Por: Rosalío Morales Vargas
Como si no existieran problemas en el mundo,
como si las urgencias pudieran posponerse,
millones de personas se arrobarán perplejas,
quemando incienso en el altar del espectáculo;
por un mes un letargo pernicioso
pondrá pausa en la cruda realidad.
La borrachera enajenante del futbol
desplazará el centro de atención
del drama universal apabullante:
No se mencionarán los genocidios,
se pasarán por alto las sórdidas hambrunas,
será pecado referirse a las ansias de poder.
El deporte trocado en mercancía,
las piernas millonarias al servicio
de intereses mezquinos y usureros,
y las televisoras convirtiendo a junio
en su agosto de impúdicas ganancias,
en el ritual desaforado de los goles.
Ante todo el negocio,
la belleza del juego arrinconada
en el recodo del beneficio monetario;
la moral del dinero haciendo estragos.
Hasta al Estadio Azteca le cambiaron nombre,
mutó su denominación a un banco.
Pero el futbol no tiene la culpa del engaño,
es la codicia inmunda, ávida y taimada,
subsumiendo la gracia, la garra y la pasión,
en contratos de compraventa deleznables,
que terminan haciendo añicos el arte y la estrategia
por el mugido obsceno del becerro de oro.
Sin embargo los pueblos no permanecerán adormecidos,
tirarán por la borda la modorra,
rescatarán la magia del juego de los llanos,
harán visibles sus laceraciones,
y si no se resuelven sus demandas,
no rodará el balón en la ciénaga podrida
de la voracidad de los magnates.




