Por: Patricio Rodriguez Palma
Hay momentos que no se olvidan. El 26 de octubre de 2013, en el estadio Manuel L. Almanza de la ciudad de Chihuahua, no solo se reunieron más de 3 mil militantes para cumplir un requisito legal ante el entonces IFE; se congregó algo más profundo: una voluntad colectiva que venía gestándose desde abajo, desde la inconformidad, pero también desde la esperanza.
Aquel “sí se pudo” no era una consigna vacía. Era el reflejo de años de trabajo territorial, de organización paciente, de tocar puertas y convencer conciencias en un estado históricamente adverso para la izquierda. Esa asamblea —la número 12 en el camino hacia el registro nacional— fue una muestra de que Morena no nacía como un partido tradicional, sino como un movimiento vivo, impulsado por la gente.
Desde entonces, el trayecto no ha sido sencillo. Morena ha transitado de movimiento a partido, y en ese proceso ha tenido que enfrentarse a desafíos internos y externos: resistencias políticas, campañas de desprestigio, y también contradicciones propias de crecer tan rápido. Sin embargo, hay algo que ha permanecido: el compromiso de una base que no se rinde.
En Chihuahua, ese compromiso tiene rostro en la Sierra Tarahumara. Ahí, donde históricamente el abandono institucional ha sido la norma, el trabajo de Morena ha buscado no solo presencia política, sino acompañamiento real a las comunidades. No es discurso: es territorio, es caminar, es escuchar.
También es justo reconocer a quienes han sostenido el movimiento con convicción. Ahí está Bertha Luján, mujer chihuahuense, fundadora de Morena, cuya trayectoria es testimonio de congruencia y lucha. O Juan Carlos Loera de la Rosa, cercano a Andrés Manuel López Obrador, que ha sido un actor constante, un organizador que no ha soltado el trabajo de base.
Y en lo personal, puedo decir que este camino también ha sido el mío. He sido dos veces candidato, y más allá de los resultados, lo que me define es el compromiso con este movimiento desde sus momentos más complejos, cuando no había garantías, cuando todo estaba por construirse. He caminado junto a muchos y muchas que creen en una transformación real, y sé lo que cuesta sostener una causa cuando lo fácil es rendirse o acomodarse.
Pero no todo ha sido ideal. Como en todo proyecto político que crece, también han llegado los oportunistas, los trepadores, aquellos que ven en Morena no una causa, sino una plataforma. Los que no caminaron cuando era difícil, pero hoy buscan un espacio, un cargo, un “hueso”. Esa es, quizás, una de las pruebas más complejas: mantener la esencia en medio de la expansión.
Porque Morena no nació para ser más de lo mismo. Nació para transformar. Y esa transformación exige memoria: recordar de dónde venimos, cómo se construyó esto, quiénes estuvieron cuando no había nada asegurado.
Aquel día en el Almanza no solo se cumplió un requisito legal. Se demostró que el pueblo organizado puede abrirse paso incluso en los terrenos más adversos. Y hoy, más que nunca, vale la pena volver a ese origen.
Porque como dijo Andrés Manuel López Obrador:
“Solo el pueblo puede salvar al pueblo.”
Tónachi Guachochi Chih a 22 de Marzo del 2026



