Por: Rosalío Morales Vargas
*A las normalistas de Saucillo y Teteles
Cuando los nichos de confort
son abatidos por mareas solidarias,
y un viento emancipado
sacude las conciencias;
aparece el hechizo nigromante
que aleja la neblina de la abulia
y manos generosas
tremolan la bandera del decoro.
Emerge entonces una epifanía laica,
un mundo nuevo brota de las sombras,
se expresan los apegos,
la voluntad se hermana a la utopía,
el horizonte es diáfano y refulge
en miles de fragmentos luminosos,
encontrando su vínculo entre el caos.
Se esfuman los resabios,
los regustos amargos aminoran,
nadie se precipita a los abismos de la inquina,
languidece el encono atrabiliario,
y un manto fraternal cobija la protesta;
los sentimientos de empatía
diluyen las sospechas y rencores.
Y si el plantón bajo la lluvia de septiembre
no logra revolucionar las mentes
y el letargo nocivo y pernicioso continúa,
gran parte de lo humano se ha perdido.
Por fortuna hay almas sublevadas
que siguen reinventando el amor y la ternura,
resisten y entretejen
el lazo inclaudicable manifiesto
en la pedagogía de la lucha y la esperanza.



