Carta abierta a César Jáuregui

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Opinión por: Luis Villegas

Querido César:

Compadre, de veras, no pude más, te tuve que escribir. Acá, tristemente, un montón de gente me va a leer antes que tú.

Te tuve que escribir porque hay cosas que uno no puede guardarse, porque todos los días me sucede algo que me hace pensar en ti y porque he llegado a la conclusión de que sería una verdadera injusticia no contarte cuánto te quiere la gente.

¡No tienes idea, compadre!

No pasa un día, uno solo, sin que alguien me pregunte por ti; en la calle, en los restaurantes, en el avión, en reuniones, en la escuela, en la cantina; a dondequiera que voy aparece alguien que me pregunta por ti, que cómo estás; que te manda saludos; que me encarga darte un abrazo; que me cuenta alguna historia contigo; ayer, sin ir más lejos, estaba yo en mi automóvil, en la cochera, cuando la señora que me renta la oficina se acercó y me tocó el vidrio: «¿y ahora qué quiere esta señora?», pensé; bajé el cristal.

—Disculpe, licenciado, ¿cómo está el licenciado César Jáuregui? ¡Imagínate!

Me sucedió también en el avión, cuando regresaba de México; al pasar, rumbo a mi asiento, en primera clase había una completa desconocida, muy emperifollada —la doctora no sé qué—: “dígale a César, que estoy con él”; y, ayer miércoles, en la Antigua Paz, iba con rumbo al despacho del licenciado Villasana y decidí comer algo rapidito ahí y, obvio, echarme unas dos o tres (tres) Tecates; al pagar, me dijo el dueño: “mándele al licenciado un fuerte abrazo de mi parte”; pero déjame contarte dos cosas que me conmovieron particularmente:

Anteayer, iba caminando por la calle Tercera y Aldama, cuando escuché un grito a mis espaldas: “licenciado, licenciado”; se me acercó un señor corriendo, todavía masticando un bocado: “oiga, lo vi pasar; ¿se acuerda de mí? (ya sabes que no, soy un burro); ¿cómo está el licenciado? Mire, quiero enseñarle algo” —y, te lo juro, compadre— sacó la cartera; y de ahí, entre fotos familiares y estampas religiosas, extrajo una tarjeta de presentación tuya; viejona; eras secretario general de gobierno, “por favor, atiendan a fulano de tal (no digo el nombre porque trabaja para gobierno y ya sabes cómo se las gastan María Eugenia y su Marubebé)”. ¡Estaba tan orgulloso el hombre! Me lo dijo con tanta satisfacción, con tanto afecto, que se me hizo un nudito en la garganta.

¿Qué te digo? ¡Hasta un corrido me compusieron! Así como lo lees, “Abogado y compadre”, se llama, de Lidia Zubia. Quiero creer que un día no muy lejano lo vamos a escuchar juntos.

Volviendo al asunto del señor de la Tercera y Aldama, ¡César, por Dios! Aquel hombre lleva años guardando esa tarjeta. ¿Te das cuenta, compadre? Una tarjeta. Unas cuantas palabras y un garabato. Un gesto mínimo que seguramente olvidaste a la hora siguiente (tú también traes lo tuyo) y que aquel hombre ha conservado durante años como si fuera un pequeño tesoro. No sé qué favor le hiciste, ni qué problema le ayudaste a resolver; tampoco importa demasiado; lo que importa es que, tantos años después, ese hombre todavía se acuerda de ti con gratitud y cariño. Y cuando me mostró aquella tarjeta, comprendí algo que tal vez tú nunca te has detenido a pensar: que a lo largo de tu vida has ido dejando pedacitos de ti en muchísima gente. Tu liderazgo, tu bonhomía, tu inteligencia, tu gentileza, esa manera tuya de tratar a las personas pura y simple, pero eficaz, han dejado huellas que ni siquiera imaginas.

