OPINIÓN

México no tiene un problema de matemáticas, tiene un problema de significado

Por Jorge Arturo Salcido

En México creemos que el problema de las matemáticas es que los estudiantes no saben lo suficiente.
Pero esa idea —cómoda, repetida, políticamente útil— es falsa.

El problema es más incómodo:
los estudiantes sí saben… pero ese saber no cuenta.

Un joven que vende elotes en la calle sabe ajustar precios según la demanda, calcular costos, anticipar pérdidas. Un campesino que cultiva maíz entiende proporciones, ciclos, variabilidad. Un trabajador fronterizo maneja conversiones monetarias con una precisión que ningún libro de texto le enseñó.

Todo eso es matemáticas.
Pero la escuela no lo reconoce.

La ilusión del “rezago”

Los resultados de Programme for International Student Assessment de la Organisation for Economic Co-operation and Development se utilizan cada tres años para confirmar lo que ya sabemos: México está por debajo del promedio en matemáticas.

La reacción suele ser automática:
más contenidos, más ejercicios, más horas.

Pero nunca nos detenemos a preguntar:
¿qué tipo de matemáticas estamos midiendo?

Porque PISA no mide si un estudiante sabe repetir procedimientos.
Mide si puede interpretar, argumentar y tomar decisiones con datos.

Es decir, mide algo que en México rara vez enseñamos.

Saber operar no es saber pensar

Durante décadas, el sistema educativo mexicano ha confundido dos cosas:

  • hacer matemáticas
  • pensar matemáticamente

La diferencia no es menor.

Un estudiante puede resolver una ecuación sin entender qué significa. Puede obtener un resultado correcto sin cuestionar sus supuestos. Puede aplicar una fórmula sin saber si es pertinente.

Y eso, en el mundo real, no solo es insuficiente:
es peligroso.

Porque quien no interpreta los números, termina creyéndolos.
Y quien cree los números sin cuestionarlos, puede ser manipulado por ellos.

El maíz como evidencia

La paradoja mexicana puede explicarse con algo tan simple como el maíz.

En la vida cotidiana, el maíz es contexto, historia, economía, cultura.
En la escuela, se convierte —cuando aparece— en un problema abstracto sin raíces.

Ahí está la ruptura.

No es que los estudiantes no sepan matemáticas.
Es que la escuela les enseña a ignorar las matemáticas que ya saben.

Y en ese acto, produce algo más grave que el rezago:
produce alienación.

El estudiante aprende que las matemáticas no son suyas, que pertenecen a otro mundo, a otros sujetos, a otra lógica.

Ocho competencias reducidas a una

A nivel internacional, la competencia matemática incluye al menos ocho dimensiones: razonar, argumentar, modelar, comunicar, representar, resolver problemas, usar lenguaje simbólico y herramientas.

En México, en la práctica, todo eso se ha comprimido en una sola idea:
“pensamiento matemático” entendido como cálculo.

Reducimos un sistema complejo a una habilidad parcial.
Y luego nos sorprendemos de que los resultados no mejoren.

El problema no está en el estudiante

Es tentador culpar al alumno, al maestro o al currículo.
Pero el problema es más profundo: es estructural.

  • Formamos docentes en modelos procedimentales
  • Evaluamos respuestas, no razonamientos
  • Ignoramos contextos reales
  • Desconocemos saberes locales

Y luego exigimos pensamiento crítico.

Es como pedirle a alguien que entienda el maíz… enseñándole solo la tortilla.

Lo que realmente está en juego

En un país atravesado por desigualdades, discursos políticos, datos manipulados y decisiones públicas basadas en cifras, la matemática no es solo una asignatura escolar.

Es una herramienta de ciudadanía.

Quien no puede interpretar datos, no puede cuestionar el poder.
Quien no puede argumentar con números, no puede defenderse en un mundo gobernado por ellos.

Cierre

México no necesita más matemáticas.
Necesita otras matemáticas.

Unas que partan de la vida, no que la ignoren.
Unas que enseñen a pensar, no solo a resolver.
Unas que devuelvan al estudiante algo fundamental:

la certeza de que las matemáticas no son ajenas,
sino una forma de comprender —y transformar— su propio mundo.

Porque al final, el problema no es que nuestros jóvenes no sepan matemáticas.

El problema es que nadie les ha enseñado
que los números también cuentan historias…
y que aprender a leerlas puede cambiar su destino.

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