Por: Rosalío Morales Vargas
Mañana turbia. Las volutas de humo
sombrías ascienden en el cielo gris.
El final de febrero avivó llamas
de odio genocida en la escuelita
de una barriada inerme de Minab.
Quedaron sólo escombros, mudas ruinas,
calcinado el naranjo del patio de recreo.
Misiles sanguinarios cual rapaces
halcones clavetearon sus punzantes garras
en cuerpos inocentes de niñas de primaria.
Se terminó la risa infantil alborozada,
las aulas convertidas en cenizas;
el agudo dolor encabritado
no se explica la inicua felonía.
Se amalgamaron lágrimas ardientes
en la ribera oriente del Mar de Omán estupefacto.
En ristre el naufragio de conciencias,
la crueldad extendiendo su velamen,
el veneno goteando en pos de más dinero;
el imperio en su furia homicida
no conoce fronteras, carece de moral.
La humanidad no puede ser atenazada
por tiránicas guerras y bloqueos.
Germinarán muy pronto semillas solidarias
en clave de ternura y esperanza,
en heroicas protestas con faz de multitudes
por los niños de Cuba y Palestina,
por las niñas de la escuelita de Minab.



