Los sueños de la niña de la montaña

0

Por: Dra. Nicté Ortiz

PuntoDeVista | #PalabraDeMujer

En México, los usos y costumbres son una raíz profunda que da forma a nuestra vida cotidiana. En Oaxaca, esa raíz florece en una tierra de belleza infinita: montañas que parecen guardianas del tiempo, pueblos que huelen a maíz y a mezcal, mujeres que tejen su historia con hilos de colores. Allí, donde la cultura se expresa en cada fiesta, palabra y camino, conviven las tradiciones más bellas… y también aquellas que, sin darnos cuenta, limitan lo que una persona puede llegar a ser. Porque los usos y costumbres —aunque son identidad— a veces se convierten en frontera.

¿Cuántas cosas hacemos los seres humanos solo por costumbre? ¿De dónde vienen esas formas de actuar, hablar, decidir o juzgar? Las costumbres son hábitos que se heredan, se aprenden, se repiten… y se vuelven parte de quienes somos. Algunas son hermosas porque nos engrandecen: reunirnos en familia, apoyar a quienes lo necesitan, compartir la mesa, honrar la palabra dada. Pero hay otras que detienen los pasos: callar por respeto mal entendido, tolerar la desigualdad, aceptar lo injusto porque “así ha sido siempre”. Reconocerlo es el primer paso para transformar lo que heredamos en lo que elegimos.

Con Eufrosina Cruz, dos momentos marcaron mi manera de mirar estos temas.

El primero fue cuando me recibió para firmar su libro. Me dijo con una sonrisa: “tú tienes algo que compartimos ¿de dónde eres?”. En esa frase, breve y luminosa, sentí lo que significa encontrar un puente desde la primera palabra. Somos mexicanas las dos, multiculturales, con historias poderosas y ancestros de pueblos originarios y nos reconocemos.

El segundo momento llegó cuando hablé de ella con alguien más y mencioné: “una mujer indígena zapoteca que ganó la presidencia municipal de su pueblo y no la dejaron asumir el cargo”. La persona me preguntó si era de tal o cual partido político. Y comprendí que, en esa pregunta, había otra forma de costumbre: el prejuicio. Como si lo verdaderamente importante —su valentía, su historia— pudiera medirse por colores o banderas. A veces discriminamos sin darnos cuenta, solo por costumbre.

La discriminación ha acompañado la vida de Eufrosina, y ella la transforma en enseñanza. En su libro Los sueños de la niña de la montaña, comparte que en su infancia no tenía dinero para comprar un libro, pero años después publicó el suyo propio. Hay un capítulo que se llama “El amor también es fe”, donde cuenta cómo tuvo que “amarrar bien sus huaraches” para irse de su comunidad y no repetir el destino de tantas niñas que, por costumbre, se casaban en la adolescencia con quien las pidiera a su padre.

Su relato está lleno de imágenes que se quedan en la memoria. Como aquel vestido amarillo, “el más bonito”, que no era nuevo —porque nunca había tenido nada nuevo—, pero que imaginaba había pertenecido a alguien especial. Esa prenda, junto con sus huaraches, era su pequeño equipaje y su gran símbolo: soñar no requiere mucho, solo valor para andar el camino. Eufrosina comprendió desde niña que los vestidos, los acentos o los rostros pueden ser distintos, pero nada de eso te hace más ni menos. Solo diferente, y eso ya es riqueza.

Con su historia comparte una verdad profunda: el origen no es el destino.

Las costumbres pueden ser raíces o cadenas. Podemos repetirlas o reinventarlas. Y, como ella, podemos encender nuestra lámpara y caminar desde lo más alto de la montaña hacia un sueño propio. Porque las tradiciones pueden guiarnos, pero la libertad de elegir nuestro camino es lo que realmente nos define. O ¿cuál es tu #puntodevista?