Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
Quienes hemos dedicado la vida entera al magisterio sabemos que la escuela pública se conoce con los zapatos llenos de gis y tierra, no desde los templetes. A lo largo de 35 años de servicio en la educación, he aprendido a distinguir entre la pirotecnia presupuestal y las políticas que verdaderamente transforman el destino de un estudiante.
Hoy, con Cruz Pérez Cuéllar como alcalde con licencia de Ciudad Juárez, coordinador estatal de su movimiento y recorriendo municipios como Parral, Santa Bárbara y Valle de Zaragoza para entregar mobiliario escolar rumbo a la sucesión de 2027, resulta indispensable preguntarnos con rigor: ¿qué podemos esperar para el sistema educativo de Chihuahua si logra convertirse en gobernador del estado?
Para responder con justicia, primero hay que reconocer lo inédito. Durante cinco años en la frontera, Pérez Cuéllar rompió el molde tradicional del municipalismo mexicano al invertir más de 1,675 millones de pesos en educación, rehabilitar más de 700 planteles y levantar 158 domos escolares. Como exdirectivo escolar, sé perfectamente lo que significa tocar puertas sin respuesta en las oficinas estatales mientras los baños colapsan, la red eléctrica no soporta un aire acondicionado o los alumnos toman educación física bajo el sol inclemente del desierto. En ese sentido, su gestión municipal suplió con eficacia un abandono histórico de las instancias estatales, dignificando el entorno físico de las escuelas y elevando la satisfacción ciudadana con la educación básica a niveles de 8.36 y 8.5 sobre 10.
Si Pérez Cuéllar llega a la gubernatura, lo primero que podemos prever es que la infraestructura física escolar —hoy aletargada— tendrá un impulso financiero y político prioritario en todo el estado. Asimismo, su programa de Becas de Acceso a la Universidad, que absorbió el 100% de la inscripción para jóvenes de nuevo ingreso en instituciones como la UACJ, el ITCJ y la ENSECH, perfila a un gobernante sensible ante el cuello de botella económico que frena a los jóvenes al egresar del bachillerato.
Sin embargo, gobernar el estado de Chihuahua es radicalmente distinto a administrar un ayuntamiento. Como alcalde, cada domo pintado o cada aula entregada era percibida como un «extra» generoso frente a la omisión ajena. Como gobernador, él sería el titular constitucional de la Secretaría de Educación y Deporte (SEyD) y de los Servicios Educativos del Estado de Chihuahua (SEECH). Ya no bastará con ser el benefactor que reparte insumos; tendrá que ser el estadista que resuelva la crisis estructural de aprendizaje y permanencia.
Y es aquí donde mis años al frente de secundarias y telesecundarias me obligan a encender las alertas. Los datos del sistema educativo en Juárez demuestran que el modelo de Pérez Cuéllar concentró cientos de millones de pesos donde menos riesgo de abandono existe: en la primaria, un nivel que ya goza de una eficiencia terminal superior al 98%, con apenas 0.3% de deserción y 1.1% de reprobación. Mientras tanto, la verdadera hemorragia educativa ocurre en la adolescencia: en secundaria el abandono salta al 4.4% y la reprobación al 7.6%, antesala del colapso en preparatoria, donde reprueba el 19.1% de los jóvenes y la cobertura cae apenas al 70%.
Quienes hemos dirigido secundarias y telesecundarias sabemos que a un adolescente en crisis familiar, con rezago pedagógico o tentado por la deserción, no se le retiene en el aula regalándole una mochila genérica cada septiembre. El programa insignia municipal, Cruzada por la Educación, distribuyó más de 700,000 paquetes escolares, pero enfrentó severos cuestionamientos de directivos por la deficiente calidad de los materiales y señalamientos por destinar 122.3 millones de pesos (con un sobreprecio estimado de 50 millones) a mochilas, justo cuando cerraban 200 comedores escolares y 150,000 estudiantes acudían a clases con hambre.
En el aula hay una ley pedagógica inquebrantable: “con el estómago vacío no entra el conocimiento”. Con lo erogado en esas mochilas, se pudo alimentar durante un año entero a 51,000 niñas y niños vulnerables. Si aspira a dirigir el estado, Pérez Cuéllar deberá entender que en las periferias de Juárez, en las colonias populares de la capital y en las telesecundarias enclavadas en la Sierra Tarahumara y el medio rural, la prioridad urgente es restituir los comedores escolares, garantizar la conectividad tecnológica y fortalecer el acompañamiento psicopedagógico y docente.
Finalmente, un eventual gobierno estatal suyo tendría que corregir dos vicios de gobernanza observados en la frontera: primero, dejar de enfrentar a las comunidades escolares contra los comités vecinales por los recursos del Presupuesto Participativo, devolviendo al Estado su obligación de financiar las escuelas sin desproteger la pavimentación o los parques de las colonias; y segundo, transparentar de raíz las licitaciones educativas para disipar las denuncias de opacidad y simulación que organizaciones civiles como Plan Estratégico de Juárez han documentado puntualmente.
De llegar Cruz Pérez Cuéllar al Poder Ejecutivo estatal, el magisterio y las familias chihuahuenses pueden esperar, sin duda, a un gobernador con chequera abierta para la obra material en los planteles. El gran desafío —y la exigencia de quienes hemos entregado la vida a las escuelas de Chihuahua— será lograr que su visión evolucione: pasar de la política fotográfica del insumo masivo a una verdadera reforma educativa que alimente al niño, respalde al maestro, conecte a la telesecundaria y rescate a nuestros adolescentes del abandono escolar.



