Por: Rosalío Morales Vargas
No se agrieta. Se afianza al paso de los años,
con la dureza de la montaña An- Nabi- Younes.
La identidad se reproduce en Palestina
en el arraigo sólido amoroso a la tierra.
Hay un sentido de pertenencia inconmovible
que resiste al despojo y al saqueo,
a la violencia genocida
y a la ilegal e injusta ocupación en desenfreno.
Fenecía marzo del 76,
el sionismo imponía su expansión
invadiendo el espacio
del terruño ancestral y milenario,
desplazando familias con el graznido de las armas.
Apareció entonces la revuelta,
se rebeló la gente,
vigorosa ondeó la insumisión
pendones en el mástil del decoro,
digna insurgencia levantando la marea,
que niega el ostracismo deambulante
de la apatía somnífera y helada displicencia.
Cae la semilla de heroica osadía
en surcos de esperanza entre la niebla,
todo el tiempo, en sitios trepidantes,
durante días soleados y noches de azabache.
Lo mismo en Néguev, Galilea y Cisjordania,
en Gaza, en Hebrón y en el exilio,
la fértil fiesta de la memoria no sucumbe
Al grotesco chillido de las hienas.



