ignorados, ridiculizados o excluidos.

La escuela deja huellas porque no solo participa en lo que sabemos, sino también en la manera en que aprendemos a mirarnos. Puede convertirse en el lugar donde alguien descubre una posibilidad que nunca había imaginado o en el espacio donde comienza a creer que ciertos caminos no fueron hechos para él.

Por eso la educación sí puede cambiar la vida de las personas, pero no ocurre automáticamente por asistir a la escuela. Sucede cuando el conocimiento se encuentra con el reconocimiento; cuando aprender nos permite comprender mejor el mundo, pero también reconocernos capaces de intervenir en él.

La escuela puede abrir caminos, pero necesita una sociedad dispuesta a continuarlos.

Necesita familias que comprendan que educar no es resolver las tareas escolares, sino construir todos los días una forma de convivencia. Necesita comunidades que protejan las trayectorias de sus niñas, niños y jóvenes. Necesita instituciones que garanticen condiciones dignas para aprender y docentes que no tengan que cargar solos con cada problema social que llega hasta el aula. Necesita medios de comunicación, empresas, organizaciones y gobiernos conscientes de que también educan mediante sus decisiones y sus mensajes.

Todos participamos en la educación, aunque no todos lo hagamos de manera consciente.

Tal vez este regreso a clases pueda ser también un regreso a nuestra propia responsabilidad. Antes de preguntar solamente qué aprenderán las niñas y los niños este ciclo escolar, podríamos preguntarnos qué aprenderán al observarnos. ¿Qué les enseñamos acerca del respeto, la igualdad, el cuidado y la manera de tratar a los demás? ¿La comunidad que estamos construyendo abre posibilidades o establece nuevos límites?

Podemos comenzar con algo pequeño: escuchar lo que una niña, un niño o un joven piensa sobre su escuela. Preguntarle si se siente parte de ella, si puede expresarse, si alguien reconoce lo que hace bien y si existe algo que le impide aprender o participar plenamente. Después, en lugar de responder de inmediato o explicar cómo deberían ser las cosas, podemos escuchar.

Tal vez esa conversación nos permita descubrir que educar también significa reconocer una voz antes de intentar dirigirla.

En estos días volveremos a mirar cómo las escuelas reflejan lo que somos. Algunas abrirán sus aulas a niñas y niños que llegan emocionados. Otras recibirán a quienes traen miedo, cansancio, hambre, dificultades familiares o la sensación de no pertenecer. Cada persona llegará con una historia distinta, pero todas deberían encontrar algo en común: la certeza de que su presencia importa.

La puerta de la escuela puede separar durante algunas horas el mundo de afuera del espacio de aprendizaje. Pero la educación cruza esa puerta en ambos sentidos. Entra con cada historia, cada palabra y cada forma de relacionarnos. Después vuelve a salir y participa en la construcción de la sociedad.

Quizá la pregunta no sea solamente si la educación puede cambiar la vida de las personas. Quizá también debamos preguntarnos qué necesitamos cambiar nosotros para que todas las personas puedan encontrar en la educación una posibilidad de vida.

La escuela puede abrir la puerta. Hacer de este mundo un lugar donde todas y todos tengan derecho a cruzarla, aprender, participar y pertenecer es una responsabilidad compartida. ¿O cuál es tu #puntodevista?