Por: Dra. Nicté Ortiz
#puntodevista #palabrademujer
Hace unos días recibí en mi correo electrónico una invitación para unirme a un círculo de esperanza. El mensaje llegó con motivo del Día Internacional de la Esperanza y proponía encontrarnos para reflexionar sobre aquello que todavía nos impulsa a creer, acompañar y construir.
No sé exactamente por qué aquella invitación llegó a mí, pero apareció en un momento singular. Justo esa mañana, alguien me había enviado un mensaje para darme los buenos días y me había preguntado: “¿Qué haces?”. Yo respondí, juguetonamente y sin pensarlo demasiado: “Hago del mundo un lugar más bonito”.
Cuando leí la invitación, recordé mi respuesta y sonreí. Entonces me di cuenta de algo que quizá no había expresado con tanta claridad: vivo con esperanza. No porque piense que todo está bien ni porque desconozca las dificultades, las injusticias o el dolor que existen a nuestro alrededor. Vivo con esperanza porque, a pesar de todo ello, sigo creyendo que vale la pena hacer algo para que el mundo sea un lugar más bonito.
A veces un mensaje llega sin que sepamos por qué. Aparece entre las actividades cotidianas, interrumpe por un instante la prisa y nos invita a mirar de otra manera lo que hacemos. Tal vez su importancia no está solamente en las palabras que contiene, sino en aquello que logra despertar. Aquel mensaje sobre la esperanza me llevó a preguntarme qué significa realmente esperar y, sobre todo, qué hacemos con aquello que esperamos.
Con frecuencia imaginamos la esperanza como una emoción que aparece cuando las circunstancias son favorables. Creemos que tener esperanza significa sentir entusiasmo, mirar siempre el lado positivo o confiar en que, tarde o temprano, todo saldrá bien. Pero la esperanza no siempre se siente así. Algunas veces aparece en medio del cansancio, la incertidumbre o el miedo. No necesariamente elimina la oscuridad; en ocasiones es apenas la decisión de dar un paso más cuando todavía no podemos ver el camino completo.
La psicología positiva se ha interesado en estudiar aquello que permite a las personas desarrollar sus fortalezas, construir bienestar y encontrar recursos para afrontar la vida. No propone ignorar el dolor ni obligarnos a sentirnos bien todo el tiempo. Tampoco sostiene que una actitud positiva sea suficiente para modificar circunstancias complejas. Su propósito es comprender qué capacidades personales y colectivas nos ayudan a vivir con mayor sentido, relacionarnos mejor y seguir avanzando aun en momentos difíciles.
Dentro de esta perspectiva, la esperanza ocupa un lugar importante porque no se entiende únicamente como una emoción agradable ni como la expectativa de que algo bueno sucederá. Se considera una capacidad que puede desarrollarse y que nos ayuda a orientar nuestros esfuerzos hacia aquello que valoramos.
Una de las propuestas que nos ayuda a comprender esta capacidad es la teoría de la esperanza, desarrollada por el psicólogo Charles R. Snyder. Su planteamiento explica que esperar no consiste únicamente en desear que algo suceda. La esperanza se organiza alrededor de las metas que consideramos importantes y de dos capacidades: encontrar distintos caminos para acercarnos a ellas y conservar la motivación para recorrerlos. Dicho de una manera sencilla, la esperanza necesita un “hacia dónde”, uno o varios “por dónde” y un “yo puedo intentarlo”.
Esta mirada me parece profundamente humana porque reconoce que los caminos no siempre son rectos. Podemos encontrar obstáculos, equivocarnos, cambiar de dirección o descubrir que la ruta elegida ya no es posible. Tener esperanza no significa asegurar que todo ocurrirá como lo imaginamos, sino ser capaces de buscar otras posibilidades cuando un camino se cierra. Tal vez por eso la esperanza se parece menos a esperar y mucho más a actuar.
De allí surge la esperanza activa. Una esperanza que no permanece sentada aguardando mejores tiempos, sino que participa en su construcción. Es la esperanza de quien acompaña, organiza, cuida, enseña, denuncia, escucha, propone o tiende la mano. No necesita tener todas las respuestas para comenzar. Le basta con reconocer que existe algo que vale la pena transformar y que cada persona puede aportar desde el lugar que ocupa.
Hacer del mundo un lugar más bonito no significa imaginar un mundo perfecto. Significa participar en la parte del mundo que está a nuestro alcance. Con frecuencia creemos que solo las acciones extraordinarias pueden producir cambios importantes. Esperamos tener más recursos, más tiempo, mayor influencia o las condiciones ideales para comenzar. Mientras tanto, subestimamos los gestos cotidianos porque parecen insuficientes frente a la magnitud de muchas situaciones.
Sin embargo, las pequeñas acciones nunca son pequeñas. Una palabra puede modificar la manera en que una persona se ve a sí misma. Una conversación puede abrir una posibilidad que antes no existía. Una invitación puede hacer que alguien se sienta parte de algo. Un abrazo puede sostener un día especialmente difícil. Una persona que confía en otra puede cambiar el rumbo de una vida. Tal vez nunca sepamos hasta dónde llegó aquello que hicimos, pero desconocer su alcance no significa que no haya dejado huella.
