La dignidad no se renta

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Por: Patricio Rodríguez Palma

El imperialismo estadounidense no es una teoría académica ni una consigna vieja de los años sesenta. Es una realidad histórica que sigue marcando el destino de países enteros. Es una política exterior que durante décadas ha combinado invasiones, golpes de Estado, bloqueos económicos y presión cultural para sostener un orden mundial que le favorece.

Quien quiera verlo, que revise la historia reciente de América Latina.

En los años setenta, la Operación Cóndor no fue una conspiración imaginaria. Fue una maquinaria real de represión que coordinó dictaduras en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y otros países para eliminar opositores políticos. Miles de personas desaparecieron, fueron torturadas o asesinadas. Todo bajo la lógica de la “seguridad hemisférica” impulsada en plena Guerra Fría.

Cuando los pueblos intentaron decidir su propio destino, la respuesta fue el terror.

Y cuando la intervención directa llegó a Asia, el resultado fue aún más brutal. La Guerra de Vietnam demostró que ni el poder militar más grande del planeta puede derrotar a un pueblo decidido a defender su tierra. Durante años, el ejército estadounidense bombardeó selvas, aldeas y ciudades enteras. Y aun así, fueron campesinos vietnamitas —muchos de ellos escondidos entre raíces, túneles y arrozales— quienes terminaron venciendo a la superpotencia.

Esa derrota dejó una cicatriz en la memoria del imperio.

Pero el intervencionismo no se limitó a la guerra. En Asia oriental, la presencia estadounidense también llegó con ocupaciones militares y rediseño político de sociedades enteras. Después de la Segunda Guerra Mundial, tanto Japón como Corea del Sur quedaron bajo fuerte influencia y presencia militar estadounidense. Bases, tratados de seguridad, estructuras económicas orientadas a un modelo de desarrollo que respondía al orden geopolítico de Washington.

Hoy esas sociedades son presentadas como ejemplos de modernidad y éxito económico. Pero detrás de esa vitrina tecnológica existe una presión social brutal, visible en una de las tasas de suicidio más altas del mundo desarrollado. No es casualidad. Las cicatrices de la ocupación, de la reconstrucción acelerada y de un modelo hipercompetitivo siguen ahí, atravesando generaciones.

El imperio también castiga a quien decide no obedecer.

Ahí está Cuba, que desde hace más de seis décadas vive bajo un embargo económico impulsado por Estados Unidos. Un castigo prolongado que ha intentado asfixiar a una nación entera por haber elegido un camino político distinto. Y sin embargo, la isla sigue de pie, convertida para muchos en símbolo de resistencia frente a la presión de la mayor potencia del planeta.

En otros lugares del mundo el poder opera de formas distintas, pero igual de oscuras. En Medio Oriente, las guerras interminables y las disputas de poder rodean figuras como Benjamin Netanyahu, cuya permanencia política ha estado marcada por conflictos, tensiones regionales y un control férreo del relato público. En la política global, la información también se administra como un arma.

Pero mientras las potencias juegan su ajedrez geopolítico, los pueblos pagan las consecuencias.

México lo sabe demasiado bien.

Nuestro país vive una violencia alimentada por dos realidades que se originan, en gran medida, al norte de la frontera: las armas que cruzan ilegalmente desde Estados Unidos, y la enorme demanda de drogas de su propio mercado. Es una ecuación cruel: ellos consumen, ellos venden las armas, y nosotros enterramos a los muertos.

Y mientras eso ocurre, otra forma de desplazamiento avanza silenciosamente.

La gentrificación.

Barrios históricos de ciudades mexicanas están siendo transformados en zonas de consumo para extranjeros con mayor poder adquisitivo. Las rentas suben, los habitantes originales se marchan, y la memoria de esos lugares se convierte en decoración. La ciudad deja de pertenecer a quienes la construyeron.

Pero el problema no termina en las ciudades. También llega a los pueblos originarios.

Las comunidades indígenas, que durante siglos preservaron lenguas, saberes y cosmovisiones, hoy son convertidas en espectáculo turístico. Sus tradiciones se simplifican, se empaquetan y se venden. Aparecen “rituales chamánicos” diseñados para visitantes, ceremonias reinventadas según el gusto del cliente, danzantes contratados para bodas “tradicionales”.

La identidad indígena convertida en escenografía.

El ejemplo más doloroso quizá sea el de María Sabina, la sabia mazateca cuyo conocimiento espiritual sobre los hongos sagrados terminó explotado por curiosos, turistas y buscadores de experiencias místicas. Aquello que en su cultura era un acto profundo de sanación y espiritualidad fue transformado en mercancía.

La sabiduría ancestral convertida en producto.

Y todo esto ocurre mientras los pueblos que custodian esos conocimientos siguen viviendo en pobreza, marginación y abandono.

Por eso hablar de dignidad no es una metáfora romántica. Es una urgencia histórica.

Porque un pueblo que pierde su tierra, su cultura y su memoria, pierde también su derecho al futuro. El derecho a la felicidad, al libre desarrollo, a decidir quién quiere ser sin convertirse en espectáculo para otros.

Los imperios creen que el poder militar, el dinero o la propaganda pueden someter indefinidamente a los pueblos. Pero la historia ha demostrado una y otra vez que la dignidad es más difícil de derrotar que cualquier ejército.

Y en esta parte del mundo lo sabemos bien.

Porque como dijo Salvador Allende antes de caer defendiendo la democracia de su país:

“La historia es nuestra, y la hacen los pueblos.”

Tónachi Guachochi Chih a 15 de Marzo del 2026