Escuela y comunidad en la Nueva Escuela Mexicana

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Por: Manuel Gil Antón

En la versión más reciente del “Plan de estudios de la educación básica 2022 (Marco y estructura curricular)”, se advierte, con más claridad, lo que la SEP propone para transformar los procesos de aprendizaje en el país. Esto ocurre porque se reducen los adjetivos con que se caracterizaba el alto contraste entre lo anterior y lo porvenir, para dar paso a argumentos sustantivos. Se puede, entonces, debatir tanto la orientación como las formas en que se organizarían los contenidos de lo que, de manera más extensa (aunque no siempre clara) caracteriza a la Nueva Escuela Mexicana.

Este hecho, al que se añade la afirmación de sus autores de que se trata de un documento abierto a la crítica y la participación de las y los docentes, las familias, expertos en la materia y otras personas interesadas —ojalá fuesen muchas porque lo que está en juego es importante—, y que no se llevará a cabo su puesta en práctica a partir de agosto de este año, sino hasta el siguiente ciclo escolar, enriquecido como resultado de una discusión amplia y pruebas acotadas de su pertinencia, abre la oportunidad de dialogar, diferir, coincidir o cuestionar su idoneidad. Tomemos su palabra.

Podemos aprovechar este lapso para estudiar, y someter a escrutinio desde distintos puntos de vista, la iniciativa. Un eje central es la importancia de la relación entre la escuela y la comunidad. Y una deuda analítica del documento es aclarar qué se entiende por lo comunitario, por “lo común”. Este tema es crucial, so pena de quedar atrapados en una visión reducida de la ubicación de las escuelas y su entorno social, no necesaria ni mayoritariamente “comunitario” como el que se supone opera en pequeñas poblaciones: aún ahí, hay que reconocerlo, una mirada simplista, con riesgo de una concepción bucólica de esta noción, generaría problemas pues no hay comunidades humanas, de la talla que sea, sin que estén presentes relaciones de poder y dominación. La “voz de la comunidad” es, siempre, la voz de los que mandan en ella.

De acuerdo con Tönnies (1855-1936), sociólogo alemán interesado en las diferencias entre comunidad y sociedad: “Comunidad es lo antiguo y sociedad lo nuevo, como cosa y nombre. […] comunidad es la vida en común duradera y auténtica; sociedad es sólo una vida en común pasajera y aparente. Con ello coincide el que la comunidad deba ser entendida a modo de organismo vivo, y la sociedad como agregado y artefacto mecánico.”

Caracteriza, creo, a una comunidad la ubicación territorial acotada, lazos inscritos en la ubicación específica en que se nace y vive —con una fuerte carga de parentesco— que, debido a que la modernidad capitalista y su consecuente proceso migratorio a grandes ciudades (la urbanización) la desdibuja, para dar paso a relaciones funcionales con relativa independencia de un lugar y tradiciones comunes que no son, insisto, necesariamente, ni igualitarias ni deseables: hay, también, junto a saberes que es preciso rescatar, una cantidad no menor de malos usos y peores costumbres.

La mayoría de la matrícula actual asiste a escuelas ubicadas en poblaciones grandes, en que la tradicional comunidad ha dado paso a que las y los condiscípulos procedan de diferentes localizaciones territoriales. Es preciso, entonces, si es de tal importancia la relación entre escuela y comunidad, que se consiga una delimitación que, de alguna manera, dé espacio equivalente al comunitario tradicional para tener sentido su relación con la escuela. No es optativo ni trivial: es necesario.

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de

El Colegio de México}

mgil@colmex.mx

@ManuelGilAnton