Ambiente en la Normal Rural de Saucillo sigue en ebullición; por un lado, apertura al diálogo, por el otro, imposición; ¿Se viene otra toma?

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Algo no cuadra —y se nota— al interior de la Normal Rural «Ricardo Flores Magón» de Saucillo. El origen, un año y medio de patear el bote, apostarle a la ingobernabilidad en la institución y abonar a enquistar el problema por parte de las autoridades educativas. Lo que debería ser una discusión académica sobre calendarios y procesos se convirtió en un polvorín institucional. Y no por el ajuste de fechas en sí, sino por la forma: decisiones unilaterales, oídos sordos al colegiado y señales que, lejos de distender, tensan aún más la cuerda.

El oficio SSES-2026-00265 enviado por la jefa del Departamento de Educación Superior en SEECH, Patricia Mayela Amador,terminó por encender los ánimos. No porque moviera las fechas del día inhábil por la conmemoración de la Batalla de Puebla —eso, en cualquier institución viva, es parte del debate—, sino porque volvió a evidenciar una constante: la omisión sistemática de las propuestas que emanan tanto del colegiado como de las propias estudiantes. Lamentan que si bien han mostrado disposición al diálogo, sus planteamientos simplemente se archivan… o peor, se ignoran.

En la Normal Rural no hay vacío de voces; hay falta de escucha. Y cuando la autoridad opta por el monólogo, lo que sigue es la irritación. Porque ignorar a la comunidad no solo es un error político, es una provocación directa que mantiene a la institución en un estado de inestabilidad innecesaria.

A esto se suma otro ingrediente delicado: el uso de canales y figuras sin legitimidad interna para empujar decisiones. Traducido al pizarrón: imposición disfrazada de procedimiento. Y eso, en una comunidad con tradición organizativa y memoria institucional, no pasa desapercibido. Divide, fragmenta y, de paso, dinamita los acuerdos previamente construidos incluso con la propia autoridad educativa estatal.

Por si fuera poco, empieza a tomar fuerza una lectura que preocupa: la de una estrategia que mantiene a la Normal Rural en la indefinición. Una especie de limbo administrativo que, lejos de resolver, debilita la gobernabilidad de una institución casi centenaria y emblemática. Y cuando la gobernabilidad se erosiona, lo que emerge es el conflicto.

En los pasillos ya no se habla en voz baja. Se dice que las estudiantes están a un paso de tomar la institución. ¿La razón? Versiones que apuntan a una posible imposición en la subdirección, concretamente el nombre de Martina Vega, lo que explicaría —según esta lectura— la falta de respuesta a las solicitudes formales de la comunidad.

El malestar no se limita al ámbito estudiantil. Entre trabajadores de apoyo también hay señales de inconformidad. Apuntan a decisiones que pasan por encima de procesos internos y de quienes resultaron favorecidos en ejercicios previos, alimentando la percepción de “dedazo” y de mensajes que se interpretan como confrontación más que como conducción institucional.

Aquí el punto es claro: no se puede construir estabilidad ignorando a la comunidad. No se puede pedir gobernabilidad mientras se siembra división. Y, sobre todo, no se puede sostener una institución histórica sobre decisiones que carecen de legitimidad interna.

La Normal Rural no está pidiendo privilegios. Está exigiendo algo básico: diálogo real, respeto a sus procesos y certeza en la toma de decisiones. Lo demás —oficios, nombramientos, movimientos administrativos— debería ser consecuencia de eso, no su sustituto.