El costo de lo gratuito

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Por: Felipe Villa

Existe una seducción casi hipnótica en la palabra gratis y, en el mercado es el anzuelo perfecto; en la política, es el bálsamo que calma las conciencias de quienes prefieren la dádiva al desarrollo, sin embargo, la economía conductual y la realidad cotidiana de nuestro país nos dictan una lección dolorosa porque lo que no nos cuesta, no nos pertenece emocionalmente y cuando el Estado elimina el precio de una transacción, no solo entrega un bien o servicio, también suele extirpar el compromiso de quien lo recibe y el resultado no es una sociedad más justa, sino una más apática, donde el beneficio se percibe como una obligación divina del gobierno y no como una conquista del esfuerzo personal.

México se enorgullece de sus instituciones de educación superior pública; por ejemplo, la UNAM, el IPN y la UAM son pilares del conocimiento, pero sufren una enfermedad silenciosa que es la falta de corresponsabilidad porque, al mantener cuotas de inscripción simbólicas de apenas unos centavos, hemos despojado al estudiante del sentido de inversión y, por esta razón, el aula, en muchos casos, ha dejado de ser un templo de urgencia intelectual para convertirse en un espacio de estancia prolongada.

El fenómeno de los estudiantes fósiles no es solo una anécdota de pasillo; es la evidencia de que, cuando el acceso no exige un costo —ya sea financiero o de rendimiento de excelencia—, la permanencia se vuelve un derecho sin fecha de caducidad y asi, mientras el Estado invierte miles de millones en infraestructura, el compromiso de titularse en tiempo y forma se diluye y si el estudiante no siente que cada semestre le cuesta (en esfuerzo medible o en recursos), la educación se convierte en un objeto de consumo más, descartable ante la primera distracción.

La política social actual, personificada en las Becas Benito Juárez y Jóvenes Construyendo el Futuro, ha llevado la gratuidad al nivel de la transferencia directa sin condiciones y el problema no es el apoyo económico, sino la ausencia de una contraprestación que dignifique el recurso, porque cuando una beca se otorga por el simple hecho de estar inscrito, y no por mantener un promedio sobresaliente o demostrar una mejora continua, el mensaje es devastador, significa que tu esfuerzo es irrelevante, el cheque llegará de todos modos.

Este modelo genera una desconexión emocional con el progreso y en el programa de aprendices, donde el Estado paga el sueldo íntegro, se rompe el vínculo vital entre productividad y recompensa y entonces el joven no siente el rigor de ganarse su lugar en la empresa porque sabe que su ingreso no depende de su desempeño, sino de un presupuesto gubernamental y por otro lado, la empresa no se compromete con la formación de un talento por el que no está arriesgando ni un peso de su propio capital y sin correr ningún riesgo, el programa se vuelve un simulacro de empleo que rara vez trasciende a una carrera profesional sólida.

Quizás el escenario más crítico se vive en nuestras instituciones de salud, donde el IMSS y el ISSSTE atraviesan una crisis estructural donde la infraestructura se cae a pedazos, los insumos escasean y el personal médico trabaja al borde del agotamiento y en este contexto, la decisión de abrir los servicios de alta especialidad de forma gratuita a millones de personas en la informalidad ha terminado por dinamitar el sistema. Existe una disparidad ética y fiscal que no podemos ignorar, porque mientras el trabajador formal ve cómo sus cuotas y el ISR se descuentan religiosamente de su salario para sostener un sistema que a menudo no puede usar por las saturaciones, el sector informal —que representa más de la mitad de la economía y no aporta impuestos directos— recibe el mismo servicio como un beneficio sin requisitos.

Esta dinámica actúa como un subsidio perverso a la evasión, porque si el Estado garantiza salud gratuita de tercer nivel sin exigir una mínima contribución fiscal o un registro de formalidad, el incentivo para integrarse a la economía legal desaparece y peor aún, esta gratuidad absoluta destruye el valor del servicio en la mente del beneficiario. Es una realidad estadística que los servicios gratuitos presentan tasas más altas de no-show (inasistencias a consultas o cirugías programadas) y una menor adherencia a tratamientos preventivos. Al no haber una inversión personal —ni siquiera un copago simbólico—, el paciente no siente la responsabilidad de cuidar el recurso que el resto de los contribuyentes están pagando y, mientras se exige excelencia en el trato, no se asume la corresponsabilidad de financiarlo, creando un sistema donde todos piden, pero pocos ponen.

Si queremos rescatar nuestras instituciones y devolverle la dignidad al ciudadano, debemos transitar hacia un modelo de corresponsabilidad:

Copagos y cuotas simbólicas. La implementación de cuotas de recuperación ajustadas al nivel socioeconómico en los servicios de salud no busca recaudar, sino generar una psicología de propiedad, porque quien paga, aunque sea una cantidad mínima, cuida el servicio y valora el tiempo del profesional.

Becas por excelencia, no por existencia. Los apoyos deben ser condicionados a resultados medibles y el mérito debe volver a ser la moneda de cambio en la política social.

Vínculo Salud-Fiscalidad. El acceso a la salud para el sector informal debe estar condicionado a la inscripción en un régimen fiscal simplificado, porque la salud debe ser la puerta de entrada a la formalidad, no el premio por permanecer fuera de ella.

Penalizaciones por desperdicio. El tiempo quirúrgico y las consultas especializadas son recursos finitos y quien falte a un compromiso médico sin causa justificada debe enfrentar una sanción económica que cubra el costo de la oportunidad perdida para otro mexicano.

México no puede permitirse ser una nación de beneficiarios pasivos si aspira a ser una potencia de ciudadanos productivos, porque la gratuidad absoluta es una ilusión que nos sale carísima, nos cuesta eficiencia, nos cuesta infraestructura y, sobre todo, nos cuesta el carácter nacional. El verdadero bienestar no se encuentra en el beneficio que llega sin esfuerzo, sino en la satisfacción de sostener aquello que nos beneficia, y debemos entender, de una vez por todas, que el compromiso real empieza donde termina la gratuidad.