Por: Dr. Héctor Alejandro Navarro Barrón
Como vecino de la zona de Romanzza he recorrido las calles de este sector durante los últimos 16 años, no escribo estas líneas desde la comodidad de una oficina lejana, sino desde la sala de mi casa, donde el olor a descomposición se ha convertido en un invitado permanente que nadie llamó.
Hoy, la situación del Relleno Sanitario de Chihuahua ha pasado de ser una crisis logística a una emergencia de salud pública ignorada por la burocracia. Lo que era un proyecto con fecha de caducidad clara —su vida útil terminó oficialmente en 2020— se ha transformado en un «muerto viviente» que las autoridades pretenden mantener en pie.
Esta semana recibimos dos bofetadas de realidad. Por un lado, la noticia de que el actual relleno «aguantará» tres años más bajo el argumento de una mayor compactación y la esperanza de una planta de separación. Por otro, la justicia federal vuelve a darnos la espalda: la audiencia constitucional para el proyecto de Mápula, que daría una salida definitiva a este caos, ha sido diferida una vez más para el próximo 23 de febrero.
Mientras los abogados y jueces discuten en despachos con aire purificado, los vecinos del sector sur seguimos contando los días y los síntomas.
No es una percepción subjetiva; es un diagnóstico colectivo. Los resultados de la más reciente Encuesta de Impacto del Relleno Sanitario, aplicada a cientos de familias del sector, arrojan cifras que deberían quitarle el sueño a cualquier funcionario:
El 67.5% de los residentes reporta irritación recurrente de ojos y garganta, mientras que un alarmante 65% padece cefaleas (dolores de cabeza intensos). Vivir aquí tiene un impuesto invisible. El 62.8% de las familias gasta entre $500 y $1,500 pesos mensuales en «medidas defensivas»: desde insecticidas y aromatizantes hasta purificadores de aire y medicinas para alergias. La libertad de ventilar el hogar ha muerto. El 42.2% de los vecinos mantiene ventanas y puertas cerradas las 24 horas del día. Preocupante también resulta que el 88% de los encuestados reporta la presencia en sus hogares de moscas y el 44% de roedores.
Cualitativamente, el sentimiento es de abandono. Las frases de los vecinos son desgarradoras: «Es difícil disfrutar la vida aquí», «Alarmante por los daños a la salud», o el contundente «Ya caducó desde hace años». El tejido social se desmorona cuando el 80.6% de nosotros evita invitar amigos o familia a casa por la vergüenza y la incomodidad de la atmósfera fétida.
No podemos permitir que el «plan B» de las autoridades sea simplemente seguir enterrando basura en un sitio que ya dio lo que tenía que dar. La prórroga de tres años no es una solución, es una condena.
La reubicación del relleno sanitario a una zona técnicamente viable como Mápula no es un capricho político, es un derecho humano a un medio ambiente sano. Ante el enésimo diferimiento de la audiencia, la respuesta no puede ser el silencio. Es urgente que como vecinos nos organicemos con mayor fuerza. La historia de estos 16 años me ha enseñado que en Chihuahua, lo que no se arrebata con la organización ciudadana, se pierde en el olvido de los trienios.
Es hora de exigir que la salud de nuestras familias valga más que los amparos de unos cuantos y la parsimonia de los tribunales. El relleno ya murió en 2020; no permitamos que su fantasma nos siga enfermando.



