Por: Rosalío Morales Vargas
De que los hay, los hay. Eligen el baldón,
son seres angustiados en busca de peculio,
las ansias de poder los vuelve locos,
otean con desprecio a los de abajo
y lamen los zapatos del patrón.
Cual camaleones cambian de colores,
sólo responden
al críptico susurro del viento trepador,
es proverbial su voracidad por canonjías,
traicionan, mienten, ponen zancadillas,
taimada es su aventura en pos del privilegio.
Encarrerados, raudos,
por treinta moneditas venden su alma al diablo,
deambulan por alfombras cortesanas;
para escalar las posiciones anheladas
mutan de camiseta sin sonrojo,
adulan pero sueñan ser recipendiarios del elogio,
la voz engolan y caminan arrogantes.
En los aviarios se sienten pavorreales,
aunque más bien parecen zopilotes,
presumen sus insignias de hojalata,
se yerguen como un monumento a la estulticia;
entonan recitales demagógicos,
primera fila en el auditorio del aplauso.
Esperpénticos, sórdidos, miméticos,
chismean, injurian y levantan falsos testimonios,
sostienen su divisa inalterable,
jamás quedar por fuera de la nómina.
Ahhh, el charrismo sindical una excrecencia
del deforme organismo del engaño.



