Por: Patricio Rodríguez Palma
Cada 8 de marzo el mundo se detiene —aunque sea por un instante— para mirar hacia una lucha que no empezó ayer ni pertenece solo al presente. El Día Internacional de la Mujer no nació como una celebración superficial ni como una fecha simbólica vacía. Surgió de la historia de mujeres obreras que exigieron algo tan elemental como digno: mejores condiciones laborales, salario justo y el derecho a participar plenamente en la vida pública. A principios del siglo XX, en fábricas, sindicatos y calles, mujeres de distintos países comenzaron a organizarse. Aquella semilla de protesta y dignidad fue la que, con el paso de las décadas, dio origen a la conmemoración que hoy conocemos.
Recordar ese origen es importante porque nos recuerda que los derechos nunca han sido concesiones gratuitas. Han sido conquistas.
En México, esa lucha ha tenido múltiples rostros. Durante generaciones, las mujeres sostuvieron comunidades enteras desde el silencio, desde el trabajo invisible, desde la resistencia cotidiana. Hoy vivimos un momento histórico en el que esa historia comienza a transformarse en presencia, representación y poder.
No es casualidad que nuestro país tenga hoy a su primera mujer presidenta. La llegada de una mujer a la Presidencia de la República no es únicamente un cambio de nombre en la oficina más importante del país; es el resultado de décadas de luchas sociales y de una transformación política que abrió espacios para quienes históricamente habían sido relegadas. Que esto haya ocurrido de la mano de un movimiento social como Morena tiene también una resonancia simbólica profunda. Incluso su nombre —MORENA— evoca algo que en México se asocia con lo materno, con la tierra, con la raíz y con una feminidad que muchos consideramos sagrada.
Pero más allá de la política y de los símbolos nacionales, el 8 de marzo también es una fecha íntima.
Pienso en mi abuela.
Una mujer indígena, hablante de su lengua, que vivió en un México donde las oportunidades eran escasas y donde muchas veces la dignidad debía defenderse con pura voluntad. Su vida fue trabajo, familia y comunidad. No escribió discursos ni ocupó cargos públicos, pero en su silencio habitaba una sabiduría que hoy reconozco como una forma profunda de fortaleza.
Pienso también en mi madre, mujer trabajadora de la sierra, que hizo de la responsabilidad cotidiana una forma de resistencia. Su esfuerzo no fue un gesto heroico ocasional, sino una constancia diaria: levantarse temprano, cuidar, sostener, seguir adelante.
Pienso en mi esposa, maestra e hija de campesinos. En su vocación hay algo que me conmueve profundamente: educar es sembrar futuro. Cada aula es una pequeña promesa de un país más justo.
Y pienso en mi hija, profesionista y servidora pública, parte de una generación de mujeres que ya no piden permiso para ocupar los espacios que les corresponden.
Sé —y lo digo con claridad— que las mujeres no valen en función de lo que puedan aportarnos a los hombres. Su dignidad no depende de su utilidad, ni de su capacidad de cuidar, ni de su sacrificio. Las mujeres valen por el simple hecho de existir.
Pero también soy consciente de algo profundamente personal: sin ellas yo no sería el hombre que soy hoy. A mis cincuenta y tantos años entiendo que mi vida está hecha, en gran medida, de las enseñanzas, la paciencia y la fortaleza de las mujeres que me rodearon.
El 8 de marzo no es solo una fecha para mirar hacia atrás y reconocer las luchas del pasado. Es también un recordatorio de la responsabilidad que tenemos hoy: construir una sociedad donde las niñas crezcan sabiendo que el mundo también les pertenece.
Porque la igualdad no es una concesión.
Es justicia.
Como escribió Simone de Beauvoir:
«No se nace mujer: llega una a serlo.»
Abrazo a la mujer que lucha día a día
Tónachi Guachochi Chih a 8 de Marzo del 2026



