Por: Víctor M. Quintana S.
Marzo viene de marte, el dios de la guerra. Y marzo comenzó con otra guerra, la desatada por Trump, que desea el Premio Nobel de la Paz y Netanyahu, autor del gran genocidio del Siglo XXI en Gaza. Los bombardeos norteamericano-israelíes contra Irán desde el primer día asesinaron a 168 niñas en su propia escuela y al dirigente de la Revolución Iraní y jefe de Estado, el Ayatola Jamenei.
Siguen los bombardeos e Israel los ha extendido al Líbano en donde hay presencia del Hezbollah, organización político-militar apoyada por Irán. No se tiene aún un balance preciso de las víctimas civiles y militares y de las instalaciones destruidas. Irán, por su parte, ha respondido con bombardeos muy precisos contra varios objetivos estratégicos en Israel, contra las bases militares estadounidenses en el Golfo Pérsico y ha cerrado el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo del mundo.
De nuevo Washington y Tel Aviv atropellan el derecho internacional en general y sobre la guerra en particular. La organización Human Rights Watch denuncia que las fuerzas israelíes están empleando fósforo blanco, prohibido por las leyes humanitarias en los bombardeos contra el Líbano.
Esta guerra no declarada ahora pretende legitimarse y hasta santificarse por medio de diversas maniobras propagandísticas e ideológicas de bases muy endebles:
Trump y sus aliados señalan que con su guerra es para acabar el régimen autoritario de los Ayatolas. Contra lo que se puede argumentar que es el pueblo iraní quien debe evaluar, decidir y actuar contra ese autoritarismo y no un gobierno extranjero que no se distingue precisamente por su talante democrático y, en segundo lugar, que los Estados Unidos tienen como aliados regímenes aun más autoritarios e intolerantes como los de Arabia Saudita o los Emiratos Árabes, sólo por nombrar algunos.
Más allá de esta fallida legitimación de la guerra está el hecho de que algunos grupos evangélicos fundamentalistas en los Estados Unidos han apoyado la guerra no declarada pero muy real de Trump considerándola una “guerra santa” contra el fundamentalismo islámico. Un grupo de pastores evangélicos y líderes religiosos se reunieron en días pasados con Trump para bendecirlo y rezar por las tropas norteamericanas. Sin embargo, el periodista Jonathan Larsen publica que la Fundación para la Libertad Religiosa Militar de los Estados Unidos denuncia que oficiales de alto rango del ejército norteamericano presentan la guerra contra Irán como el cumplimiento de las profecías del Apocalipsis, como una ofensiva “sancionada bíblicamente”. A los militares se les dice que Donald Trump fue “ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán y marcar su regreso a la tierra. Todo esto es propiciado por el secretario de Guerra, Peter Hegseth extremista fascista y religioso de filiación fascista.
Por otro lado, existe la opinión de que algunas guerras son justificables como una “intervención humanitaria” para logran un bien mayor. Es decir, algún o algunos países podrían intervenir bélicamente en otro por razones humanitarias como salvarlos de las masacres, de las violaciones a los derechos humanos de todo tipo, de la expulsión masiva de personas, la instauración de regímenes de terror, etc. En ese caso habría dos condiciones para esa intervención bélica humanitaria: la primera, que no haya víctimas entre la población civil y la segunda, que los medios que se emplean en la guerra guarden proporción con los objetivos humanitarios, es decir que no causen más daños que los beneficios que se dicen buscar.
No es el caso ahora con Irán ni lo ha sido en las guerras más recientes: se comenzó masacrando las 168 niñas del colegio en Irán y sigue habiendo decenas de víctimas civiles en este país y en Líbano, por no hablar de las más de 70 mil víctimas civiles en Gaza, entre ellas 18 mil niñas y niños. Tampoco se cumple el criterio de proporcionalidad entre los medios y las causas que supuestamente origen a la guerra: por cada asesinato perpetrado por Hamás en Gaza ha habido cuando menos 70 asesinatos de civiles gazatíes. Ni que decir de la desproporción entre los masivos ataques de misiles y aviones norteamericanos e israelíes contra instalaciones estratégicas, pero también contra edificios civiles en Irán y en Líbano.
Incluso en las muy justificadas guerras de defensa de la patria estos dos criterios de inmunidad de la población civil y proporcionalidad en los medios de contraataque deben observarse. Esto no sólo es cuestión del ahora casi inexistente derecho internacional, sino de la más elemental ética humana.
Ni guerras santas, ni intervenciones armadas “humanitarias”. Como señala Leonardo Boff citando a Bertrand Rusell y Albert Einstein, la guerra no debe ser humanizada, simplemente debe ser cancelada.



