Por: Patricio Rodríguez Palma
En la política mexicana hay obsesiones, y luego está la fijación casi terapéutica que el Partido Acción Nacional (PAN) y el cada vez más espectral Partido Revolucionario Institucional (PRI) mantienen con la figura —ya casi mítica para sus seguidores y profundamente incómoda para sus adversarios— de Andrés Manuel López Obrador.
Desde el momento en que ganó la presidencia, ambos partidos parecieron adoptar como proyecto histórico no la construcción de una alternativa política sólida, sino la demolición permanente de su figura. Lo han intentado todo: campañas mediáticas, ofensivas económicas, opinólogos de derecha reciclados en cruzados del desastre nacional, pasquines disfrazados de periodismo, advertencias apocalípticas sobre el país y hasta insinuaciones de intervención extranjera. Nada ha resultado suficiente.
Lo verdaderamente curioso es que, tras dejar el poder y retirarse, lejos de disminuir la intensidad de los ataques, estos se multiplicaron. Como si la ausencia física del adversario hubiera generado pánico escénico: si ya no está, hay que seguir combatiéndolo; si se retiró, hay que recordarlo todos los días. Porque, al parecer, el mayor miedo de la oposición no es López Obrador en funciones, sino López Obrador como símbolo.
En nuestro estado de Chihuahua el fenómeno adquiere matices particularmente pintorescos. El PAN ha desplegado una campaña agresiva en redes sociales que mezcla desesperación política con estética de influencer tardío.
La estrategia consiste en movilizar a jóvenes —y a quienes ya dejaron de serlo hace tiempo pero insisten en filtros y poses— para “golpetear” al gobierno de la llamada Cuarta Transformación. El espectáculo alcanza niveles francamente surrealistas: perfiles que encarnan exactamente lo contrario a los valores fundacionales del panismo producen TikToks y suben stories proclamando lo “cool” que es ser panista y lo “nada que ver” que es el proyecto de Morena.
El resultado recuerda más a una campaña de marketing fallida que a una propuesta política seria: consignas vacías, entusiasmo sobreactuado y una insistencia casi conmovedora por parecer modernos mientras el discurso luce más antiguo que nunca.
El despliegue digital y la intensidad del ataque parecen responder a una certeza incómoda: el PAN sabe que perderá la gubernatura en 2027. Ante ese escenario, toda su energía se concentra en conservar la capital del estado, último bastión que consideran defendible.
Pero la ansiedad política suele ser mala consejera. Cuando una fuerza política centra su acción en el desgaste del adversario más que en la construcción de un proyecto propio, termina revelando su debilidad antes que su fortaleza. El exceso de estridencia, lejos de convencer, suele delatar nerviosismo.
Al final, la historia política mexicana tiene una regla simple: ninguna campaña permanente de descalificación sustituye al respaldo ciudadano. Ninguna guerra mediática reemplaza la legitimidad popular. Y ningún TikTok salva proyectos políticos agotados.
Será la ciudadanía quien decida, como siempre. Y todo indica que el pueblo —bueno y sabio— sabrá colocar a cada quien en su lugar: a unos en el rumbo del país y a otros, inevitablemente, en el basurero de la historia
LA SUERTE ESTÁ ECHADA.
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