Por: Felipe Villa
Para el ciudadano mexicano promedio, la tranquilidad parece ser un lujo efímero, una breve pausa entre dos tormentas porque quienes crecieron en los años ochenta y noventa llevan tatuado el terror de la hiperinflación y el colapso del peso; las generaciones más jóvenes, por su parte, han tenido que madurar a la sombra de recesiones globales, emergencias sanitarias y una violencia alarmante que ha reconfigurado la vida pública y al encender las noticias, ir al supermercado o revisar el recibo de la luz, la sensación es dolorosamente familiar porque vivimos en un perpetuo estado de emergencia.
Ante este panorama tan desgastante, una pregunta resuena constantemente en las calles, en las aulas y en las mesas de millones de familias ¿Por qué México parece estar siempre en crisis? La respuesta fácil, y la que más escuchamos en tiempos electorales, es culpar a la administración en turno, a la corrupción de los predecesores o a las turbulencias de la economía internacional. Sin embargo, la verdad es mucho más incómoda, la crisis perpetua de México no es producto de la mala suerte ni de un designio fatalista, es más bien el síntoma predecible y recurrente de fracturas estructurales profundas que, sexenio tras sexenio, la clase política y económica se ha negado a sanar.
1.Un Estado de Derecho de papel
Las crisis florecen y se profundizan donde las reglas no aplican para todos. En México, la impunidad no es una anomalía del sistema, es su engranaje principal. Según datos del INEGI, la cifra negra (delitos no denunciados o sin investigación) supera consistentemente el 90% y casos emblemáticos de corrupción o colapsos trágicos de infraestructura (como la Línea 12 del metro en la CDMX) rara vez culminan con verdaderos responsables de alto nivel rindiendo cuentas y cuando la ley es negociable, la confianza de los inversionistas se evapora y las instituciones pierden su capacidad de proteger al ciudadano frente a cualquier choque económico o social.
2.La economía de dos Méxicos (y la trampa de la informalidad)
Coexisten dos países diametralmente opuestos en el mismo territorio porque tenemos un México que es potencia exportadora, ejemplificado por el clúster aeroespacial o la industria automotriz del norte y el Bajío, pero, al mismo tiempo, más del 50% de la población económicamente activa sobrevive en la economía subterránea. Un vendedor en un tianguis o un jornalero sin contrato no tienen acceso a seguridad social, ahorro para el retiro ni créditos de vivienda y esta informalidad funciona como una válvula de escape para evitar el desempleo masivo, pero condena al Estado a una recaudación fiscal raquítica y sin impuestos suficientes, es imposible construir una red de seguridad social (hospitales, seguros de desempleo, educación de calidad) y ante cualquier fluctuación del mercado, la mitad del país cae directamente en la pobreza sin una red que los atrape.
3.La dependencia como estrategia económica
Nuestra economía es altamente vulnerable porque hemos apostado nuestra estabilidad a factores que no controlamos. En el siglo pasado, fue la dependencia absoluta de los precios del petróleo y hoy, es nuestra simbiosis con el mercado de Estados Unidos donde cerca del 80% de nuestras exportaciones van hacia el norte y cuando el mercado estadounidense sufre, México entra en recesión casi de inmediato. Además, el país celebra hoy el ingreso récord de remesas (más de 60,000 millones de dólares anuales) como si fuera un triunfo de las políticas públicas pero en realidad, las remesas son el testimonio de nuestro mayor fracaso estructural, la incapacidad de generar oportunidades internas, obligando a millones a buscar el éxito económico cruzando la frontera.
4.El espejismo del asistencialismo electoral
En la historia reciente, la política social se ha ido reduciendo peligrosamente a la transferencia directa de efectivo, pensiones y becas repartidas sin focalización ni controles rigurosos, porque si bien apoyar a los sectores más vulnerables es un deber irrenunciable del Estado, hacerlo sin padrones transparentes ni reglas de operación claras convierte estos programas en una bomba de tiempo fiscal y en una maquinaria de clientelismo diseñada para asegurar votos, no para erradicar la pobreza y repartir becas generalizadas a estudiantes sin vincularlas al rendimiento académico es tapar el sol con un dedo porque el verdadero desarrollo no se mide por el volumen de dinero transferido, sino por la calidad del aprendizaje y cuando el presupuesto se agota en dádivas mensuales en lugar de invertirse en infraestructura escolar, capacitación o en robustecer los instrumentos de evaluación formativa que realmente diagnostiquen y mejoren el nivel de los alumnos en el aula, se está hipotecando el futuro del país por una rentabilidad electoral a corto plazo.
5.La desigualdad como motor de la violencia
Es imposible hablar de la crisis mexicana sin mirar de frente la violencia, la cual se nutre directamente de una desigualdad obscena y en nuestras grandes ciudades, los rascacielos corporativos colindan con cinturones de miseria y falta de servicios básicos y para miles de jóvenes en regiones marginadas del país, el crimen organizado funciona como el principal, y a veces el único, empleador que ofrece una promesa (engañosa) de movilidad social, aunque sea a costa de una esperanza de vida trágicamente corta. La crisis de seguridad no es solo un problema policial o militar, es el resultado de un modelo de desarrollo económico profundamente excluyente.
Romantizar la resiliencia del mexicano es peligroso y exigirnos ser eternamente aguantadores es una forma de eximir a las élites y al Estado de su responsabilidad. México no está condenado genéticamente ni geográficamente a la crisis porque somos una nación con recursos envidiables, una posición geopolítica privilegiada y una fuerza laboral dinámica y creativa, sin embargo, el milagro mexicano seguirá siendo una ilusión mientras continuemos aplicando soluciones cosméticas a problemas que requieren cirugía mayor.
El mito del mexicano que todo lo aguanta nos ha hecho un daño tremendo porque nos hemos acostumbrado tanto a sobrevivir a la tormenta que hemos normalizado vivir sin un techo seguro y para romper este ciclo del eterno retorno a la crisis, necesitamos un nuevo pacto social, una reforma fiscal verdaderamente progresiva, una erradicación implacable de la impunidad y una estrategia de Estado que ataque la raíz de la marginación. Hasta que no estemos dispuestos a desarmar estas estructuras defectuosas y reconstruir los cimientos del país, seguiremos sacando agua en un barco perforado, esperando, con justificado temor, la llegada de la próxima tormenta.
Con el propósito de fortalecer la participación estudiantil, la Universidad Autónoma de Chihuahua realizó la…
Por: Rosalío Morales Vargas De que los hay, los hay. Eligen el baldón,son seres angustiados…
La obra es resultado e inspiración del concurso estatal “Don Quijote Nos Invita a Leer”…
Estudiantes, familiares y docentes de la Secundaria Federal No. 11 se integraron en una jornada…
Con el objetivo de implementar una estrategia que promueva la lectura y escritura desde temprana…
En seguimiento a la iniciativa presentada por el Senador y Secretario General del Sindicato Nacional…