Por: Patricio Rodríguez Palma
Cuando hablamos de reforma electoral, a veces parece que estamos entrando en un terreno lleno de palabras difíciles y conceptos lejanos. Pero en realidad, lo que está en juego es algo muy sencillo: quién nos representa y cómo llega ahí.
La propuesta de reforma impulsada por la doctora Claudia Sheinbaum parte de una idea básica que cualquiera puede entender: si alguien quiere ser diputado o senador, debe ganarse el respaldo de la gente, no solo el de su partido.
Durante muchos años, los llamados “plurinominales” podían llegar al Congreso sin hacer campaña directa en territorio. Eran designados a partir de listas de partido. Eso generó una sensación de distancia entre algunos legisladores y la ciudadanía. La reforma busca cambiar eso: que también quienes aspiren por esta vía tengan que salir a recorrer comunidades, escuchar, explicar sus propuestas y pedir el voto. Dicho en palabras simples: que nadie llegue sin haber dado la cara.
Desde la dirigencia de Morena, su presidenta Luisa María Alcalde ha señalado que esta reforma fortalece la democracia porque hace que los representantes tengan mayor legitimidad. Y la legitimidad, compañeros, no es otra cosa que la autoridad moral y política que se obtiene cuando la gente te elige directamente. No es lo mismo ocupar un cargo porque te colocaron en una lista, que ocuparlo porque la ciudadanía confió en ti.
Otro punto importante es el tema del gasto. La reforma también busca que el sistema electoral sea más austero, más sencillo y menos costoso. En un país con tantas necesidades, cada peso cuenta. La idea es que la democracia funcione bien, pero sin lujos innecesarios.
Ahora bien, si analizamos con espíritu crítico —como siempre debemos hacerlo— hay algo que, a mi parecer, pudo haberse incluido: una garantía más clara para los pueblos originarios. México es un país con una gran diversidad indígena, y en muchos municipios y estados donde la mayoría de la población es indígena, sería justo que existieran mecanismos más firmes para que sean gobernados por personas indígenas. No como un favor, sino como un reconocimiento real a su derecho de decidir y gobernarse.
A pesar de ese punto pendiente, el balance general me parece positivo. La reforma empuja a que quienes aspiren a representar al pueblo se acerquen más al pueblo. Y esa cercanía es sana para la democracia.
Como decía Andrés Manuel López Obrador: “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. Si entendemos esa frase, entendemos el espíritu de esta reforma: que el poder no sea un privilegio de unos cuantos, sino una responsabilidad que nace del voto y de la confianza de la gente.
Tónachi Guachochi Chih a 1 de Febrero del 2026



