Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
Si bien es cierto, existen justificadas añoranzas por la educación formal del ayer, en la cual se prestaba el servicio educativo con características muy particulares aceptadas por la comunidad, hoy, las circunstancias se presentan diametralmente opuestas y riesgosas para el magisterio.
La dinámica de la vida social ha cambiado y, con ello, las formas y métodos pedagógicos, no obstante, a la par de esas nuevas coceptualizaciones, han llegado retos que convierten a la labor docente en un profesión cada vez más difícil de realizar.
Porque junto con las nuevas normas aplicables al ámbito educativo se presentan factores que, sin duda, inciden en la salud mental del profesorado, quienes sin dejar de lado su vocación y entrega, ven mermada su capacidad para atender en condiciones plenas sus funciones.
La carga académica, administrativa, social, de rescate de tradiciones, de eventos cívicos, culturales y deportivos que la propia labor exige (más los «extras» e imprevistos) , si bien, son atendidos, hace falta hacer un alto y mirar atras para determinar el cómo éstos son atendidos.
Porque pocos reparan en las condiciones físicas y emocionales de los docentes, solo se les pide cumplir con los encargos y encomiendas.
Y aunque los requerimientos son resueltos, hace falta detenerse y mirar al interior para observar a qué costo, porque finalmente si la salud merma y decae inmediatamente alguien sustituirá nuestra labor.
El riesgo de que la salud se vea deteriorada es, ahora, más latente.
Porque además, mientras nos dedicamos en cuerpo y alma a la profesión, no alcanzamos a ver que nuestros hijos crecen y en un abrir y cerrar de ojos nos perdimos de sus eventos, de sus logros, de sus actividades y ahí nadie nos sustituirá.
En la atención familiar nunca seremos reemplazables.
Seguir siendo profesionales sin perjuicios en la salud, es la tarea, priorizar y poner en la balanza será la decisión.



