El primer amor y otras reacciones químicas

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Por: Dra. Nicté Ortiz

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Hay primeros amores que llegan para quedarse para siempre. Mi primer GRAN amor cumplió años hace unos días. Más bien, hubiera cumplido 99 años. En física se dice que para que algo extraordinario ocurra deben coincidir dos variables fundamentales: el tiempo y el espacio. Una estrella nace cuando las condiciones del universo se alinean en el momento preciso y en el lugar correcto. En el amor no solo se alinean estas variables: también se altera nuestra química. Un poco de dopamina, una descarga de oxitocina, un destello de serotonina… y, de pronto, algo ocurre dentro de nosotros. El amor.

La alineación para mí se dio cuando me regalaron el libro de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel. Me atrapó desde el primer encuentro. En esas páginas había una fuerza magnética que me atravesaba. Recuerdo con claridad el estremecimiento al descubrir que una vela, una simple llama doméstica, podía incendiar un destino entero y acabar con la inocencia de una vida. Empecé a buscar esa sensación una y otra vez entre las palabras de Gabriel. Estaba, sin saberlo todavía, loca y perdidamente enamorada.

Entiendo ahora que aquello no era solo literatura. Era química. La ciencia dice que cuando nos enamoramos el cerebro se convierte en un laboratorio desbordado de reacciones. La dopamina, la oxitocina y la serotonina se disparan en interacciones moleculares complejas que van más allá de una simple mezcla de sustancias: crean conexiones emocionales intensas. Esa descarga es la que acelera el pulso, afila la atención y nos hace sentir que el mundo entero tiene un brillo nuevo. Algo muy parecido ocurre cuando encontramos aquello que amamos profundamente. Leer, por ejemplo. Gabriel abrió las puertas de un mundo mágico para mí, o más bien de todos los mundos posibles.

La neurociencia ha demostrado que cuando una historia nos atrapa se activan las mismas regiones cerebrales que intervienen en el placer, la recompensa y la empatía. Nuestro cerebro no solo procesa palabras: vive la experiencia. Cuando leemos, las neuronas espejo recrean emociones, paisajes y movimientos. Por eso podemos caminar tras su rastro de sangre en la nieve, esperar por el amor a la orilla de un río o sentir que una lluvia de mariposas amarillas anuncia que algo extraordinario está por suceder. En términos químicos, leer genera una relación sofisticada de amor, odio y deseo.

Cada libro que nos transforma deja una huella en nuestro sistema de recompensa. Por eso regresamos. Buscamos otra historia, otro personaje, otra frase que vuelva a encender ese pequeño incendio neuronal. Así llegó Gabriel a mi vida y, aunque nunca nos conocimos, sus palabras han sido eco en mi pensamiento y hemos tenido activas conversaciones sobre sus ideas del amor y mi adicción a ellas.

El placer profundo de hacer lo que amamos también tiene una explicación científica, pero no por eso deja de ser mágico. Porque el cerebro podrá explicar las moléculas del amor, pero no alcanza a describir del todo lo que sentimos cuando una frase nos atraviesa, una mirada nos atrapa o un abrazo nos reconforta. Tal vez por eso seguimos leyendo y cayendo en las redes del amor.

Buscamos ese instante raro y luminoso en el que una palabra parece escrita exactamente para nosotros. Creemos en el enamoramiento fortuito en que dos almas se encuentran. Ese momento en que el mundo real se queda en pausa y entramos en otro donde todo es posible.

Gabriel García Márquez. Mi primer gran amor. No el amor fugaz que se disuelve con el tiempo, sino ese otro que se instala para siempre en la memoria. El que nos enseña que la imaginación también puede ser una forma de salvación. Y que, a veces, basta abrir un libro para que el cerebro, y el corazón, vuelvan a enamorarse.

Tal vez porque el amor es, en el fondo, uno de los impulsos más profundos de lo humano. Una fuerza capaz de elevarnos, de transformarnos y de dar sentido a la vida. En tus historias, Gabriel, aprendí que existen muchas maneras de amar: el amor desbordado e incontenible, el amor trágico que lo arrasa todo y también el amor paciente que sabe esperar el tiempo que sea necesario. Creo que, de alguna manera, los viví todos contigo. Me regalaste algo extraordinario: aprender a mirar el cielo buscando mariposas, a reconocer los colores y los ciclos de la vida, a entender que nunca es demasiado tiempo cuando se ama de verdad… y que, tarde o temprano, todo viaje llega a su destino.

La ciencia dice que el amor deja huellas profundas en el cerebro: las experiencias que nos conmueven activan redes de memoria y emoción que pueden acompañarnos toda la vida. Por eso basta una canción, un aroma o una frase para que alguien regrese de pronto a nuestra memoria. Tal vez el amor no desaparece: simplemente cambia de lugar y se guarda, al mismo tiempo, en la mente y en el corazón.

Gracias, Gabriel, por seguir conmigo. Porque al final el amor es una de esas raras reacciones de la vida que, cuando ocurre, nos transforma para siempre.

Vale la pena enamorarse. El amor vale la pena.

¿O cuál es tu punto de vista?