Las pequeñas acciones son también una forma de resistir a la indiferencia. En un mundo en el que podemos acostumbrarnos al dolor ajeno, elegir mirar, escuchar y actuar conserva nuestra humanidad. No siempre podremos resolver por completo la situación que tenemos enfrente, pero sí podemos decidir no pasar de largo. Algunas veces la esperanza comienza precisamente allí: cuando una persona descubre que su historia le importa a alguien más.
¿Qué sucede cuando pasamos del pensamiento a la acción? La esperanza deja de ser únicamente una posibilidad interior y comienza a ocupar un lugar en el mundo. Nos recuerda que no somos simples espectadores de la realidad y que, desde nuestras propias posibilidades, podemos participar en su transformación.
Pero la esperanza tampoco se construye completamente en soledad. Las personas con quienes convivimos influyen en la manera en que interpretamos lo que sucede y en nuestra capacidad para imaginar otros caminos. Hay grupos en los que una idea encuentra escucha, acompañamiento y posibilidades para crecer. Hay otros en los que el miedo, la desconfianza, la indiferencia o la repetición constante de que nada puede cambiar terminan cerrando caminos antes de intentar recorrerlos.
Esto no significa que debamos alejarnos de toda persona que atraviesa el desaliento. A veces, precisamente, alguien necesita que otra persona le ayude a recuperar la posibilidad de imaginar un futuro distinto. Sin embargo, también es importante observar nuestros contextos y reconocer si las relaciones que habitamos alimentan la esperanza, si necesitan transformarse o si podemos convertirnos en quienes formulen una pregunta diferente: frente a esto que nos preocupa, ¿qué sí podemos hacer juntos?
Hoy asistí a la cita del círculo de esperanza. Al conectarme encontré una comunidad virtual integrada por personas de distintos lugares de América Latina. Personas con historias, realidades y caminos diferentes, pero reunidas por algo en común: el entusiasmo, el amor y un profundo deseo de aportar algo bueno durante su paso por esta vida. Varias personas se identificaron con una misma frase: “La esperanza es lo último que se pierde”. Quizá lo hicieron porque perder la esperanza significaría dejar de reconocer nuestra capacidad de intervenir en la vida. Mientras exista la posibilidad de elegir cómo responder, qué ofrecer o a quién acompañar, todavía habrá algo por hacer.
La esperanza puede nacer como un mensaje inesperado, pero cobra vida cuando alguien decide responder. Se vuelve más fuerte cuando pasa del pensamiento a la acción y encuentra a otras personas caminando en la misma dirección. Entonces deja de ser únicamente una convicción individual y se convierte en una energía compartida: una comunidad que acompaña, inspira y sostiene.
¿Has recibido alguna vez un mensaje de esperanza? Quizá llegó por medio de una llamada, una invitación, una conversación inesperada o las palabras de alguien que apareció justo cuando lo necesitabas. Tal vez ese mensaje cambió algo dentro de ti, transformó el rumbo de tu día o te impulsó a realizar una acción que habías postergado.
Si fue así, espero que puedas recordar de dónde llegó y tengas la oportunidad de agradecerlo. Pero también deseo que puedas compartirlo con alguien más. Que ese mensaje de esperanza no se quede allí: que se disperse, viaje, encuentre nuevos caminos y permita que otras personas también puedan ver un mundo más bonito.
La práctica que hoy propongo comienza mirando a nuestro alrededor. Pensemos en uno de los grupos de los que formamos parte: nuestra familia, amigos, amores. Preguntémonos con honestidad: ¿este espacio nos ayuda a imaginar posibilidades y a actuar o nos convence de que nada puede cambiar?
Después, demos un paso más. Compartamos con ese alguien una situación que nos gustaría mejorar y hagamos una pregunta sencilla: ¿qué pequeña acción podemos realizar juntos? No se trata de resolverlo todo ni de ignorar los obstáculos, sino de elegir una meta posible, encontrar al menos un camino y dar un primer paso en compañía. Tal vez descubramos que ya pertenecemos a un círculo de esperanza. Tal vez podamos fortalecerlo. O quizá hoy sea el momento de comenzar uno.
La esperanza también puede ser eso: una conversación capaz de modificar el ambiente entre parejas, amigos y familias, abrir una posibilidad y reunir a varias personas alrededor de una acción con sentido. Un mensaje que llega, encuentra respuesta y comienza a viajar.
Tal vez hoy seas tú quien reciba un mensaje de esperanza. Tal vez seas tú quien pueda enviarlo. Si llega, agradécelo, compártelo y permite que siga viajando. Que el mensaje de esperanza no se quede aquí. Que se disperse, encuentre nuevas voces y nos permita ver —y construir juntos— un mundo más bonito. ¿O cuál es tu #puntodevista?



