Por: Felipe Villa
Durante generaciones, el mantra en los hogares mexicanos fue inamovible, se decía que el estudiar garantizaba ser alguien en la vida y asi, la educación se vendía no solo como un camino al conocimiento, sino como el único ascensor social infalible capaz de sacar a una familia de la pobreza. Sin embargo, al mirar por el retrovisor de las últimas dos décadas (2006-2026), nos topamos con una realidad incómoda en donde el ascensor se ha descompuesto, y para millones de jóvenes, el edificio académico ya ni siquiera parece atractivo.
México ha transitado 20 años de reformas educativas —desde la Enciclomedia hasta la Nueva Escuela Mexicana— gastando billones de pesos en cambiar formas, pero ignorando el fondo, porque mientras el mundo vivía una revolución digital y laboral sin precedentes, nuestras aulas de educación básica permanecieron estáticas, desconectadas de un mercado laboral que hoy castiga al graduado y, paradójicamente, a veces premia la informalidad. Este texto no busca culpar al estudiante por su apatía, sino entender por qué, en un país donde los títulos universitarios se acumulan en las paredes, los jóvenes sienten que estudiar ha dejado de ser un buen negocio.
Durante las últimas dos décadas, México ha operado bajo una inercia peligrosa porque seguimos vendiendo a los jóvenes la idea de que un título universitario es un cheque al portador para el éxito, mientras la realidad económica les demuestra, quincena tras quincena, que el sistema está roto. Al analizar el periodo 2004-2024, nos enfrentamos a una doble crisis donde existe un estancamiento académico alarmante y una desconexión brutal entre lo que las escuelas enseñan y lo que el país paga.
El Retroceso Académico: 20 Años para Volver al Inicio
La promesa de la educación básica era simple, se decia que se formaban ciudadanos competentes. Los datos demuestran que hemos fallado.
El Dato Duro (PISA/OCDE): Según los resultados más recientes de la prueba PISA (2022), México no solo no avanzó, sino que retrocedió en Matemáticas a niveles similares a los de 2003. Hoy, dos de cada tres estudiantes mexicanos de 15 años no pueden resolver problemas matemáticos básicos (nivel 2 o inferior).
La Realidad en el Aula: Hemos pasado de la Enciclomedia de principios de los 2000 a las Becas Benito Juárez, pero la pedagogía sigue estancada. El alumno promedio llega a la preparatoria con deficiencias de lectura y lógica tan graves que la educación media superior se convierte en un curso remedial, no en una preparación profesional.
La Inflación de Títulos y la Devaluación del Salario
El fenómeno más cruel de los últimos 20 años es la inflación de credenciales, en donde tener una licenciatura hoy vale, en el mercado, lo que valía la preparatoria en los 90.
El Dato Salarial (IMCO/INEGI): Según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), un recién egresado gana en promedio entre $8,000 y $12,000 pesos mensuales. Sin embargo, la brecha se cierra peligrosamente: en muchas zonas industriales, un operador técnico especializado (sin licenciatura, pero con habilidades prácticas) puede ganar más que un licenciado en Administración o Ciencias Sociales atrapado en un escritorio administrativo.
El Costo de Oportunidad: Un joven que estudia 4 o 5 años de universidad invierte tiempo y dinero. Si al salir gana apenas un 20% más que alguien que empezó a trabajar a los 18 años, el retorno de inversión de estudiar se vuelve cuestionable para muchas familias.
La Paradoja del Norte: Hay Trabajo, pero No para lo que Estudiaste
México vive una paradoja cruel, especialmente visible en estados industriales (como Chihuahua, Nuevo León o Baja California): las empresas gritan que no encuentran talento, mientras los graduados gritan que no encuentran empleo.
El Divorcio Escuela-Empresa: El Nearshoring demanda ingenieros especializados en robótica, técnicos en moldes, programadores de PLC y analistas de datos. ¿Qué producen nuestras universidades en masa? Abogados, psicólogos y administradores.
El Resultado: Tenemos ingenieros manejando taxis y licenciados vendiendo seguros, no por falta de capacidad, sino por falta de pertinencia educativa. El sistema educativo sigue graduando perfiles para un México de 1990, ignorando al México manufacturero y digital de 2024.
La Competencia Invencible: La Informalidad
¿Por qué un joven pierde el interés en la escuela? Porque hace cuentas.
El Dato de la Informalidad: En México, cerca del 54% de la población ocupada trabaja en la informalidad (INEGI).
El Ejemplo Práctico: Un adolescente ve que su vecino, que revende ropa de paca o tiene un puesto de comida informal exitoso, gana $20,000 libres al mes sin horarios de oficina ni jefes. Al mismo tiempo, ve a su primo el Arquitecto sufriendo para cobrar facturas y ganando $10,000 en un despacho.
El Mensaje Social: El esfuerzo académico ha dejado de ser el camino más eficiente para el bienestar económico inmediato.
El crimen organizado y la informalidad ofrecen dinero rápido y la escuela ofrece dinero lento e incierto.
Conclusión: ¿Seguir Estudiando? Sí, pero Diferente.
El desinterés de los alumnos no es apatía; es desilusión racional porque han visto el futuro de sus hermanos mayores y no les gusta y para revertir esto en los próximos 20 años, necesitamos dejar de ver el título universitario como el fin único. Hoy la solución pasa por:
Dignificar las Carreras Técnicas: Alemania lo hizo; ser técnico superior debe ser motivo de orgullo y buen sueldo, no un premio de consolación.
Alineación Regional: Las universidades no deben abrir carreras por moda, sino por la vocación económica de su región.
Salarios Dignos: El sector empresarial no puede exigir excelencia académica pagando sueldos de miseria.
Mientras el mercado laboral no recompense el esfuerzo intelectual con una vida digna, las aulas seguirán llenándose de cuerpos presentes y mentes ausentes, soñando con ser cualquier cosa menos profesionistas en un país que no los valora.
La crisis de interés en las aulas mexicanas no es un problema de generaciones de cristal ni de falta de echaleganismo; es el síntoma de una enfermedad más grave que trae como consecuencia la ruptura del contrato social. El estudiante de secundaria hoy no abandona la escuela porque no quiera aprender, sino porque ha hecho un cálculo racional y doloroso en donde observa que el esfuerzo de pasar 15 años en un pupitre ya no garantiza, por sí solo, una vida digna ni un salario competitivo.
Seguir graduando a miles de licenciados para un mercado que ofrece sueldos de maquiladora es insostenible y si queremos que los próximos 20 años sean diferentes, debemos acabar con la simulación. Necesitamos dignificar urgentemente la educación técnica, vincular los planes de estudio con la vocación económica real de cada región (norte industrial, sur turístico/agrícola) y, sobre todo, exigir que el mercado laboral pague por el talento lo que realmente vale.
Mientras el título universitario siga siendo percibido como un boleto para la fila del subempleo, las aulas seguirán llenas de cuerpos presentes pero mentes ausentes. Recuperar el interés por estudiar no depende de cambiar los libros de texto, sino de devolverle a la educación su poder más importante, que es, la certeza de un futuro mejor.



