Hoy, rodeados de aspirantes a puestos de elección popular, esta reflexión busca aportar a la decisión pública:
En el complicado tablero de la política, donde se mueven fichas que afectan la vida de millones, existe una enfermedad silenciosa pero devastadora que desgasta la mente de quienes la padecen: el Síndrome de Hubris, también conocido como la «enfermedad del poder». Lejos de ser una metáfora, es un patrón de comportamiento psicológico que transforma a servidores públicos en soberanos caprichosos, y cuyo síntoma más evidente es la desconexión total con los resultados que la sociedad demanda.
Las personas hambrientas de poder, una vez que lo alcanzan, a menudo sucumben a una metamorfosis preocupante. Lo que pudo haber empezado como una vocación de servicio se convierte en una búsqueda incansable de autoglorificación. El psiquiatra y escritor británico David Owen describió este síndrome como una «enfermedad adquirida del poder», y sus características son fácilmente identificables en quienes olvidan que su puesto es un encargo, no una propiedad.
Quienes desarrollan Hubris manifiestan un ego desmedido y un narcisismo que empaña su juicio. Construyen su realidad sobre la base de una confianza excesiva en sí mismos, convencidos de que solo ellos poseen la verdad absoluta. Esta percepción distorsionada los lleva a menospreciar sistemáticamente las opiniones ajenas; después de todo, ¿para qué malgastar el tiempo escuchando a otros si se consideran los más inteligentes de la sala? Dejan de ser líderes para convertirse en oradores de monólogos, perdiendo así la brújula que les podrían ofrecer las ideas y críticas de su entorno.
Esta pérdida de contacto con la realidad es el primer paso hacia el fracaso administrativo. Sumergidos en un comportamiento mesiánico, se creen indispensables, salvadores de una patria que, según su relato, sin ellos estaría perdida. El poder, entonces, deja de ser una herramienta para el bien común y se transforma en un medio para la autoglorificación. Hablan de sus «obras monumentales» con un tono de grandeza, y no es casualidad que, a lo largo de la historia, estos personajes hayan buscado inmortalizarse en estatuas, murales y fotografías a gran escala. Son monumentos a su propio ego, no a los logros colectivos.
La prepotencia y la descalificación se convierten en su lenguaje cotidiano. Al sentirse atacados por cualquier voz disidente, etiquetan a sus críticos como enemigos, cerrando cualquier posibilidad de diálogo o autocrítica. Incapaces de asumir un error, comienzan a justificar lo injustificable o, en el peor de los casos, a recurrir al engaño para salirse con la suya. Se blindan en una burbuja de aduladores que refuerza su fantasía de infalibilidad.
El periodista y escritor Ernest Hemingway, agudo observador de la condición humana, ya lo anticipaba a su manera: las personas que se «enferman de poder» evaden la realidad, es como si se trasladaran a otro planeta. Desubicados del tiempo y el espacio en el que viven, sus decisiones se vuelven erráticas y, a menudo, desastrosas para quienes dependen de ellas.
La paradoja final del Síndrome de Hubris es su propia naturaleza pasajera. En política, donde los cargos tienen un principio y un fin, esta enfermedad suele tener un aterrizaje forzoso. Cuando el poder se acaba y las alfombras rojas se enrollan, aquellos que perdieron el piso mientras volaban alto se encuentran de golpe con una realidad que ya no reconocen y que, a su vez, ya no los reconoce a ellos. El legado que dejan no es el de sus grandes obras, sino el de las oportunidades perdidas, las voces ignoradas y la profunda brecha entre su ambición personal y los resultados que nunca llegaron para la sociedad. Y es que, como demuestra la historia, un líder que solo se escucha a sí mismo está condenado a gobernar en el vacío.
Llama poderosamente la atención observar las decisiones que toma una persona enferma de poder. La obsesión por conservarlo —u obtenerlo, en el caso del aspirante perpetuo— se convierte en el motor único de su existencia. Este comportamiento ansioso, alimentado por una necesidad cada vez más irrefrenable, termina generando conductas que se enquistan en la personalidad y se repiten como un patrón, una y otra vez, hasta que el deseo sea cumplido. Es un círculo vicioso enfermizo que nubla la razón, y cuando la razón se nubla, es imposible tomar buenas decisiones. Por eso, desconfiemos de quien presenta estos síntomas y, al mismo tiempo, ansía gobernar. Porque antes de liderar a los demás, ya ha sido vencido por su propia obsesión.
Mtro. Norberto Guerra M. Psicólogo Industrial | Maestro en RH | Doctorante en Derechos Humanos
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