Por: Rosalío Morales Vargas
Avanzaba el verano. Agosto en esplendor,
atónito observó el inhumano asedio.
Imponente la vista de los volcanes del Anáhuac,
sus cumbres en vigilia daban fe
del heroismo desplegado
por los mexicas defendiendo su ciudad.
Tenochtitlan luchó sin pedir tregua ,
peleó su libertad hasta el postrer aliento,
se inmoló en el intrépido ritual de la bravura.
Por el lago cruzaba la chalupa de Cuauhtémoc.
Muy cerca del ocaso, antes de la lluvia
fue aprehendido por la felonía y el engaño.
No se rindió pues iba a apalabrar
las condiciones de una paz digna y decorosa.
Se percató de la perfidia y la traición;
rodeado y sin salida hizo aprestos
para entablar el desigual combate,
empuñó decidido su macahuitl y su chimali.
Pero no pudo ya detener a la barbarie
de los filibusteros genocidas,
que en extasío codicioso
ensangrentaron nuestra tierra,
dejando una estela de ruinas calcinadas.
El móvil del atraco fue el pillaje y la rapiña.
Los espasmos del odio corrosivo
tendieron parapetos de energúmena violencia.
Grotescas narrativas pergeñaron
los que del otro lado del océano
llegaron ávidos de oro.
No ha fenecido el sol, recalará
a brillar otra vez a contrapelo
de nuevos raptos coloniales procelosos.
Atrás se ha de dejar la bruma y sordidez
del lóbrego camino a Las Hibueras.
A pesar de los tiempos tan aciagos,
refulge una luz en Ixcateopan.