¿Sabes? hay quien ejerce el poder y hay quien, además, sabe ganarse el afecto de las personas; y ese afecto, César, no desaparece cuando se cierra la puerta de una oficina, cuando se entrega un nombramiento o cuando la vida cambia brutalmente de rumbo; ahí está ese hombre, con tu tarjeta en la cartera, para recordárnoslo; y no es el único. Son muchos, muchísimos, los que me preguntan por ti; y tenía que decírtelo, que no hay lugar donde yo me pare que no te manden —a través mío— palabras de consuelo, recuerdos, parabienes o bendiciones; y yo, que te conozco desde hace más de cuarenta años, que he compartido contigo tantas cosas, que he sido testigo de una buena parte de tu vida, no puedo evitar emocionarme cuando me suceden estas cosas. Pues una cosa es saber que tienes un amigo querido y otra muy distinta descubrir, día tras día, cuánto lo quieren los demás. Por eso tuve que escribirte.

No para hablarte de tus problemas, ni de las circunstancias que estás viviendo, de eso ya tendrás bastante; tampoco para recomendarte fortaleza, paciencia o resignación. ¡Qué fácil resulta aconsejar esas virtudes cuando es otro quien tiene que practicarlas! Además que tú no necesitas de palabras bonitas; palabras bien dichas, lúcidas, claras, firmes —así como eres tú— te sobran; no, te escribo por otra razón: porque quiero que sepas lo que está sucediendo aquí afuera. Quiero que sepas que la gente no te ha olvidado, que se acuerdan de ti con cariño, admiración o respeto; que preguntan por tu salud, que se preocupan por tu familia, que me encargan saludos como si yo tuviera la fortuna de poder verte todos los días; y, sobre todo, quiero que sepas que no estás solo.

A veces me pongo a pensar en nosotros, compadre. Más de cuarenta años de conocernos. ¡Carajo, qué barbaridad! Éramos unos muchachos cuando comenzó nuestra amistad. Teníamos el mundo por delante, la vida parecía interminable y jamás se nos hubiera ocurrido imaginar que algún día estaríamos en estas circunstancias; pero así es la vida. Nos lleva por caminos que nunca elegimos, nos enfrenta a situaciones que jamás imaginamos y, de pronto, nos obliga a distinguir entre las cosas que valen y las que solamente parecían valer.

A nuestra edad ya no queda tiempo para ciertos pudores o simplemente el decoro queda fuera de lugar; por eso te voy a decir algo que probablemente te he dicho muy pocas veces, o quizá nunca con la claridad que merece: te quiero mucho, César, pero no quiero que esta carta te entristezca. Deseo exactamente lo contrario: quiero imaginarte leyéndola y sonriendo cuando te cuente lo de la señora que me tocó el vidrio, lo del avión, lo de la Antigua Paz; quiero que te rías cuando te diga que hasta un corrido me compusieron; quiero que, cuando llegues a la historia de aquel hombre que guarda tu tarjeta, sientas algo de lo que yo sentí cuando me la mostró: que aquí afuera hay un chingo de gente, sí, un chingo de gente, que te quiere un chingo.

Que sepas que cuando vuelvas a pisar las calles de Chihuahua, Chihuahua va a ser tuya, como ya era; y que no hay nadie en este momento, César, que no se sienta orgulloso de decirse o sentirse tu amigo y, ¡chingada madre, tendrías que estar aquí!, que no sepa que tuvieron que quitarte del paso de mala manera porque no había, ni hay, nadie, a quien le queden tus zapatos.

Por eso tuve que escribirte, cabrón; porque tanto cariño de tantos no cabía ya en el silencio: no sé cuándo volveremos a sentarnos frente a frente, pero ese día llegará, compadre; y mientras llega, quiero pedirte una sola cosa: cuando tengas uno de esos días difíciles, cuando la soledad pese demasiado y las horas parezcan no terminar nunca, acuérdate de aquella tarjeta; y del montón de gente que te quiere y te apoya y le pide a Dios por tu salud y libertad; del montón de gente que no te ha olvidado, que se acuerdan de ti con cariño, admiración o respeto; y del montón de gente que, como el señor de la tarjeta, te guardan en un lugar especial en sus vidas y en su corazón. Yo soy uno de ellos.

Te abrazo con todo mi afecto, tu compadre de siempre (y sí, no hay compadre que no haga daño).

Luis Villegas