Por: Mtro. Eduardo Nájera Acosta
El 21 de febrero, declarado por la UNESCO en 1999 como Día Internacional de la Lengua Materna, no es una fecha folclórica ni comercial. Su origen se encuentra en la memoria de lucha y resistencia: el Movimiento por la Lengua Bengalí de 1952, cuando estudiantes en Dhaka (Bangladesh) fueron asesinados por exigir el reconocimiento de su lengua materna frente a la imposición del urdu. La sangre derramada por aquellos jóvenes convirtió la defensa de la lengua en un símbolo de dignidad y justicia.
Este día nos recuerda que la lengua no es un simple instrumento de comunicación, sino un territorio de identidad, memoria y poder. La violencia lingüística no se ejerce únicamente con armas, sino también con políticas educativas, medios de comunicación y discursos que privilegian unas lenguas sobre otras. La hegemonía lingüística es una forma de colonialismo que invisibiliza, desacredita y mercantiliza las lenguas originarias.
En México y en muchos otros países, miles de hablantes de lenguas indígenas enfrentan discriminación cotidiana: se les obliga a traducirse, se les ridiculiza, se les niega el derecho a aprender y enseñar en su propia lengua. Cada que desaparece una, arrastra consigo una cosmovisión, un modo de entender y vivir la naturaleza, el tiempo, la comunidad y la espiritualidad. La pérdida de éstas es la pérdida de un mundo.
Por ello, el Día Internacional de la Lengua Materna debe ser un momento de conciencia crítica. No basta con celebrar la diversidad lingüística en discursos oficiales ni exposiciones folclóricas, ni la reproducción artística de danzas autóctonas desde la cultura dominante sin comprenderlas; es necesario cuestionar las estructuras que producen desigualdad y violencia simbólica para no ejercerla. Defender la lengua materna es defender la vida, la dignidad y la memoria de los pueblos.
Hoy, más que nunca, necesitamos escuchar las voces que han sido silenciadas, que se reconozcan y fortalezcan las lenguas originarias desde un compromiso comunitario: hablar, cantar, escribir y enseñar desde las lenguas como acto de resistencia y de amor.
Que este 21 de febrero no sea solo una fecha en el calendario, sino un llamado a la acción colectiva: mantener vivas nuestras lenguas es mantener viva nuestra humanidad.



