Crítica al modelo fósil y a la expansión de los gasoductos en Chihuahua

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Opinion por: Luis Rivera Levario

Es necesario reconocer una verdad incómoda: hoy dependemos del modelo fósil para actividades tan básicas como cocinar o calentarnos. Pero reconocer esa dependencia no significa justificarla ni perpetuarla. El modelo extractivista que sostiene a los combustibles fósiles enferma al mundo, alimenta guerras y nos conduce a callejones sin salida para el desarrollo de la humanidad y de los ecosistemas. Por ello, es urgente tomar medidas contundentes para frenar y revertir esta dependencia y construir modelos comunitarios centrados en la salud, la alimentación, la vivienda digna y el cuidado del medio ambiente.

En Chihuahua existe una desinformación deliberada sobre la presencia y alcance de los tentáculos del modelo fósil. A muchas personas les sorprende enterarse de que algunos gasoductos provienen desde Veracruz o que otros cruzan el estado para transportar gas desde Estados Unidos hacia entidades como Sinaloa. Estos ductos pueden identificarse por el rastro que dejan: verdaderos “caminos” de varios metros de ancho que atraviesan cerros, ríos, barrancos, zonas agrícolas y ciudades, hasta llegar a la industria y a los hogares.

Una de las preocupaciones inmediatas de las comunidades tiene que ver con los riesgos de protección civil. En el caso del proyecto Sierra Madre, se pretende cruzar un ducto de gas por debajo de la carretera Panamericana, lo cual enciende alertas legítimas ante posibles fugas o explosiones. Lo mismo ocurre cuando los ductos atraviesan zonas con pozos de agua, campos de cultivo o áreas ganaderas, donde una fuga representaría un riesgo directo para actividades económicas fundamentales para la vida comunitaria.

En el plano ambiental, este tipo de obras fragmenta el paisaje y los ecosistemas. Implican la pérdida de especies, de germoplasma y de humedad. Son sacrificios que no se hacen para el traslado de personas ni para fortalecer la vida comunitaria, sino para el tránsito de una mercancía de alto riesgo. Flora y fauna son removidas de manera sistemática mediante desmontes que incluso se califican como “permanentes”.

Sin embargo, considero que el daño más profundo ocurre en el plano espiritual. Las fallas geológicas, los cauces de agua, los colores, las formas, las texturas y los juegos de luces y sombras del territorio —aquello que nos mira mientras lo miramos— conforman una especie de aura, como en las obras de arte, que refleja la dignidad de la creación sagrada. Ya sea que hablemos de la Madre Tierra desde una cosmovisión espiritual o de los bienes comunes naturales desde una perspectiva científica, existe una condición ineludible: la forma en que la humanidad trata a la Tierra es la forma en que se trata a sí misma.

Aquello que consideramos sagrado es indispensable e insustituible para nuestro ser. En ese espejo también podemos medir el daño que ha sufrido nuestro espíritu colectivo. En Chihuahua, el modelo fósil alimenta la contaminación en ciudades como Juárez, Chihuahua, Cuauhtémoc y Delicias, causando daños profundos a las familias desde hace décadas. Al mismo tiempo, la industria y la urbanización devoran zonas de captación de agua y erosionan no solo el territorio, sino también los vínculos sociales y los valores humanos.

Cuando la tierra —más allá de la noción de propiedad— es reducida a mercancía para el tránsito de combustibles destinados a la producción masiva e industrial de bienes contaminantes, mientras los cauces de agua, las fallas geológicas y los paisajes del desierto y semidesierto chihuahuense, es decir, de Oasisamérica, se degradan y mercantilizan, el tejido social también se rompe. Los valores se erosionan. La comunidad también se sacrifica.

Este modelo es insostenible. El dinero no puede tener más derechos que la vida. Lo sagrado no pueden ser los intereses de las grandes corporaciones transnacionales. Lo sagrado es la Tierra, la creación y los bienes comunes naturales, y es nuestro deber protegerlos.

No más gasoductos.
Sanemos las heridas del espíritu del territorio.
Frenemos y revirtamos el extractivismo fósil.

Posdata: En términos de soberanía nacional, el proyecto Sierra Madre responde a intereses de Estados Unidos: busca preservar su territorio a costa del nuestro. No implica desarrollo para México, sino exportación de gas hacia Asia.