Por: Profr. José Luis Fernández Madrid
Cuando los conceptos son claros, no puede existir una inconsciente confusión, ésta se da de manera deliberada o quizá, producto de las experiencias personales vividas.
Llegar a espacios de servicio no es lo mismo que considerarlos de poder, sea cual fuere la naturaleza del encargo o la manera de arribar a ellos, la dignidad humana es, ante todo, la prioridad.
A pesar de que el dicho de «el que nunca tuvo y llega a tener, loco se quiere volver» define a algunas extraviadas personas, la realidad exige una dirección centrada en los seres humanos, en sus historias de vida, en sus experiencias, en sus aspiraciones y anhelos.
Cuando la palabra Servir se implanta en el actuar, no existe desvío del camino, no obstante, al interiorizar la palabra Poder, las acciones pierden el sentido dejando de lado las apremiantes necesidades de los semejantes.
El poder trastorna, el servicio ennoblece.
Los equipos de trabajo fuertes y cohesionados son aquellos en que la confianza y el respeto se ha ganado, cuando el sentimiento es mutuo; los colectivos que solo esperan a que el tiempo pase y ubiquen al poderoso en su justa dimensión, son, al menos de manera temporal, dispersos y endebles.
Servicio y poder, una disyuntiva que, en las responsabilidades públicas, no debería de existir.
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