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Regreso a clases presenciales: ¿sálvese quien pueda?

Por: Abelardo Carro Nava

Ojalá que la simpatía por la figura presidencial o hacia la toma de decisiones políticas sin un fundamento médico o de salud, influyeran, de manera decisiva, para que los contagios por el SARS-CoV-2 no se propagaran a la velocidad en que lo hace en los seres humanos. Ojalá que las declaraciones presidenciales que, al inicio de esta contingencia, invitaban a “abrazarse porque no pasaba nada” o bien que, con estampillas en mano, se pusieran como ejemplo “protector” contra el virus, pudieran haber evitado el fallecimiento de más de 230 mil personas y los más de 2 millones 400 mil casos confirmados (El Financiero, 2021). Ojalá que el semáforo epidemiológico hubiera sido empleado para fines estrictamente relacionados con la salud y no políticos para que, cada entidad federativa, establecieran medidas sanitarias y económicas acordes a sus contextos. Ojalá que la reapertura de hace unas semanas de las escuelas de los 8 estados, con semáforo verde, pudiera habernos enseñado algo para corregir y atender, desde la Secretaría de Educación Pública (SEP), las incidencias que se fueran registrando con la idea de que no volvieran a ocurrir. Ojalá que, como sociedad, pusiéramos nuestro granito de arena para colaborar en el bienestar y vida de las personas. Sí, ojalá.

Desafortunadamente esto no es ni ha sido suficiente.

Y no es suficiente porque, por más que se tengan buenos y sanos deseos, también se requieren de acciones debidamente articuladas entre diferentes actores para el logro de éstas, cosa que hasta el momento no ha sucedido completamente en México. Un país que por años ha sufrido el lastre que ha dejado la pésima gestión de diferentes gobiernos quienes, dicho sea de paso, velaron por sus propios intereses y de los grupos políticos que los llevaron al poder. Basta con observar los datos en cuanto a los millones de personas ubicadas en niveles de pobreza y pobreza extrema y de aquellos mexicanos que viven en la opulencia. La brecha de desigualdad es lacerante.

Tener el poder por lo que presenta el poder mismo, es asumir la enorme responsabilidad que ha sido conferida. Supongo que, quienes aspiran a ocupar un cargo de elección popular, lo tienen claro. No obstante, esta efímera alegoría no cobra ni ha cobrado sentido en territorio mexicano. Desde las más altas esferas de ese poder se determina qué hacer, aunque el cómo sea toda una aventura cuyos resultados los siguen pagando los de abajo, los que menos tienen.

Hasta el hartazgo se ha dicho que, en nuestro país, no se tomaron otras medidas porque nadie estaba preparado para una pandemia, y es cierto. No obstante, como su nombre lo indica, ningún país y ningún ser humano estaba preparado para ello. Aquí, el cómo se reaccionó ante tal contingencia, se volvió fundamental para atender y resolver los enormes retos que, en todos los ámbitos, se gestaron intempestivamente.

En el escenario educativo, desde marzo de 2020 se cerraron las escuelas, pero no los procesos formativos. Dos vertientes surgieron: las políticas educativas emitidas por las autoridades federales y locales vistas desde el centro, y lo que en los microespacios escolares-familiares se desarrollaron. Disímbolas entre sí o con una disonancia importante. ¿Quiénes han mantenido a flote el Sistema Educativo Mexicano durante todo este tiempo? Los padres de familia, alumnos y magisterio. De esto último no hay duda porque, también hasta el hartazgo se ha dicho y escrito, que estos actores fueron pieza clave en un engranaje dañado con el paso del tiempo.

“Nadie”, desde la SEP, pudo diagnosticar el daño en la maquinaria: ¡Va la televisión y la radio, y punto! Una medida completamente centralista sin que mediara el juicio, razón, conocimiento y reconocimiento de esos padres de familia, alumnos y maestros porque, tampoco, se abrieron las puertas y oídos para saber qué se estaba haciendo o cómo se estaba haciendo. De hecho, los estudios que la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (MEJOREDU) fueron ignorados en las oficinas de República de Argentina programando la reapertura de los centros escolares en, al menos, 8 estados con semáforo verde. ¿Qué pasó después de que se abrieron? Volvieron a cerrar los centros escolares al poco tiempo. ¿Qué falló o, al menos, la SEP contó con datos y un análisis sobre lo sucedido en estos espacios educativos?

Hoy se habla del regreso a clases presenciales en el ciclo escolar que está por comenzar así “llueva, truene o relampaguee”. Sin duda, un sano deseo que, desafortunadamente, no se acompaña de datos empíricos, académicos y científicos y, mucho menos, de un Plan Educativo debidamente estructurado con un documento orientador debidamente actualizado para la reapertura de las escuelas por la variante Delta.

La decisión, centralista como lo es, ha generado una polémica importante en medio de lo que los especialistas han llamado la tercera ola de contagios que puede tener sus niveles más críticos en agosto.

Ciertamente, el gobierno tiene una enorme responsabilidad en el establecimiento de una serie de políticas encaminadas a salvaguardar las vidas de las personas, pero, nosotros, como sociedad, también la tenemos. Vaya, para pocos es desconocido que, en los últimos días, muchos centros turísticos se han abarrotado de visitantes nacionales y extranjeros, situación que no tendría que ser mal vista por propios y extraños, si es que en verdad se exigiera (por todos) el cumplimiento irrestricto de las medidas sanitarias, pero: ¿qué tanto hemos hecho conciencia en cuanto a que no puede llevarse la misma vida de antes? Es decir, ¿hemos asimilado, a partir de esa conciencia, la necesaria toma de medidas sanitaras usando, por lo menos, un cubrebocas en espacios turísticos o centros de diversión y nocturnos?

El deseo, como lo es, de regresar a la vida tal y cual la conocimos antes de la pandemia, es eso: un sano deseo. Y, desde luego, pensar en regresar a las escuelas tal y como las conocimos antes de la contingencia sanitaria, también es eso: un sano deseo.

Culmino esta serie de reflexiones empleando una analogía, muy sencilla si usted gusta, pero que me permite resumir el tema: cuando un “chef” asiste a prestar sus servicios a un restaurante, éste le dota de todos los insumos para que prepare todos los platillos que le son requeridos; por su parte, los comensales, encontrarán en su mesa lo necesario para degustar los guisos preparados. ¿La SEP ha dotados a todos los maestros y alumnos de los insumos necesarios para reactivar su proceso formativo en las escuelas?, ¿cuál es la responsabilidad del estado-gobierno?, ¿cuál es la responsabilidad de maestros, alumnos y padres de familia?, ¿seguirán estos últimos asumiendo la responsabilidad que es competencia, única y exclusiva, de ese estado-gobierno?

La docencia, es una profesión muy noble; sin romantizar tal hecho: ¿cuántos docentes no han aportado dinero de su bolsillo para comprar materiales con la intención de colocar un vidrio, papel sanitario, jabón, plumones, borradores o papel bond en el salón de clases porque la institución no cuenta con los recursos suficientes para ello?, ¿cuántas escuelas no tienen que fijar una “aportación voluntaria” para sufragar los costos de mantenimiento porque no cuentan con personal de intendencia?, ¿cuántos directores no hacen hasta lo imposible por gestionar los recursos que tendrían que llegar de la federación, el estado o municipio?

Todos queremos regresar a nuestras aulas, trabajar al lado de nuestros compañeros y abrazar a nuestros alumnos, no obstante, la pandemia sigue, la SEP sigue dando palos de ciego y el presidente sigue pensando en términos de deseos (sus deseos) y no de hechos concretos basados en la ciencia y en lo académico.

Referencias:

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