6 de agosto de 1945

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Por: Rosalío Morales Vargas

¡ Qué hemos hecho !
Exclamó perturbado el copiloto
del Enola Gay, ave funesta y ominosa,
en los segundos posteriores
de la antes traslúcida mañana
del 6 de agosto del 45.

Un ígneo amanecer se desmorona
sobre el meditabundo suelo de Hiroshima;
las ráfagas de viento ardiente acuchillaron
la tierra herida, fantasmal y atónita,
dejando una devastación hosca, sólo ruinas,
sumida en abatido desamparo.

Encalló gris la pesadumbre,
decenas de millares murieron al instante,
una bomba de ira inficionada
explotó en la mitad de la conciencia;
abrió la atrocidad un nuevo ciclo
de zozobra y de miedo amotinados.

Ya no había razón militar para el infierno,
la guerra estaba decidida;
quedó pasmado el mundo,
horror y crispación se engalanaron
con atuendos de botas, charreteras, proyectiles.

Se calcinó el sosiego en la barbarie,
atenazando al sueño de concordia.
¡ En sus marcas! Había comenzado
la impúdica carrera
del frenesí atómico y nuclear
que apunta al exterminio total de toda vida.

Y mientras multitudes sucumbían,
en El Pentágono y la Casa Blanca hubo fiesta.