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22 de abril: Día de la Madre Tierra

Por: Rosalío Morales Vargas

El desastre se acerca, bisbisea el cenzontle,
la locura de la avaricia ilimitada
se apoderó de todo;
la pandemia del agio y la concupiscencia
es la patología social de los abismos,
murmura en solitario advirtiendo
el peligro rampante sin embozo.

Hay un clamor agudo de la tierra,
es un grito lanzado
para frenar la acometida
de los serruchos asesinos,
que cercenan los árboles del bosque.

Masculla que el planeta gime sus dolencias,
pues se perforan las entrañas de los montes
para extraer el jade y la obsidiana
y transportarlos a la fragua de vulcano,
estrujando trabajo
de esclavitud asalariada.

Musita que los ríos son envenenados
con descargas mefíticas de instintos monetarios;
asistimos al réquiem de glaciares,
se extingue la voz fresca del arroyo
y el agua se acumula en cloacas pestilentes
convertidas en caudal y torrente de ganancias.

Vivimos en un tiempo fragmentado,
hecho trizas por los magnates del lucro y la sevicia,
existe ubicuidad contradictoria
de incendios y deshielos,
de la sequía y la lluvia torrencial,
oprime el archipiélago de plástico y basura
en mares de la incuria y el olvido.

Emite su palabra y exclama un ¡ ya basta !,
convoca al mirlo y al canario,
indignado les dice,
esta casa común se encuentra amenazada,
no bastan nuestros cantos, hay que actuar,
unamos nuestras cuatrocientas voces.

Bate sus alas el cenzontle,
y con inusitada fuerza
emprende el vuelo hacia otra rama.

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